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Historia de Nananu-i-Ra

La isla desde donde partían las almas

Antes de ser un paraíso de mochileros y windsurfistas, Nananu-i-Ra era un umbral entre este mundo y el otro. En la cosmovisión iTaukei, la islita frente a la costa norte de Viti Levu era el punto desde el cual las almas de los muertos, ya desprendidas del cuerpo, emprendían su viaje hacia el más allá. No es casual que su nombre en fiyiano se traduzca como algo así como 'ensueño del oeste': el oeste, por donde se pone el sol, era en muchas culturas del Pacífico la dirección de los espíritus. Esa carga simbólica convierte a Nananu-i-Ra en un lugar mucho más antiguo y profundo de lo que sugiere su presente relajado de playas y viento.

Hoy la isla tiene una población permanente de apenas unas decenas de personas, una mezcla de residentes de ascendencia europea y trabajadores locales, y vive del turismo tranquilo. Pero esa demografía tan particular no es un accidente: es la cicatriz de una historia dura. Los habitantes originarios de Nananu-i-Ra fueron diezmados por las enfermedades traídas por los europeos y por las guerras entre jefaturas del siglo XIX, y sus tierras terminaron vendidas, en buena parte, a fiyianos de ascendencia europea. Para entender cómo se llegó a eso hay que retroceder al poblamiento mismo de Fiyi y a las convulsiones que sacudieron a todo el archipiélago.

Lapita, jefaturas y el mundo iTaukei

Fiyi fue poblada hacia el 1000 a.C. por navegantes de la cultura lapita, herederos de una gran expansión austronesia que había partido del área de Taiwán y Filipinas y que fue avanzando de isla en isla por Melanesia hasta llegar a la Polinesia occidental. Los arqueólogos ubican el primer poblamiento del archipiélago hace unos 3.000 a 3.500 años, reconocible por la característica cerámica lapita de decoración estampada. De aquellos primeros navegantes descienden los iTaukei, los fiyianos indígenas, que a lo largo de los siglos construyeron una sociedad compleja organizada en mataqali (clanes), yavusa y confederaciones de jefaturas, unida a la tierra y a los ancestros por el concepto de vanua, con la kava (yaqona) y el meke en el centro de la vida ceremonial.

La costa norte de Viti Levu, la actual Provincia de Ra frente a la que está Nananu-i-Ra, era una región de jefaturas guerreras. La figura más recordada es la del jefe Ratu Udre Udre, de la zona de Rakiraki, a quien la tradición y algunos relatos de los primeros europeos describen como un caudillo temible: su tumba, cerca de Rakiraki, todavía se muestra a los visitantes como parte de la historia local. Era un mundo de alianzas cambiantes, guerras entre confederaciones y un poder que se medía en tierras, gente y prestigio. Sobre ese mundo, denso y organizado, cayó a partir del siglo XIX la ola de los extranjeros que cambiaría todo.

Beachcombers, sándalo, bêche-de-mer y el ascenso de Cakobau

Los primeros europeos que se quedaron en Fiyi no fueron colonos ni funcionarios, sino beachcombers: náufragos, desertores y presidiarios fugados que vivían con las comunidades indígenas, aprendían su lengua y sus costumbres y hacían de intermediarios con los capitanes que llegaban a comerciar. El primer gran negocio fue el sándalo, la madera aromática que se pagaba a precio de oro en China; cuando se agotó, hacia las décadas de 1820 y 1830, el comercio se desplazó a la bêche-de-mer, el pepino de mar que, secado y ahumado, también se vendía a China como manjar. Ese comercio, que movilizaba a aldeas enteras y traía armas de fuego a cambio, alteró el equilibrio de poder entre las jefaturas.

