En una llanura fértil junto al Rin, donde el río Ill se abre en varios brazos, los romanos comprendieron muy pronto el valor estratégico del lugar. Hacia el año 12 a.C., bajo el emperador Augusto, fundaron allí un campamento militar llamado Argentoratum, destinado a vigilar la frontera del Imperio frente a las tribus germánicas del otro lado del Rin. El nombre, de raíz celta, aludía probablemente a los cursos de agua o a la plata (argentum). Durante casi cuatro siglos, la Legio VIII Augusta estuvo acantonada allí, y en torno al fuerte creció una ciudad con termas, un puerto fluvial y comercio activo.
Argentoratum fue escenario de un episodio célebre de la Antigüedad tardía: en el año 357 d.C., en la batalla de Estrasburgo (o batalla de Argentoratum), el futuro emperador Juliano, entonces césar de las Galias, derrotó a una coalición de alamanes muy superior en número, asegurando por un tiempo la frontera del Rin. Pero las presiones germánicas no cesaron. Con el debilitamiento del Imperio, la ciudad fue arrasada y reconstruida varias veces, hasta que las grandes invasiones del siglo V la dejaron en ruinas.
De aquel pasado romano quedan restos arqueológicos que hoy se conservan sobre todo en el Museo Arqueológico del Palais Rohan. Sobre las ruinas de Argentoratum, tras la victoria de Clodoveo y los francos hacia el año 500, se levantó una ciudad nueva a la que se dio un nombre germánico: Strateburgum, 'la ciudad de los caminos' o 'de las rutas', en referencia a su posición como cruce de rutas comerciales. De ese nombre deriva el actual Estrasburgo (Strasbourg), y en él ya estaba escrito su destino: ser siempre un lugar de paso y de encuentro entre mundos.
La Edad Media hizo de Estrasburgo una de las ciudades más ricas y libres del Sacro Imperio Romano Germánico. Ya en el año 842 la ciudad había entrado en la historia europea: fue allí donde se pronunciaron los Juramentos de Estrasburgo (Serments de Strasbourg), un pacto de alianza entre los nietos de Carlomagno, Luis el Germánico y Carlos el Calvo, contra su hermano Lotario. Su importancia va más allá de lo político: los juramentos se redactaron en dos lenguas vernáculas —una forma temprana de romance (antecedente del francés) y de germánico (antecedente del alemán)—, y se los considera el primer documento conservado escrito en algo parecido al francés. En Estrasburgo, otra vez, se cruzaban los dos mundos.
Durante siglos la ciudad estuvo gobernada por sus príncipes-obispos, pero en 1262, tras la batalla de Hausbergen, la burguesía se rebeló y obtuvo su autonomía. En 1334 Estrasburgo se convirtió oficialmente en Ciudad Libre Imperial (Freie Reichsstadt), dependiente solo del emperador y gobernada por sus propios gremios y magistrados. Fue una época de gran prosperidad: se levantó la catedral, cuya flecha se completó en 1439 convirtiéndola en el edificio más alto de la cristiandad, y florecieron el comercio, la banca y los oficios.
En ese ambiente de libertad y saber apareció una figura decisiva. Entre 1434 y 1444, aproximadamente, un orfebre de Maguncia llamado Johannes Gutenberg vivió en Estrasburgo, donde experimentó con la técnica que cambiaría el mundo: la imprenta de tipos móviles. Aunque terminaría de perfeccionarla y publicaría su célebre Biblia en Maguncia, fue en Estrasburgo donde dio sus primeros pasos, y la ciudad lo reivindica con orgullo: una gran estatua suya, obra de David d'Angers, preside desde 1840 la plaza que lleva su nombre. Estrasburgo se convirtió pronto en un importante centro de imprenta y humanismo, y en el siglo XVI abrazó la Reforma protestante, con una universidad fundada en 1538 (que sería reconocida como tal en 1621) que atrajo a intelectuales de toda Europa.
El siglo XVII cambió el rumbo de Estrasburgo. Francia, bajo Luis XIV, extendía sus fronteras hacia el este, y la rica ciudad libre del Rin era un premio codiciado. En septiembre de 1681, en plena paz y sin apenas resistencia, las tropas francesas rodearon la ciudad y la burguesía capituló: Estrasburgo pasó a formar parte del reino de Francia. El Rey Sol respetó, sin embargo, muchas de sus particularidades —la libertad de culto protestante, sus instituciones, el uso del alemán— y encargó al ingeniero militar Vauban fortificar la plaza, obra de la que aún queda el Barrage Vauban de 1690. La catedral, que había sido templo protestante durante la Reforma, volvió al culto católico.
