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Historia de Islas Yasawa

Canoas de doble casco: los primeros navegantes

Antes de que ninguna película les pusiera nombre, las Yasawa ya eran el final de uno de los viajes más audaces de la humanidad. Hace más de 3.000 años, hacia el 1500-1000 a.C., navegantes de la cultura lapita cruzaron cientos de kilómetros de mar abierto en canoas de doble casco y alcanzaron el archipiélago fiyiano. No llegaron con las manos vacías: traían cerdos, gallinas, plantas de cultivo y un estilo inconfundible de cerámica -la loza lapita, decorada con estampados geométricos hechos con peine- que hoy los arqueólogos rastrean como una firma a lo largo del Pacífico, desde las Bismarck hasta Tonga y Samoa.

Estos pobladores eran horticultores y expertos en la lectura del océano: leían las estrellas, el oleaje, el vuelo de las aves y el color del agua para orientarse. En las Yasawa, largas, montañosas y de escasa agua dulce, se instalaron en las bahías protegidas, cultivaron ñame y taro en las laderas, y aprovecharon los arrecifes -los mismos que hoy encandilan a los turistas- como despensa. Con el correr de los siglos, a la matriz lapita se sumó una fuerte presencia melanesia, y de esa mezcla nació la sociedad iTaukei, los fiyianos indígenas, dueños ancestrales de estas islas.

La vida se organizó en torno a un concepto que sigue vivo hoy: el vanua, que no significa sólo 'tierra', sino la fusión inseparable de la tierra, la gente, los ancestros y la identidad espiritual. Dentro del vanua, los mataqali (clanes) heredan derechos colectivos sobre la tierra y el mar. Esa estructura -y no un título de propiedad occidental- es la que todavía explica por qué la mayoría de las islas Yasawa son propiedad comunal y por qué, para pisar una aldea, hay que pedir permiso.

Jefaturas, guerra y el poder de Bau

El Fiyi que encontraron los europeos no era un paraíso sin historia, sino un mundo político complejo y a menudo violento. Las islas estaban divididas en jefaturas (yavusa y vanua) que competían por el poder, tejían alianzas por matrimonio y libraban guerras. La navegación era su especialidad: las grandes canoas drua fiyianas, algunas de más de veinte metros, se contaban entre las mejores del Pacífico, y los constructores de canoas de las islas vecinas de Lau tenían fama en toda la región.

Europa los divisó tarde y de lejos. El neerlandés Abel Tasman rozó las aguas fiyianas en 1643. Al grupo Yasawa lo avistó el británico James Cook en 1774, durante su segundo viaje, sin desembarcar. Recién en 1840 la United States Exploring Expedition comandada por Charles Wilkes cartografió con detalle el archipiélago fiyiano, incluidas las Yasawa. Durante décadas, la reputación de las islas -alimentada por relatos de naufragios y de canibalismo ritual- mantuvo a raya a comerciantes y misioneros, lo que en el caso de las Yasawa contribuyó a su aislamiento.

En el siglo XIX, mientras balleneros, buscadores de sándalo y de bêche-de-mer (pepino de mar) llegaban a las costas fiyianas trayendo mosquetes y enfermedades nuevas, un jefe supo aprovechar el cambio como nadie: Seru Epenisa Cakobau, de la pequeña pero poderosa isla de Bau, frente a Viti Levu. Armado con fusiles y aliado con reinos como Tonga, Cakobau extendió su influencia hasta llegar a proclamarse Tui Viti, 'rey de Fiyi'. Las Yasawa, remotas y periféricas, quedaron en la órbita de esas grandes disputas sin ser su centro.

1874: la cesión a Gran Bretaña

El poder de Cakobau tenía un talón de Aquiles: las deudas. Un incendio en la casa del cónsul estadounidense John Brown Williams, en 1849, derivó en una reclamación de miles de dólares que las potencias extranjeras usaron para presionarlo. Endeudado, rodeado de colonos que reclamaban tierras y sin capacidad real de controlar todo el archipiélago, Cakobau buscó una salida. Tras un primer ofrecimiento rechazado, finalmente aceptó ceder las islas al Imperio británico.

El 10 de octubre de 1874, en Levuka, Cakobau, el jefe tongano Ma'afu y otros jefes de alto rango firmaron el Acta de Cesión (Deed of Cession) que entregaba Fiyi a la reina Victoria. Nacía así la Colonia de Fiyi, que sería británica durante 96 años. El primer gobernador, Arthur Gordon, tomó dos decisiones que marcarían al país para siempre: prohibió la venta de tierras nativas -congelando la propiedad comunal iTaukei, que hasta hoy cubre la enorme mayoría del suelo fiyiano, las Yasawa incluidas- y, para no explotar mano de obra local en las plantaciones de caña, importó desde 1879 a decenas de miles de trabajadores contratados (indentured) desde la India. De ese sistema, el girmit, nace la gran comunidad indo-fiyiana.

