Hay lugares que se explican por lo que se ve y otros por lo que arde bajo tierra. La costa de Serua, donde hoy se levanta Pacific Harbour, pertenece al segundo grupo. Desde antes de que existiera un pueblo con canales, campo de golf y buzos que nadan con tiburones, esta franja de Viti Levu y su isla vecina, Beqa, eran conocidas por algo que desafía toda lógica: hombres que caminan descalzos sobre piedras al rojo vivo y salen ilesos.
El vilavilairevo -literalmente 'saltar dentro del horno'- es la ceremonia del caminar sobre el fuego, y su origen es propiedad de un solo linaje: el pueblo Sawau de la isla de Beqa. La leyenda cuenta que un guerrero llamado Tui Qalita capturó a un espíritu-anguila mientras pescaba, y que el espíritu, para salvar su vida, le concedió a él y a sus descendientes el don de resistir el calor de las piedras ardientes. Desde entonces, los hombres de las aldeas de Dakuibeqa, Naceva y Rukua caminan sobre un lovo de piedras calentadas durante horas, en una ceremonia rodeada de reglas rituales y preparación espiritual. No es un truco para turistas: es un derecho hereditario, un mana que pertenece a esos mataqali y a nadie más.
Esa es la primera capa de Pacific Harbour, la más antigua y la que sigue viva: una cultura iTaukei profundamente enraizada en la costa de Serua y en Beqa, con sus jefaturas, su tierra ancestral (vanua) y sus ceremonias. Todo lo demás -el resort, el golf, la fama de 'capital de la aventura'- llegó ayer, en términos históricos. Pero para entenderlo hay que empezar mucho antes, con las primeras velas que cruzaron el Pacífico.
Fiyi fue poblada hace unos 3.000 años por navegantes del complejo cultural lapita, los mismos que dejaron su inconfundible cerámica de motivos geométricos estampados por todo el Pacífico occidental. Llegaron desde el archipiélago de Bismarck y las Salomón en canoas de doble casco, cargando cerdos, taro, ñame y el conocimiento de leer las estrellas y el oleaje. Fiyi fue una de sus grandes escalas y, desde ahí, la plataforma de lanzamiento hacia Tonga y Samoa: la puerta de entrada a la Polinesia. Los fragmentos de cerámica lapita hallados en Viti Levu y en las islas cercanas son la firma de esos primeros habitantes.
Durante los siglos siguientes, la sociedad fiyiana se organizó en jefaturas complejas. La unidad de base era el mataqali, el clan propietario de la tierra; varios mataqali formaban un yavusa, y el conjunto se ordenaba alrededor del vanua, un concepto que va mucho más allá de 'territorio': es la tierra, la gente y los antepasados entendidos como una sola cosa. La costa de Serua, con su interior montañoso y sus ríos -el Navua entre ellos-, era un mosaico de estas comunidades, conectadas por alianzas, comercio y guerra. La isla de Beqa, con su laguna generosa y su casta de caminantes del fuego, tenía un lugar especial en esa red de prestigio.
Era un mundo sin escritura pero con memoria larga, transmitida en genealogías, cantos y el meke, la danza que narra historias. La yaqona (kava) sellaba cada acuerdo y cada visita; el sevusevu -la ofrenda de raíz de kava al jefe- era, y sigue siendo, la llave para entrar con respeto a una aldea. Esa estructura sobrevivió a todo lo que vino después, y es la razón por la que hoy, cuando un operador de buceo lleva turistas al arrecife de Beqa, parte del dinero va a las aldeas dueñas de esas aguas: el vanua no se vende, se respeta.
El siglo XIX cambió Fiyi para siempre. Llegaron balleneros, buscadores de sándalo y de bêche-de-mer (pepino de mar), misioneros y comerciantes, y con ellos armas de fuego, enfermedades nuevas y una economía de plantación. En medio de guerras entre jefaturas, un jefe de la isla de Bau, Seru Epenisa Cakobau, llegó a proclamarse Tui Viti, 'rey de Fiyi', aunque su poder real nunca fue absoluto. Acorralado por deudas con comerciantes extranjeros y por la inestabilidad, Cakobau y otros jefes terminaron ofreciendo las islas a Gran Bretaña.
El 10 de octubre de 1874, en Nasova, cerca de Levuka, se firmó la Deed of Cession: Fiyi se convertía en colonia británica. La decisión colonial de traer trabajadores contratados desde la India -los girmitiyas, entre 1879 y 1916- transformó para siempre la demografía del país y sembró la sociedad birracial iTaukei e indo-fiyiana que define a Fiyi hasta hoy. La administración colonial trazó caminos, plantó caña y organizó el territorio, y una de sus obras más duraderas fue la carretera que bordea la costa sur de Viti Levu uniendo el oeste con la nueva capital: la Queens Road.