En ese contexto se produjo el ascenso de Ratu Seru Cakobau, el poderoso jefe de Bau, la islita frente a la costa este de Viti Levu que se convirtió en el centro político más influyente del archipiélago. Cakobau llegó a proclamarse Tui Viti, 'rey de Fiyi', aunque su autoridad real sobre todo el país siempre fue disputada. Mientras tanto, en la isla de Ovalau, el puerto de Levuka crecía como primer asentamiento europeo permanente y capital comercial, un hervidero de comerciantes, misioneros y cónsules. Las enfermedades introducidas —sarampión, entre otras— causaron epidemias devastadoras que, sumadas a las guerras, despoblaron comunidades enteras. Islas chicas y expuestas como Nananu-i-Ra estuvieron entre las más golpeadas: cuando su población original se derrumbó, el vacío abrió la puerta a la venta de tierras que definiría su futuro.

La Cesión de 1874, las plantaciones y los girmitiyas

El caos creciente —deudas de Cakobau con reclamantes estadounidenses, guerras entre jefaturas, colonos europeos que montaban gobiernos improvisados y reclamaban tierras— empujó hacia una salida drástica. El 10 de octubre de 1874, en Nasova junto a Levuka, Ratu Seru Cakobau y otros jefes firmaron el Deed of Cession que transfirió la soberanía de Fiyi a Gran Bretaña. Fiyi se convirtió en colonia de la Corona, y el nuevo gobierno colonial trasladaría la capital de Levuka a la más amplia Suva en 1882.

La administración británica transformó la economía con las plantaciones, sobre todo de caña de azúcar, y para trabajarlas trajo mano de obra contratada de la India. El 14 de mayo de 1879 desembarcó en Levuka el barco Leonidas con 463 trabajadores indios: los primeros de más de 60.000 que llegarían hasta 1916. Eran los girmitiyas, palabra que viene de girmit, deformación del inglés 'agreement' (acuerdo), el contrato que los ataba a cinco años de trabajo en condiciones a menudo miserables, alojados en barracones llamados 'coolie lines'. La costa norte de Viti Levu, incluida la región de Ra frente a Nananu-i-Ra, fue tierra de caña, y de aquella migración forzada nació la comunidad indofiyiana que hoy es parte central de la identidad, la economía y la cultura del país; los templos hindúes de la zona de Rakiraki son testimonio de esa herencia.

En medio de todos esos vaivenes, Nananu-i-Ra siguió su propio camino menor pero revelador: con su población original desaparecida por enfermedad y guerra, sus tierras pasaron a manos de familias de ascendencia europea, un patrón que se dio en varias islas chicas de Fiyi y que explica por qué hoy la isla tiene esa comunidad pequeña y mixta, tan distinta de las aldeas iTaukei del continente.

De la independencia al paraíso del viento

Fiyi fue colonia británica hasta el 10 de octubre de 1970, cuando —casi un siglo exacto después de la Cesión, y en la misma fecha— alcanzó la independencia. La joven nación heredó la convivencia, no siempre fácil, entre iTaukei e indofiyianos, una tensión que marcaría su historia política posterior. Pero mientras la gran política se dirimía en Suva, islas como Nananu-i-Ra encontraron una vocación nueva y pacífica: el turismo.

Desde las últimas décadas del siglo XX, la islita de la Suncoast se hizo conocida entre viajeros de mochila y, sobre todo, entre windsurfistas, que descubrieron que los alisios del sudeste soplaban ahí con una constancia excepcional de abril a octubre. Los cottages familiares —como los de las familias Macdonald y Betham— fueron dando forma a un destino de bajo perfil, sin grandes resorts, donde el atractivo eran (y son) las ocho playas, el snorkel de orilla, el kayak y el viento. Cuando el kitesurf se sumó al windsurf, Nananu-i-Ra se consolidó como uno de los mejores puntos de Fiyi para deportes de viento.

Así, la isla desde donde partían las almas de los muertos es hoy un lugar para desenchufarse: sin autos, sin cajeros, sin apuro. Su historia condensa, en pequeña escala, la de todo Fiyi: el poblamiento lapita, el mundo de las jefaturas iTaukei, el sacudón de los beachcombers y el comercio de sándalo y pepino de mar, las epidemias, la Cesión a Gran Bretaña, la era de las plantaciones y los girmitiyas, y finalmente la independencia y la reinvención turística. Pisar Nananu-i-Ra con la tabla al hombro es, sin saberlo, caminar sobre todas esas capas de historia.

📚 Bibliografía

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