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Historia de Chamonix (Mont Blanc)

Un valle aislado y las 'montañas malditas'

Cuesta imaginarlo hoy, cuando teleféricos y trenes suben a miles de turistas a la alta montaña, pero durante la mayor parte de su historia el valle de Chamonix fue un rincón remoto, pobre y temido de los Alpes. Encajonado entre cumbres de más de cuatro mil metros y cubierto de glaciares que en aquellos siglos avanzaban hasta rozar las aldeas, era un lugar de vida dura, habitado por campesinos y pastores que sobrevivían a duras penas del ganado, los cultivos y la caza de gamuzas.

Para aquella gente, las montañas no eran un espectáculo hermoso, sino una amenaza. Los enormes glaciares que hoy admiramos, como la Mer de Glace, eran vistos con miedo y superstición: se los llamaba 'les montagnes maudites', las montañas malditas, y se creía que en las cumbres habitaban dragones, brujas y espíritus malignos. Nadie en su sano juicio subía a las alturas por placer; el Mont Blanc, el gigante que dominaba el valle, era simplemente inaccesible e inexplorado.

El valle pertenecía históricamente al ducado de Saboya, un pequeño estado alpino a caballo entre lo que hoy son Francia e Italia, y su comunidad giraba en torno a un antiguo priorato religioso fundado en la Edad Media, del que Chamonix tomó buena parte de su identidad. Aislado del mundo por caminos difíciles y montañas, el valle parecía condenado a permanecer para siempre en el olvido. Hasta que, un día de 1741, llegaron dos jóvenes ingleses con ganas de aventura.

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1741: Windham, Pococke y el 'descubrimiento' del valle

En 1741, dos jóvenes ingleses en viaje de placer por el continente, William Windham y Richard Pococke, se aventuraron con un grupo de amigos hasta el remoto valle de 'Chamouny', del que apenas se sabía nada en el resto de Europa. Movidos por la curiosidad, subieron a caballo y a pie hasta el paraje del Montenvers y contemplaron, asombrados, el gran glaciar que descendía entre las montañas. Les pareció un océano congelado y sacudido por una tempestad, y lo bautizaron con el nombre que ha llegado hasta hoy: la 'Mer de Glace', el Mar de Hielo.

De vuelta a la civilización, Windham y Pococke escribieron y publicaron relatos de su expedición, que circularon por las revistas literarias y científicas de Inglaterra y del continente. El efecto fue extraordinario: aquellas descripciones de un mundo de hielo y de cumbres imposibles despertaron una auténtica fascinación en la Europa ilustrada. De repente, viajeros, naturalistas, artistas y curiosos quisieron ver con sus propios ojos aquellas maravillas heladas.

Así, casi sin quererlo, aquellos dos ingleses inauguraron el turismo en Chamonix. En las décadas siguientes, un goteo creciente de visitantes empezó a llegar al valle para admirar la Mer de Glace y los glaciares, atraídos por una nueva sensibilidad que ya no veía las montañas como algo maldito, sino como una fuente de emoción, de belleza sublime y de conocimiento. El valle de las 'montañas malditas' se convertía, poco a poco, en un destino. Y en el horizonte quedaba un desafío mayúsculo: coronar el Mont Blanc.

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De Saussure a Balmat y Paccard: nace el alpinismo (1786)

Entre quienes quedaron cautivados por Chamonix estaba el científico ginebrino Horace-Bénédict de Saussure, un naturalista apasionado por la geología y la física de las montañas. Saussure visitó el valle por primera vez en 1760 y quedó obsesionado con el Mont Blanc. Convencido de que había que subir a la cima para estudiarla, ofreció ese mismo año una recompensa a quien lograra alcanzar la cumbre, o al menos encontrar una ruta practicable hasta ella.

El premio quedó sin cobrar durante veintiséis años. Coronar el Mont Blanc parecía imposible: sus glaciares, sus grietas, el frío extremo, la falta de oxígeno y el desconocimiento total de la alta montaña frenaron intento tras intento. Hasta que, el 8 de agosto de 1786, dos hombres del valle lo lograron: Jacques Balmat, un cazador de gamuzas y buscador de cristales acostumbrado a moverse por las alturas, y Michel-Gabriel Paccard, el médico de Chamonix. Tras una durísima jornada, alcanzaron la cumbre del Mont Blanc, a 4.807 metros, y regresaron con vida.

