Antes de que existiera Francia, antes incluso de que Roma fuera una potencia, ya había una ciudad en el puerto natural de Marsella. La fundaron hacia el año 600 a.C. unos navegantes griegos llegados de Focea, una ciudad jonia de la costa de Asia Menor (en la actual Turquía). La llamaron Massalia, y con ella nació la que hoy es la ciudad más antigua de Francia, con más de 2.600 años de historia continua.
Una hermosa leyenda, recogida por autores antiguos, cuenta cómo se fundó la ciudad. El navegante focense Protis llegó a la costa el mismo día en que Nannos, rey de la tribu local de los ligures, celebraba un banquete para casar a su hija Gyptis. Según la costumbre, la joven debía elegir esposo entregando una copa de agua al hombre escogido: y se la ofreció al griego recién llegado. De esa unión entre el mundo griego y el indígena nació, simbólicamente, Massalia. Más allá de la leyenda, lo cierto es que los focenses eligieron un enclave privilegiado: una cala bien protegida (el actual Vieux-Port) sobre una costa rocosa fácil de defender.
Massalia se convirtió pronto en una próspera ciudad comercial, una república gobernada por una aristocracia de comerciantes. Desde aquí los griegos difundieron por la Galia la vid, el olivo, la escritura y la moneda, y fundaron a su vez colonias más al este, como Nikaia (Niza) y Antipolis (Antibes). De Massalia partió, hacia el siglo IV a.C., el explorador Pytheas, que navegó por el Atlántico hasta las islas británicas y las tierras del norte de Europa, dejando uno de los primeros relatos de aquellos mares. La ciudad fue durante siglos el gran puente entre el mundo mediterráneo y el interior de la Galia.
Durante siglos, Massalia fue aliada de Roma y conservó su independencia y sus instituciones griegas. Pero esa autonomía terminó en el año 49 a.C., en plena guerra civil romana: la ciudad tuvo la mala fortuna de tomar partido por Pompeyo frente a Julio César. César la sometió a asedio por tierra y mar, la conquistó y le retiró la mayoría de sus privilegios y territorios. A partir de entonces, aunque siguió siendo un centro cultural y comercial, Massalia (latinizada como Massilia) quedó a la sombra de otras ciudades romanas de la Provenza, como Arlés.
Con la caída del Imperio Romano de Occidente, la ciudad atravesó siglos difíciles de invasiones y decadencia. Fue saqueada, cambió de manos entre distintos pueblos y perdió población. Un jalón importante de esa época es la fundación de la abadía de Saint-Victor, en torno al siglo V, por Juan Casiano, uno de los primeros grandes monasterios de la Galia cristiana; su iglesia fortificada, reconstruida en la Edad Media, todavía se levanta junto al Vieux-Port y es uno de los edificios más antiguos de la ciudad.
Durante la Edad Media, Marsella fue recuperando su papel de puerto mediterráneo. Vivió el auge del comercio con Oriente, participó en el tráfico de las Cruzadas y formó parte del condado de Provenza. En 1481, la Provenza —y con ella Marsella— se incorporó al reino de Francia. La ciudad conservó siempre un fuerte carácter propio, díscolo frente al poder central, que se manifestaría una y otra vez en su historia. En el siglo XVII, tras varias revueltas, Luis XIV afirmó su autoridad construyendo los fuertes Saint-Nicolas y Saint-Jean a la entrada del puerto, con los cañones apuntando tanto al mar como a la propia ciudad.
El episodio más trágico de la historia de Marsella comenzó en mayo de 1720, cuando un barco mercante, el Grand-Saint-Antoine, atracó en el puerto de vuelta de Oriente Próximo con un cargamento de telas y varios tripulantes ya muertos por una enfermedad a bordo. Pese a las normas de cuarentena que la propia ciudad había desarrollado para protegerse de las epidemias, los intereses comerciales y las presiones de los negociantes hicieron que la carga se desembarcara antes de tiempo. Fue un error fatal.
La peste bubónica se propagó por la ciudad con una velocidad devastadora. En pocos meses murió una parte enorme de la población: se calcula que la epidemia mató en torno a 40.000 o 50.000 personas en Marsella, sobre unos 90.000 habitantes, y unas 100.000 en el conjunto de la Provenza. Las calles se llenaron de cadáveres que no había tiempo ni manos para enterrar; se recurrió a galeotes y presos para retirar los cuerpos y cavar fosas comunes. Se levantó incluso un muro sanitario, el 'mur de la peste', para intentar aislar la región.
La peste de 1720 fue una de las últimas grandes epidemias de peste de Europa occidental, y quedó grabada en la memoria colectiva de la ciudad. Marsella tardó décadas en recuperar su población. El episodio dejó una lección amarga sobre la tensión entre el comercio y la salud pública, un dilema que la ciudad portuaria conocería una y otra vez a lo largo de su historia. El Grand-Saint-Antoine fue quemado y hundido frente a las islas; en el siglo XX se hallaron sus restos bajo el agua.