Para las Yasawa, la cesión significó paradójicamente más continuidad que ruptura. Lejos de Suva y de las plantaciones azucareras, sin puertos de calado ni tierras vendibles, siguieron siendo un mundo de aldeas iTaukei gobernadas por sus jefes, ahora bajo el paraguas del sistema colonial de 'administración indirecta' que dejaba mucho poder en manos de las autoridades tradicionales.

La laguna azul y las islas cerradas

Si el mundo terminó conociendo estas islas fue, en buena medida, por el cine. La belleza casi irreal de sus lagunas atrajo a Hollywood dos veces con la misma historia: 'The Blue Lagoon' (La laguna azul), primero en la versión de 1949 y luego en la célebre de 1980, dirigida por Randal Kleiser y protagonizada por una jovencísima Brooke Shields y Christopher Atkins. El rodaje de 1980 se hizo en Nanuya Levu, una isla privada de las Yasawa hoy conocida como Turtle Island, durante cuatro meses, con equipo australiano y ayuda de los habitantes de las islas vecinas. La película dejó incluso un legado científico inesperado: al ver las iguanas filmadas, el herpetólogo John Gibbons viajó a la isla y en 1981 describió una especie nueva para la ciencia, la iguana crestada de Fiyi (Brachylophus vitiensis). Otra locación cercana, las cuevas de Sawa-i-Lau, quedó asociada para siempre a la historia. De ahí que hoy todo el norte del archipiélago se venda bajo la marca 'Blue Lagoon'.

Pero mientras el público del mundo soñaba con estas playas, poner un pie en ellas era casi imposible. Hasta 1987, el gobierno de Fiyi mantuvo cerradas las Yasawa al turismo de tierra: por decisión de los jefes locales -que no querían alojamientos en sus islas-, los visitantes que llegaban en los cruceros que recorrían la cadena desde los años 50 debían dormir a bordo y sólo bajar de día. La política preservó la integridad cultural y natural de las islas durante décadas, pero también las mantuvo al margen del desarrollo.

Un pionero se adelantó a todos: en 1980, el estadounidense Richard Evanson abrió Turtle Island, en Nanuya Levu, como refugio exclusivo, inaugurando un modelo de turismo de bajo impacto en sociedad con las comunidades. Recién en 1987 cayó la prohibición general y las Yasawa se abrieron por fin al alojamiento en tierra.

De 1987 al presente: turismo con las aldeas

La apertura de 1987 -el mismo año, no por casualidad, de los primeros golpes militares de la Fiyi independiente- cambió la vida de las Yasawa. Fiyi se había independizado del Reino Unido el 10 de octubre de 1970, exactamente 96 años después de la cesión, como dominio primero y república después. La política del país fue turbulenta durante décadas, con varios golpes de Estado (1987, 2000, 2006) marcados por las tensiones entre las comunidades iTaukei e indo-fiyiana. Pero, lejos de Suva, las Yasawa encontraron en el turismo una vía de sustento propio.

En las tres décadas siguientes a 1987 florecieron pequeños resorts boutique y, sobre todo, albergues de mochilero propiedad de las aldeas y operados por ellas mismas, que permitieron a los isleños quedarse con una parte real del negocio. La llegada del catamarán Yasawa Flyer, que sube y baja la cadena una vez por día, y del sistema de pases Bula Pass, convirtió el 'island hopping' en algo accesible: hoy un mochilero y un huésped de lujo pueden viajar en el mismo barco.

El presente de las Yasawa es un equilibrio delicado. Por un lado, la vida sigue anclada en el vanua, el sevusevu, la iglesia metodista de los domingos y la pesca de subsistencia; por otro, la economía depende cada vez más de visitantes que vienen a nadar con mantarrayas, entrar a Sawa-i-Lau o simplemente flotar en la Laguna Azul. Los ciclones -como el devastador Winston de 2016- y el cambio climático amenazan a estas islas bajas y a sus arrecifes. Recorrerlas con respeto -pidiendo permiso para entrar a las aldeas, cuidando el coral, apoyando los emprendimientos locales- es la mejor forma de que 'la Fiyi con la que sueña medio mundo' siga siendo real para quienes viven en ella.

📚 Bibliografía

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