Esa carretera es la columna vertebral de esta historia. La costa de Serua, con Pacific Harbour en el medio, quedó exactamente a mitad de camino entre lo que sería el gran aeropuerto internacional de Nadi, al oeste, y Suva, la capital, al sudeste. Durante décadas fue solo eso: un tramo verde y lluvioso de la Queens Road, con aldeas iTaukei, plantaciones y la silueta de Beqa en el mar. La transformación en pueblo-resort tendría que esperar a que Fiyi fuera, otra vez, dueña de su destino.
El 10 de octubre de 1970 -exactamente 96 años después de la cesión- Fiyi recuperó su independencia y se convirtió en nación soberana dentro de la Commonwealth. El país miró hacia el turismo como motor de desarrollo, y los años 70 fueron de grandes proyectos sobre las costas de Viti Levu. En ese contexto nació Pacific Harbour.
A diferencia de casi cualquier otro destino fiyiano, Pacific Harbour no creció de una aldea ni de un puerto histórico: fue planificado de cero. A comienzos de los 70, inversores estadounidenses -a través de la Pacific Harbour Development Company, con participación de intereses ligados a la aviación norteamericana- compraron y desarrollaron un extenso terreno sobre la costa de Serua. La obra arrancó alrededor de 1973 sobre un sitio de más de mil acres: se excavaron canales para crear parcelas residenciales frente al agua, se levantaron hoteles y, como corazón del proyecto, se inauguró un campo de golf de 18 hoyos par 72 diseñado por Robert Trent Jones Jr., una firma de prestigio mundial. La idea era vender un estilo de vida: casas sobre canales, golf, sol tropical y la exótica cercanía de las culturas del Pacífico.
Para darle alma cultural al desarrollo se construyó, en 1977, el Pacific Cultural Centre and Marketplace, un complejo de estilo colonial pensado para mostrar la cultura fiyiana a los visitantes: meke, artesanías, narración de leyendas y, sobre todo, el firewalking de Beqa traído del otro lado de la laguna. Ese complejo, rebautizado años después como Arts Village, sigue siendo hoy el punto de encuentro del pueblo. Así, en apenas una década, un tramo anónimo de la Queens Road se convirtió en un destino con nombre propio, mezcla insólita de suburbio planificado a la americana y escaparate de tradiciones milenarias.
El sueño residencial original tuvo altibajos. Los cambios de dueños, los vaivenes de la economía fiyiana -marcada por los golpes de Estado de 1987, 2000 y 2006, que sacudieron al turismo- y la competencia de las islas hicieron que Pacific Harbour nunca fuera el gran centro urbano que soñaron sus fundadores. Pero en el camino encontró una vocación mucho más interesante que la de barrio de golf: la aventura.
La clave estuvo bajo el agua y río arriba. En 1998 el biólogo y buzo Ratu Manasa Bulivou y el suizo-fiyiano Mike Neumann sentaron las bases de lo que sería el Shark Reef, y en los años siguientes Beqa Adventure Divers convirtió la laguna de Beqa en uno de los destinos de buceo con tiburones más famosos del planeta, con un modelo pionero que protege el arrecife como reserva marina y comparte los ingresos con las aldeas iTaukei dueñas de esas aguas. Casi en paralelo, Rivers Fiji abrió el cañón del Alto Navua al rafting, ayudando a que ese paisaje de basalto y cascadas fuera declarado área de conservación. A eso se sumaron el surf de Frigate Passage, el kayak por los manglares, el zip line y la pesca deportiva.
Así, un pueblo nacido para jubilados golfistas terminó vendiéndose -con razón- como la 'capital de la aventura de Fiyi'. Hoy Pacific Harbour vive de esa doble identidad: la del desarrollo planificado de los 70, con sus canales y su golf, y la de un hub de adrenalina rodeado de naturaleza y de una cultura iTaukei que sigue caminando sobre el fuego como hace siglos. Es, quizás, el lugar de Fiyi donde con más claridad se tocan las dos edades del país: la antiquísima, del vanua y el vilavilairevo, y la contemporánea, hecha de turismo, deporte y encuentro. Entre una y otra corre la Queens Road, y a lo lejos, siempre, la isla de Beqa recortada sobre la laguna.