Marsella, con su tradición díscola y su fuerte identidad, se sumó con entusiasmo a la Revolución Francesa de 1789. Pero su aporte más célebre a la historia de Francia tiene que ver con una canción. En abril de 1792, tras la declaración de guerra a Austria, un oficial llamado Claude-Joseph Rouget de Lisle compuso en Estrasburgo un canto de guerra para el ejército del Rin, titulado originalmente 'Chant de guerre pour l'armée du Rhin'.
Ese verano, un batallón de unos 500 voluntarios (los 'fédérés') partió de Marsella hacia París para defender la Revolución. Durante la marcha entonaron aquel canto, que enardecía y unía a los soldados. Cuando entraron en París cantándolo, los parisinos empezaron a llamarlo simplemente 'La Marseillaise' —la canción de los marselleses—, y con ese nombre quedó para la historia. La Marsellesa fue declarada himno nacional de Francia en 1795 y, tras algunas idas y vueltas, lo es de manera definitiva desde 1879. Su letra apasionada y su melodía se convirtieron en símbolo universal de la libertad y la resistencia.
Así, aunque el himno se compuso en Estrasburgo, fueron los voluntarios de Marsella quienes lo llevaron a la capital y le dieron su nombre y su fama. Es uno de esos giros de la historia por los que una ciudad portuaria del sur quedó ligada para siempre al símbolo sonoro de toda la nación. La Revolución, sin embargo, también trajo represión a Marsella, que sufrió después el castigo del poder central por sus revueltas federalistas, en la eterna tensión entre la ciudad rebelde y París.
El siglo XIX transformó a Marsella en una de las grandes puertas de Europa hacia el mundo. La conquista de Argelia por Francia a partir de 1830 y, sobre todo, la apertura del canal de Suez en 1869 convirtieron su puerto en el principal enlace entre Francia y sus colonias del norte de África, de Asia y de Oriente. Se construyeron los grandes muelles de La Joliette, capaces de recibir vapores y mercancías de todo el planeta: azúcar, aceites, jabón, especias, algodón. Marsella se enriqueció, creció y se llenó de fábricas y de trabajadores.
Ese dinamismo la convirtió también en una ciudad de inmigración como pocas en Francia. Llegaron oleadas de italianos (sobre todo del sur y de las islas), que durante mucho tiempo fueron la comunidad extranjera más numerosa; armenios que huían del genocidio de 1915; griegos, corsos, españoles. A lo largo del siglo XX se sumaron poderosas corrientes de migrantes del Magreb —argelinos, tunecinos, marroquíes—, del África subsahariana, de las Comoras y de otros lugares. Cada comunidad dejó su huella en los barrios, en la cocina, en la música y en el acento particular de la ciudad.
Esa mezcla es hoy la marca de identidad de Marsella: una ciudad mediterránea, popular y mestiza, muy distinta del resto de Francia, orgullosa de su diversidad y también atravesada por tensiones sociales, desigualdad y episodios de pobreza y de violencia ligada a las redes de tráfico. El famoso jabón de Marsella (savon de Marseille), fabricado con aceite de oliva, es un recuerdo de aquella potencia industrial y comercial que hizo grande a la ciudad en el siglo XIX.
El siglo XX trajo a Marsella luces y sombras. Durante la Segunda Guerra Mundial, tras la ocupación alemana de la zona sur en 1942, la ciudad vivió uno de sus episodios más oscuros. En enero de 1943, los nazis, con apoyo de la policía francesa, llevaron a cabo una gran redada en el barrio del Vieux-Port: decenas de miles de personas fueron desalojadas, miles fueron detenidas y deportadas —muchas a los campos de exterminio— y toda la franja de casas antiguas pegada al puerto, considerada un foco de resistencia y clandestinidad, fue dinamitada y arrasada. Aquella herida transformó para siempre la fisonomía del puerto viejo.
Marsella fue liberada en agosto de 1944. La posguerra trajo reconstrucción, crecimiento industrial y nuevas oleadas de inmigración, sobre todo tras la independencia de Argelia en 1962, cuando llegaron cientos de miles de repatriados y de argelinos. La ciudad creció hacia el norte con grandes conjuntos de vivienda, y de esa época data también una obra icónica de la arquitectura moderna: la Unité d'Habitation de Le Corbusier, la 'Cité Radieuse', terminada en 1952.
En las últimas décadas, Marsella ha vivido un notable proceso de transformación y de reivindicación de su imagen. El gran proyecto urbano Euroméditerranée renovó los antiguos muelles; en 2013, la ciudad fue Capital Europea de la Cultura, lo que impulsó equipamientos emblemáticos como el MuCEM, la Villa Méditerranée o la remodelación del Vieux-Port. En 2012, el macizo de las Calanques fue declarado Parque Nacional. Hoy Marsella se presenta al viajero como lo que siempre fue: una ciudad antigua y joven a la vez, portuaria, luminosa, diversa y auténtica, que reivindica con orgullo su carácter mediterráneo y su condición de ciudad-mundo.