Aquella ascensión no fue solo una hazaña deportiva: marcó el nacimiento del alpinismo como actividad. Al año siguiente, en 1787, el propio Saussure subió a la cima con una gran expedición y realizó experimentos científicos allí arriba, consagrando la idea de la montaña como lugar de conquista y de conocimiento. En el pueblo de Chamonix, una célebre estatua recuerda a Balmat señalando la cumbre junto a Saussure. Y en 1821, los guías del valle fundaron la Compagnie des Guides de Chamonix, la compañía de guías de montaña más antigua del mundo, todavía en activo. El valle de los campesinos temerosos se había convertido en la cuna del montañismo.

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La edad de oro del alpinismo y la llegada del ferrocarril

Durante el siglo XIX, Chamonix vivió una transformación acelerada. La conquista del Mont Blanc abrió la puerta a la llamada 'edad de oro del alpinismo': una tras otra fueron cayendo las grandes agujas y cumbres del macizo, escaladas por montañeros de toda Europa —muchos de ellos británicos— acompañados por los guías locales. Chamonix se convirtió en el centro mundial de esa nueva pasión, y su nombre empezó a asociarse para siempre con la aventura en la alta montaña.

Al mismo tiempo, el turismo crecía sin parar. El valle, que en 1860 pasó a ser francés cuando Saboya fue anexionada a Francia (tras el plebiscito que integró el antiguo ducado al Segundo Imperio de Napoleón III), se llenó de hoteles, fondas y visitantes. La llegada del ferrocarril a finales del siglo XIX y comienzos del XX terminó de abrir Chamonix al mundo: se construyeron líneas de tren para acceder al valle y, sobre todo, ingeniosos trenes de montaña para llevar a los turistas a los grandes paisajes. En 1908 se inauguró el tren cremallera del Montenvers, que subía hasta la Mer de Glace, permitiendo a cualquier viajero contemplar de cerca el glaciar que había maravillado a Windham y Pococke.

Chamonix se consolidaba como un destino de montaña sin igual, capaz de combinar el alpinismo de élite con un turismo cada vez más masivo. Faltaba, sin embargo, el acontecimiento que lo pondría en el mapa deportivo mundial y daría nombre a toda una nueva era de deportes de invierno.

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1924: los primeros Juegos Olímpicos de Invierno y la Chamonix de hoy

En 1924, Chamonix hizo historia al acoger la 'Semana Internacional de los Deportes de Invierno', un evento que el Comité Olímpico Internacional reconoció después, con carácter retroactivo, como los primeros Juegos Olímpicos de Invierno de la historia. Patinaje, hockey sobre hielo, esquí, saltos, bobsleigh y otras disciplinas reunieron por primera vez a los mejores deportistas del mundo en la nieve, en un valle que ya era símbolo de la montaña. Aquellos Juegos impulsaron el desarrollo de las estaciones de esquí y consagraron definitivamente a Chamonix como capital de los deportes de invierno.

El siglo XX trajo además las grandes obras que dan a Chamonix su fisonomía actual. En 1955 se inauguró el teleférico de la Aiguille du Midi, en su momento el más alto del mundo, que por primera vez permitía a cualquier persona subir en pocos minutos a la alta montaña, a 3.842 metros, sin ser alpinista. Y en 1965 se abrió el túnel del Mont Blanc, una proeza de la ingeniería que perforó la montaña para unir Chamonix con Courmayeur, en Italia, integrando el valle en las grandes rutas europeas.

Hoy Chamonix es, sin discusión, la capital mundial del alpinismo y uno de los grandes destinos de montaña del planeta. Combina el turismo masivo —los teleféricos, la Mer de Glace, el esquí— con el montañismo más exigente, y cada agosto, desde 2003, acoge el Ultra-Trail du Mont-Blanc, la mítica carrera de unos 170 kilómetros alrededor del macizo. El valle vive también, como testigo de excepción, el drama del cambio climático: sus glaciares, empezando por la Mer de Glace, retroceden y adelgazan año tras año, un recordatorio silencioso de que aquellas 'montañas malditas' que un día se temieron son hoy un tesoro frágil que hay que cuidar.

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📚 Bibliografía

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