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Historia de Cannes

Los monjes de Lérins y la aldea al pie de la torre

Durante casi toda su historia, Cannes no fue más que una modesta aldea de pescadores, y su destino estuvo ligado no a la tierra firme, sino a las dos pequeñas islas que se ven desde su costa: las islas de Lérins. Fue allí, en la isla hoy llamada Saint-Honorat, donde ocurrió el hecho que dio importancia a todo este rincón de la Provenza. Hacia el año 410, un ermitaño llamado Honorato fundó en la isla un monasterio que se convertiría, a lo largo de los siglos V y VI, en uno de los grandes centros espirituales e intelectuales de la Galia cristiana. De la abadía de Lérins salieron numerosos obispos y santos, y su prestigio irradió sobre toda la región.

Los monjes de Lérins fueron, de hecho, los señores del lugar. A ellos pertenecía el territorio donde se levantaba el pequeño puerto de Cannes, y fueron ellos quienes, para vigilar la costa y protegerse de las incursiones de piratas sarracenos, mandaron construir en lo alto de la colina que domina el puerto —el actual barrio de Le Suquet— una torre de vigilancia, cuya silueta cuadrada sigue presidiendo hoy la ciudad vieja. En torno a esa torre y al abrigo de la colina fue creciendo el burgo de pescadores.

Así, mientras la vecina Niza era una plaza fuerte disputada por reyes y condes, Cannes seguía siendo un lugar pequeño y humilde: casas apiñadas en Le Suquet, barcas de pesca, huertas y olivares. Durante la Edad Media y la Edad Moderna, la vida transcurrió al ritmo lento del mar y de las estaciones, sin que nada hiciera prever el brillo que la ciudad alcanzaría en el futuro. El nombre mismo de 'Cannes' evoca, según una interpretación, las cañas (cannas) que crecían en las zonas pantanosas y en las orillas de la región.

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1834: Lord Brougham y la invención de la Cannes de invierno

El gran giro en la historia de Cannes tiene fecha y nombre propios: diciembre de 1834, Lord Henry Brougham. Brougham era una figura de primer orden en Inglaterra: había sido Lord Canciller (Lord Chancellor), la máxima autoridad judicial del país, y era un político y reformista célebre. Aquel invierno viajaba hacia Italia con su hija Éléonore-Louise, de salud delicada, con la intención de pasar la estación fría en el clima suave de la Riviera italiana.

Pero el viaje se topó con un obstáculo. El condado de Niza, entonces bajo soberanía de la Casa de Saboya, había cerrado su frontera con un cordón sanitario a causa de una epidemia de cólera, y Brougham no pudo continuar hacia el este. Al caer la noche, se detuvo a descansar en la posada de un tal Pinchinat, en la actual zona del puerto de Cannes. Y allí, según cuenta la tradición, quedó encantado: por el clima, por el paisaje, por la bahía protegida, por la bullabesa y el vino que le sirvieron. Brougham decidió entonces detener su viaje y hacerse construir una residencia en aquel pueblo de pescadores.

Aquella decisión personal desencadenó una transformación completa. Lord Brougham volvió cada invierno, y su prestigio atrajo a otros aristócratas y personalidades británicas, que a su vez se hicieron construir villas: el general Taylor, el pastor Woolfield, miembros del Parlamento británico. En pocas décadas, la humilde aldea se convirtió en una elegante estación de invierno (station hivernale) para la alta sociedad europea, que huía del frío del norte. Se levantaron villas suntuosas, jardines, hoteles y hasta una iglesia anglicana para la colonia extranjera. Cannes, igual que su vecina Niza, se reinventó como lugar de descanso invernal de los ricos: había nacido, prácticamente de la nada, la ciudad del lujo y del ocio que conocemos hoy.

https://expos-historiques.cannes.com/a/5626/l-arrivee-de-lorhttps://fr.wikipedia.org/wiki/Histoire_de_Cannes

De la Belle Époque a la ciudad moderna

A lo largo de la segunda mitad del siglo XIX, Cannes creció y se embelleció al ritmo de la moda de la villégiature de invierno. La llegada del ferrocarril, que conectó la ciudad con el resto de Francia y de Europa, aceleró el proceso: cada temporada llegaban aristócratas, industriales y familias reales de todo el continente, incluidos miembros de las casas reales británica y rusa. Frente al mar se trazó y se fue urbanizando el gran paseo que se convertiría en el símbolo de la ciudad: el Boulevard de la Croisette.

Durante la Belle Époque, ese período de esplendor que va de fines del siglo XIX hasta la Primera Guerra Mundial, Cannes se llenó de la arquitectura opulenta del ocio: grandes hoteles-palacio a lo largo de la Croisette, villas con jardines exóticos en las colinas, casinos. Los nombres de los grandes hoteles que aún hoy jalonan el paseo marítimo —el Carlton, con su fachada monumental inaugurada en los años 1910— hablan de aquella época dorada en que la ciudad vivía del turismo de la élite internacional.

