Antes de que existieran las torres cónicas y las murallas de cuento, la colina de Carcassonne ya era un lugar estratégico: quien la dominaba controlaba el paso natural entre el Atlántico y el Mediterráneo, y entre la península ibérica y el resto de la Galia. Por eso, desde al menos el siglo VI a.C., allí hubo un oppidum, un poblado fortificado de la tribu gala de los volcos tectósages, encaramado sobre el valle del río Aude.
Con la conquista romana del sur de la Galia en el siglo II a.C. y la creación de la provincia Narbonense, aquel poblado se convirtió en una ciudad romana llamada Carcaso. Los romanos entendieron enseguida su valor militar y, hacia el siglo III-IV d.C., en plena crisis del Bajo Imperio y ante la amenaza de las invasiones, la rodearon de una sólida muralla de piedra reforzada por torres semicirculares. Esa muralla galo-romana no desapareció: todavía hoy forma la base y buena parte del lienzo interior de la doble fortificación de la Cité, reconocible por sus hiladas de ladrillo y sus torres de perfil redondeado. Es uno de los conjuntos de murallas tardorromanas mejor conservados de Europa.
Tras la caída de Roma, Carcaso pasó por manos visigodas —fue plaza importante del reino visigodo de Tolosa y resistió incluso a los francos—, tuvo un breve dominio musulmán en el siglo VIII y volvió después a la órbita franca y carolingia. De aquellos siglos oscuros procede, además, la leyenda popular que explica el nombre de la ciudad: la de una tal 'Dame Carcas', una señora sarracena que, según el relato, habría resistido un largo asedio de Carlomagno con astucia y, al final del sitio, habría hecho sonar las campanas —'Carcas sonne', 'Carcas hace sonar'—, de donde vendría Carcassonne. Es solo una leyenda etimológica sin base histórica, pero forma parte del folclore de la ciudad y una escultura la recuerda en la Porte Narbonnaise.
El gran momento de esplendor medieval de Carcassonne llegó con la dinastía de los Trencavel, que en los siglos XI y XII fueron vizcondes de Carcassonne, Béziers, Albi y Nîmes, señores de un vasto territorio en el corazón del mundo occitano. Bajo su gobierno, la ciudad prosperó: se levantó el Château Comtal (el castillo condal) adosado a la muralla, se reconstruyó la catedral de Saint-Nazaire y Carcassonne se convirtió en un centro político, comercial y cultural de primer orden en el sur de la actual Francia.
Este era un mundo distinto del reino de los Capetos del norte. Se hablaba occitano (la lengua de oc), florecía la cultura de los trovadores y del amor cortés, y las ciudades gozaban de amplias libertades. Los vizcondes rendían un vasallaje flexible y a menudo disputado a distintos señores —los condes de Barcelona y luego los reyes de Aragón, y también los condes de Tolosa—, en un tablero político donde la frontera con la Corona de Aragón estaba muy cerca y las lealtades eran cambiantes.
En ese ambiente de tolerancia y de poder señorial relativamente independiente arraigó con fuerza el catarismo. Los cátaros —también llamados albigenses, por la cercana ciudad de Albi— eran cristianos disidentes que predicaban una fe dualista, austera y crítica con la riqueza y la jerarquía de la Iglesia de Roma. Muchos nobles occitanos, entre ellos los propios Trencavel, los protegían o al menos los toleraban. Para el papado y para la monarquía francesa del norte, esa mezcla de herejía y de autonomía política resultaba intolerable, y a comienzos del siglo XIII se preparó la respuesta: una cruzada, no contra un país lejano, sino contra otros cristianos, en el propio suelo del sur de Francia.
En 1208, el asesinato de un legado papal en tierras del conde de Tolosa dio al papa Inocencio III el pretexto para convocar una cruzada contra los cátaros del Languedoc. Fue la cruzada albigense (1209-1229), una guerra brutal en la que ejércitos venidos sobre todo del norte de Francia, con la bendición de la Iglesia y el aliciente de quedarse con las tierras conquistadas, cayeron sobre las ciudades occitanas. Su fase inicial fue tristemente célebre por su ferocidad: en el asalto a Béziers, en julio de 1209, la población entera fue masacrada, hecho asociado a la frase atribuida al legado 'Matadlos a todos, Dios reconocerá a los suyos'.
Carcassonne fue el siguiente objetivo. El joven vizconde Raimundo Roger Trencavel se hizo fuerte tras sus murallas con la población y numerosos refugiados, pero la ciudad, superpoblada y con el suministro de agua comprometido en pleno agosto, no pudo resistir mucho. Tras un asedio de apenas dos semanas, Carcassonne se rindió en agosto de 1209. Trencavel fue apresado durante las negociaciones —un episodio considerado una traición— y murió pocos meses después en su propia mazmorra, en circunstancias nunca aclaradas, con apenas 24 años. Los habitantes, según las crónicas, fueron obligados a salir con lo puesto.