Un siglo después, Estrasburgo fue escenario de uno de los momentos fundacionales de la Francia moderna. En abril de 1792, recién declarada la guerra a Austria, un oficial e ingeniero llamado Claude Joseph Rouget de Lisle, destinado en la guarnición de la ciudad, compuso en una sola noche —según la tradición, en la casa del alcalde, el barón Philippe-Frédéric de Dietrich— un canto para levantar el ánimo de las tropas. Lo tituló 'Chant de guerre pour l'armée du Rhin' (Canto de guerra para el Ejército del Rin). La melodía se difundió con rapidez y unos meses más tarde la entonaron los voluntarios de Marsella al entrar en París: por eso quedó para siempre como 'La Marsellesa'. En 1795 fue proclamada himno nacional de Francia. Que el himno más célebre del patriotismo francés naciera en Estrasburgo, una ciudad de frontera y de habla en buena parte alemana, es una de las grandes paradojas y símbolos de su historia.
La Revolución y el Imperio napoleónico integraron plenamente a Alsacia en Francia, y a lo largo del siglo XIX la región se sintió cada vez más francesa, aunque conservó su lengua, su cocina y sus costumbres germánicas. Esa doble identidad, lejos de resolverse, estaba a punto de convertir a Estrasburgo en moneda de cambio de las grandes guerras europeas.
Ninguna ciudad francesa cambió de nacionalidad tantas veces en tan poco tiempo como Estrasburgo. En 1870 estalló la guerra franco-prusiana, y Estrasburgo fue sometida a un durísimo asedio y bombardeo por las tropas alemanas, que destruyeron buena parte de la ciudad y su biblioteca. Con la derrota francesa y el Tratado de Fráncfort de 1871, Alsacia y parte de Lorena fueron anexionadas al nuevo Imperio alemán. Estrasburgo se convirtió en capital del 'Reichsland' de Alsacia-Lorena y Berlín invirtió enormemente en ella: se construyó la Neustadt, el amplio barrio imperial de avenidas monumentales, y se germanizó la administración y la enseñanza. Durante casi medio siglo, la ciudad fue alemana.
El fin de la Primera Guerra Mundial, en 1918, devolvió Alsacia a Francia entre celebraciones. Pero la calma duró poco. En 1940, con la invasión nazi al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, la Alemania de Hitler anexionó de nuevo Alsacia —esta vez sin siquiera un tratado— e impuso una brutal política de germanización forzada: se prohibió el francés, se cambiaron los nombres, se persiguió a judíos y opositores, y decenas de miles de jóvenes alsacianos fueron reclutados a la fuerza en el ejército alemán, los llamados 'malgré-nous' ('a pesar nuestro'), muchos de los cuales murieron en el frente oriental. Estrasburgo vivió años de miedo y de exilio; buena parte de su población había sido evacuada a comienzos de la guerra.
El 23 de noviembre de 1944, la 2.ª División Blindada del general Leclerc liberó Estrasburgo, cumpliendo el llamado 'Juramento de Kufra' que Leclerc había hecho en 1941 de no detenerse hasta ver la bandera francesa ondear de nuevo sobre la catedral. La ciudad volvió definitivamente a Francia en 1945. Cuatro cambios de bandera en menos de ochenta años dejaron una huella profunda en la identidad alsaciana: una cultura de frontera, bilingüe, marcada por las heridas de las guerras y, a la vez, por una vocación de reconciliación que pronto tendría un destino europeo.
De todas las heridas de su historia, Estrasburgo supo hacer un símbolo. Precisamente por haber sido tantas veces tierra en disputa entre Francia y Alemania, la ciudad fue elegida tras la Segunda Guerra Mundial como sede de las instituciones que buscaban dejar atrás siglos de conflicto europeo. En 1949 se instaló allí el Consejo de Europa, la organización que promueve los derechos humanos y la democracia en el continente. Poco después llegaron el Tribunal Europeo de Derechos Humanos y, sobre todo, el Parlamento Europeo, que celebra en Estrasburgo sus sesiones plenarias mensuales, compartiendo funciones con Bruselas.
Estrasburgo se convirtió así en una de las capitales oficiales de la Unión Europea, junto a Bruselas y Luxemburgo, y en un poderoso emblema de la reconciliación franco-alemana y de la construcción europea. El moderno barrio europeo, con la torre acristalada del Parlamento (edificio Louise Weiss, inaugurado en 1999) deliberadamente inacabada como símbolo de una Europa siempre en construcción, es hoy una parte esencial de la identidad de la ciudad.
En 1988, la Grande Île —el centro histórico rodeado por los brazos del Ill— fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, un reconocimiento que en 2017 se amplió para incluir también la Neustadt alemana, celebrando así el diálogo entre dos culturas urbanas. Hoy Estrasburgo es una ciudad universitaria, próspera y volcada en la sostenibilidad, célebre por ser una de las más ciclistas de Francia y por su tranvía moderno. Y cada diciembre recupera su tradición más querida: el Christkindelsmärik, el mercado de Navidad más antiguo de Francia, en marcha desde 1570, que llena de luces y aroma a especias una ciudad que, tras siglos de fronteras cambiantes, ha hecho de su mestizaje su mayor tesoro.