El nombre de Niza es un homenaje a una diosa. Hacia el 350 a.C., los marinos griegos de Massalia (la actual Marsella), colonia fundada a su vez por los foceos del Asia Menor, establecieron a lo largo de la costa una serie de puestos comerciales. Uno de ellos, al pie de la actual colina del Castillo, recibió el nombre de Nikaia, en honor a Niké, la diosa griega de la victoria, quizá para celebrar un triunfo sobre las tribus ligures que poblaban la región. De aquella Nikaia griega desciende directamente el nombre francés Nice y el español Niza.
Los ligures y luego los romanos convivieron y disputaron el territorio. Pero cuando Roma se instaló de verdad en la zona, no lo hizo junto al mar, sino en la colina vecina de Cimiez, algo apartada de la costa. Allí fundó Cemenelum, que llegó a ser una ciudad importante, capital de la provincia de los Alpes Marítimos y sede de una guarnición. De la Cemenelum romana todavía se conservan, en el actual barrio de Cimiez, los restos de un anfiteatro (las 'Arènes') y de unas grandes termas, que se pueden visitar gratuitamente junto al Museo Matisse y el Museo de Arqueología.
Durante siglos, entonces, hubo dos núcleos: la Cemenelum romana en la altura y la vieja Nikaia junto al puerto. Con la decadencia del Imperio Romano y las invasiones que siguieron, Cemenelum se despobló y fue la Nikaia costera, más fácil de defender en su roca junto al mar, la que sobrevivió y dio origen a la ciudad medieval. El cristianismo dejó su huella temprana en toda la costa, y muy cerca, en las islas de Lérins frente a Cannes, se fundó en el siglo V uno de los monasterios más influyentes de la Galia.
Durante la Edad Media, Niza fue una y otra vez tierra de frontera, disputada entre poderes vecinos. Formó parte del condado de Provenza y, como muchas ciudades mediterráneas, sufrió las incursiones sarracenas y vivió el lento crecimiento de un burgo amurallado al abrigo de su castillo, encaramado en la colina que aún hoy lleva ese nombre.
El giro decisivo llegó en 1388. En medio de las guerras que enfrentaban a las casas de Anjou y de otros pretendientes por la Provenza, Niza tomó una decisión que marcaría su destino durante casi quinientos años: la llamada 'dedición de Niza a Saboya' (dédition de Nice à la Savoie). La ciudad y su territorio se entregaron voluntariamente a Amadeo VII, conde de Saboya, buscando protección. Desde entonces, y con algunos intervalos de ocupación francesa, Niza quedó ligada a la Casa de Saboya, que más tarde gobernaría también el reino de Cerdeña-Piamonte.
Esta pertenencia explica buena parte del carácter de la ciudad. Niza miró durante siglos hacia Turín y el Piamonte más que hacia París, y su cultura, su cocina, su arquitectura barroca de iglesias y sus fachadas de colores tienen un aire profundamente italiano, además de provenzal. Se habló durante mucho tiempo el nissart, una lengua propia emparentada con el occitano, todavía visible hoy en los carteles bilingües del Vieux Nice. Bajo Saboya, Niza fue plaza fuerte y puerto; en 1543 resistió, con la ayuda del recuerdo legendario de la lavandera Catherine Ségurane, un asedio de las flotas franco-otomanas. Las fortificaciones de su castillo, sin embargo, fueron finalmente demolidas a comienzos del siglo XVIII por orden de Luis XIV, tras una de las tantas ocupaciones francesas de la ciudad.
Niza se hizo francesa recién en 1860, y lo hizo como pieza de un gran negocio diplomático europeo. En plena unificación de Italia, el reino de Cerdeña-Piamonte, gobernado por la Casa de Saboya, necesitaba el apoyo militar de Francia contra el Imperio austríaco. El emperador francés Napoleón III aceptó ayudar, pero puso un precio: a cambio de su respaldo a la causa italiana, Francia recibiría dos territorios saboyanos, la Saboya propiamente dicha y el condado de Niza.
El acuerdo se selló en el Tratado de Turín, firmado el 24 de marzo de 1860. Para darle una apariencia de legitimidad popular, se organizó un plebiscito los días 15 y 16 de abril de 1860 en el que la población nizarda debía pronunciarse sobre la anexión a Francia. El resultado fue abrumadoramente favorable a la unión, aunque muchos historiadores han señalado que la votación se celebró en condiciones poco libres, con fuertes presiones y sin garantías de secreto del voto, de modo que su carácter genuinamente democrático es discutido.
Así, tras casi cinco siglos bajo la Casa de Saboya, Niza pasó a formar parte de Francia. No todos lo aceptaron: una parte de la población, y de manera célebre el propio Giuseppe Garibaldi —el gran héroe de la unificación italiana, que había nacido en Niza en 1807—, protestó con vehemencia por lo que consideraba la entrega de su ciudad natal a una potencia extranjera. Una corriente 'nizarda italiana' siguió reivindicando durante décadas los lazos con Italia. Pese a ello, la integración en Francia se consolidó, y la nueva pertenencia coincidió con el momento en que Niza empezaba a transformarse en algo completamente nuevo: la capital del turismo de invierno de Europa.