El mando de la cruzada, y con él el vizcondado de Carcassonne, pasó a Simón de Montfort, un noble del norte convertido en el brazo militar de la cruzada, temido por su dureza. Montfort gobernó y guerreó por todo el Languedoc hasta morir en 1218 en el asedio de Tolosa. La resistencia occitana continuó, pero el desenlace ya estaba marcado: por el Tratado de París de 1229, el Languedoc quedó bajo la órbita de la Corona francesa. Los cátaros siguieron siendo perseguidos por la Inquisición durante décadas; su último gran bastión, el castillo de Montségur, cayó en 1244 y más de dos centenares de 'perfectos' cátaros fueron quemados al pie de la montaña. Aquella cruzada no solo aplastó una herejía: destruyó la independencia política y cultural del mundo occitano y lo integró, por la fuerza, en Francia.
Una vez integrada en el reino de Francia, Carcassonne cambió de papel: de capital de un vizcondado independiente pasó a ser una plaza fuerte de la monarquía en su frontera sur, frente a la Corona de Aragón, cuyos dominios llegaban entonces al Rosellón, a pocas jornadas de allí. Los reyes Luis IX (San Luis) y Felipe III el Atrevido invirtieron enormemente en la ciudadela durante el siglo XIII: levantaron una segunda línea de murallas exterior, creando la característica doble fortificación con sus 'lices' en medio, reforzaron el Château Comtal con su propia muralla y barbacana, y modernizaron torres y puertas como la imponente Porte Narbonnaise. Carcassonne se volvió, literalmente, inexpugnable, y así lo demostró: cuando el Príncipe Negro inglés arrasó la región en 1355 durante la Guerra de los Cien Años, saqueó y quemó la ciudad baja pero ni siquiera intentó tomar la Cité.
Ese mismo Luis IX había ordenado, en 1262, tras las revueltas ligadas a las guerras cátaras, expulsar a los habitantes de la ladera y fundar en la otra orilla del Aude una ciudad nueva: la Bastide Saint-Louis, trazada en cuadrícula regular en torno a una plaza central. Con el tiempo, esa ciudad baja —dedicada al comercio, la industria textil y la vida civil— creció y prosperó, mientras la Cité quedaba como recinto sobre todo militar y religioso. Nacieron así las dos Carcassonne que siguen existiendo hoy.
El declive llegó por la política, no por la guerra. En 1659, el Tratado de los Pirineos entre Francia y España fijó la frontera en la cordillera y anexionó el Rosellón a Francia: de golpe, Carcassonne dejó de ser una ciudad de frontera y su formidable fortaleza perdió toda utilidad estratégica. Durante los siglos XVII y XVIII, la vida y la riqueza se concentraron en la Bastide Saint-Louis, célebre por su industria de paños; la Cité, en cambio, se fue vaciando y degradando, ocupada por familias pobres que se instalaban entre unas murallas cada vez más ruinosas. A comienzos del siglo XIX, el Estado llegó a plantearse seriamente demolerla para aprovechar la piedra, y en 1849 hubo un decreto en ese sentido. La joya medieval estuvo a punto de desaparecer.
Que Carcassonne siga en pie se debe a un cambio de sensibilidad y a unos pocos hombres decididos. Frente al decreto de demolición, un erudito local, Jean-Pierre Cros-Mayrevieille, y el escritor Prosper Mérimée —entonces inspector de Monumentos Históricos— movilizaron a la opinión pública para salvar la ciudadela, en pleno auge del Romanticismo y su fascinación por la Edad Media. La campaña dio fruto: en 1853 se encargó la restauración al arquitecto Eugène Viollet-le-Duc, la gran figura de la restauración monumental francesa, responsable también de intervenciones en Notre-Dame de París y en muchos otros edificios medievales.
Viollet-le-Duc trabajó en Carcassonne durante casi dos décadas, hasta su muerte en 1879, y la obra la continuó su discípulo Paul Boeswillwald. Consolidó las murallas al borde del colapso, reconstruyó torres, adarves y almenas, y devolvió a la Cité una coherencia visual que había perdido. Su criterio, sin embargo, no fue el de la fidelidad arqueológica estricta, sino el de restituir un estado 'ideal' del monumento, tal como él imaginaba que debía haber sido en su apogeo. La decisión más discutida fue coronar las torres con altos tejados cónicos de pizarra: elegantes y hoy inseparables de la imagen de Carcassonne, pero más propios de la arquitectura del norte de Francia que del Mediodía mediterráneo, donde lo habitual eran los tejados de teja plana. Por eso su restauración es, todavía hoy, objeto de debate entre quienes la consideran una genial recreación que salvó el conjunto y quienes la ven como una fantasía decimonónica superpuesta a la piedra medieval.
Con polémica y todo, el resultado fue extraordinario. La Cité recuperada se convirtió en un símbolo nacional y en un imán turístico, y su influencia llegó lejos: inspiró castillos de fantasía en toda Europa y América. En 1997, la Unesco inscribió la Cité de Carcassonne en la lista del Patrimonio de la Humanidad, reconociendo tanto su valor como conjunto fortificado medieval como la importancia histórica de su restauración. Hoy, con más de dos millones de visitantes al año, Carcassonne es uno de los lugares más visitados de Francia; el reto contemporáneo es equilibrar ese éxito turístico con la conservación del monumento y con la vida de la Bastide Saint-Louis, la ciudad baja donde late el pulso real de la Carcassonne de hoy.