A diferencia de otras ciudades de la costa, Cannes mantuvo siempre un perfil marcadamente elegante y volcado al placer y al descanso, más que al comercio o a la industria pesada. El casco antiguo de Le Suquet, con su torre medieval y su iglesia, siguió siendo el testimonio del pasado humilde de la ciudad, mientras que la Croisette y sus alrededores encarnaban la Cannes nueva, la del lujo. Poco a poco, además, el turismo de invierno fue cediendo terreno al turismo de verano, con la moda del baño de mar y del sol que se impuso en el siglo XX y que convirtió las playas de la Riviera en destino estival por excelencia.

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El Festival de Cine: una respuesta a la Venecia fascista (1939-1946)

El hecho que hizo mundialmente famosa a Cannes fue la creación de su Festival Internacional de Cine, y su origen está directamente ligado a la política de los años treinta. En aquella época, el único gran festival internacional de cine del mundo era la Mostra de Venecia, nacida en 1932. Pero la Mostra se había convertido en un instrumento de propaganda de los regímenes fascistas: en la edición de 1938, bajo la influencia de la Italia de Mussolini y la Alemania de Hitler, los máximos premios fueron a parar a películas afines a esos regímenes, entre ellas 'Olympia', el film de la cineasta alemana Leni Riefenstahl sobre los Juegos Olímpicos de Berlín. Delegaciones democráticas, como la francesa, la británica y la estadounidense, se retiraron indignadas.

De aquella indignación nació la idea de crear un festival alternativo, libre e independiente, en un país democrático. La impulsó en Francia el diplomático Philippe Erlanger, y contó con el apoyo decisivo de Jean Zay, ministro de Educación Nacional y Bellas Artes del gobierno del Frente Popular, que quería dotar a Francia de un gran acontecimiento cultural capaz de rivalizar con Venecia. Se eligió Cannes como sede, por su clima, su prestigio y su capacidad hotelera. La primera edición estaba prevista para septiembre de 1939.

Pero la historia se interpuso. El festival de 1939 apenas llegó a inaugurarse: la misma semana en que debía celebrarse, el 1 de septiembre de 1939, Alemania invadió Polonia y estalló la Segunda Guerra Mundial. Todo se canceló. Jean Zay, el ministro que había hecho posible el proyecto, tuvo un destino trágico: judío, masón y hombre de la República, fue perseguido por el régimen colaboracionista de Vichy y asesinado en 1944, sin llegar a ver nunca el festival que había ayudado a crear.

Habría que esperar a la posguerra. En septiembre de 1946, en una Francia y una Europa que salían de la guerra y buscaban reconstruir la cultura y la libertad entre las naciones, se celebró por fin la primera edición del Festival de Cannes. Con los años, el certamen se consolidó como el más prestigioso del mundo, con su máximo galardón, la Palma de Oro (Palme d'Or), y su alfombra roja convertida en el escaparate del cine internacional.

https://www.festival-cannes.com/qui-sommes-nous/histoire-du-https://www.cannes.com/en/cannes-cinema/the-festival-de-cannhttps://www.eldiario.es/spin/fascismo-tomo-festival-venecia-

El misterio de la Máscara de Hierro y la Cannes de hoy

La historia de Cannes guarda también uno de los grandes enigmas de Francia, y una vez más lo hace en sus islas. En la isla de Sainte-Marguerite, la mayor de las de Lérins, se levanta el Fort Royal, una fortaleza reforzada por el ingeniero Vauban que sirvió durante siglos como prisión de Estado. Allí estuvo encarcelado, hacia finales del siglo XVII, el más célebre y misterioso de los prisioneros de la historia francesa: el llamado 'hombre de la Máscara de Hierro'.

Se trataba de un preso cuyo rostro debía permanecer permanentemente oculto tras una máscara, y cuya identidad se mantuvo en el más estricto secreto por orden del rey Luis XIV. ¿Quién era? ¿Por qué tanto misterio? La pregunta ha alimentado siglos de especulaciones: se ha dicho que era un hermano gemelo o ilegítimo del propio rey, un noble caído en desgracia, un diplomático que sabía demasiado. Voltaire fue de los primeros en difundir la leyenda, y Alejandro Dumas la inmortalizó en sus novelas. Hoy los visitantes pueden ver la celda donde estuvo preso y recorrer el fuerte, que alberga además un museo con hallazgos arqueológicos del mar.

En el siglo XX y hasta hoy, Cannes ha vivido plenamente de su doble condición: ciudad de mar elegante y capital mundial del cine durante los días de su festival cada mayo. El Palais des Festivals, la Croisette con sus hoteles-palacio y sus yates, y las playas de arena conviven con el barrio popular de Le Suquet, el mercado Forville y el silencio de las islas de Lérins, donde una comunidad de monjes cistercienses sigue cultivando viñas junto a la abadía, en una continuidad que se remonta al siglo V.

De aquella aldea de pescadores a la sombra de una torre, Cannes se convirtió, en menos de dos siglos, en un nombre reconocido en todo el planeta. Su historia es la de una transformación asombrosa, impulsada por un lord inglés varado por una epidemia y consagrada por el cine: la del pequeño puerto provenzal que terminó siendo sinónimo de glamour.

https://fr.wikipedia.org/wiki/Histoire_de_Canneshttps://en.cannes-france.com/discover-visit/lerins-islands/https://es.wikipedia.org/wiki/M%C3%A1scara_de_Hierro

📚 Bibliografía

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