Mucho antes de la anexión, Niza ya había descubierto la que sería su gran vocación moderna: acoger a los ricos y aristócratas del norte de Europa que huían del frío para pasar el invierno bajo su cielo templado. Desde finales del siglo XVIII, viajeros ingleses acomodados empezaron a instalarse durante la estación fría, atraídos por la suavidad del clima, que entonces se consideraba beneficioso para la salud, sobre todo para los enfermos de tuberculosis.
Fue esa colonia inglesa la que dejó a la ciudad su rasgo más famoso. Hacia 1820, para dar trabajo a los pobres tras un invierno especialmente duro, el reverendo Lewis Way y la comunidad británica financiaron la construcción de un sendero peatonal a lo largo del mar. Los nizardos lo bautizaron, en su honor y con cierta ironía, el 'Camin dei Anglés', es decir el Camino de los Ingleses: la futura Promenade des Anglais, hoy símbolo absoluto de la ciudad.
Tras los ingleses llegaron los rusos. La aristocracia del Imperio Ruso, con la propia familia imperial a la cabeza, convirtió Niza en su lugar de invernada predilecto. Su presencia fue tan importante que dejó huellas monumentales, como la espectacular Catedral Ortodoxa Rusa de San Nicolás, la mayor iglesia ortodoxa rusa fuera de Rusia, consagrada en 1912 en el lugar donde había muerto en 1865 el zarévich Nicolás, heredero al trono. A ingleses y rusos se sumaron alemanes, europeos de toda condición y, con el tiempo, la alta sociedad francesa.
Aquella afluencia de fortunas transformó físicamente la ciudad durante la Belle Époque, el período de esplendor que va de fines del siglo XIX a la Primera Guerra Mundial. Se levantaron grandes hoteles-palacio, como el Negresco (inaugurado en 1913 con su inconfundible cúpula rosa), villas suntuosas, casinos, jardines y avenidas. Niza se llenó de una arquitectura opulenta y ecléctica, pensada para el ocio y la exhibición de la riqueza. Ese conjunto urbano tan singular, expresión del cosmopolitismo del turismo de invierno, es lo que llevó a la Unesco a inscribir el centro de Niza en la lista del Patrimonio Mundial en 2021, como 'ciudad de la villégiature de invierno de la Riviera'.
El siglo XX cambió el ritmo de la villégiature aristocrática. Poco a poco, el turismo de invierno dio paso al de verano: la moda del baño de mar y del bronceado convirtió a la Costa Azul en destino estival por excelencia, y Niza pasó de recibir enfermos y nobles en invierno a recibir multitudes en las playas de julio y agosto. La ciudad creció, se industrializó su periferia y se modernizó su infraestructura.
Las dos guerras mundiales golpearon a la región. Durante la Segunda Guerra Mundial, Niza fue ocupada primero por Italia y luego, tras 1943, por la Alemania nazi. La ciudad, que había acogido a numerosos refugiados, incluidos muchos judíos que buscaban escapar de la persecución, vivió entonces redadas y deportaciones, en particular la brutal cacería organizada por las fuerzas alemanas en el otoño de 1943. Fue liberada en 1944.
En la posguerra, Niza confirmó su lugar en el mapa cultural. La luz mediterránea que había atraído a tantos pintores dejó una herencia extraordinaria: Henri Matisse vivió y murió en la ciudad (1954) y le legó su obra; Marc Chagall donó al Estado la colección que hoy forma su museo nacional, inaugurado en 1973. Junto con otros maestros del arte moderno vinculados a la Riviera, hicieron de la región un foco artístico de primer orden. La ciudad se dotó además de un aeropuerto que, a fuerza de crecer, se convirtió en el segundo de Francia después de los de París.
El 14 de julio de 2016, la fiesta nacional francesa, Niza vivió su hora más trágica. Aquella noche, mientras miles de personas celebraban en la Promenade des Anglais tras los fuegos artificiales, un hombre lanzó deliberadamente un camión contra la multitud, recorriendo casi dos kilómetros del paseo antes de ser abatido. El atentado, reivindicado por el terrorismo yihadista, causó 86 muertos y cientos de heridos, y conmocionó a Francia y al mundo. La ciudad honra la memoria de las víctimas con actos de homenaje y espacios de recuerdo, y la Promenade, reabierta a la vida, sigue siendo el corazón luminoso de Niza. Hoy la ciudad combina ese peso de la memoria con su vocación de siempre: capital de la Costa Azul, ciudad de arte, de mar y de luz, y una de las bases más agradables para descubrir toda la Riviera francesa.