Hoy Malolo es sinónimo de pizza flotante y bungalows sobre el agua, pero en julio de 1840 fue escenario de uno de los episodios más sangrientos del contacto entre Fiyi y Occidente. Ese año llegó a las Mamanuca la United States Exploring Expedition, la gran expedición científica estadounidense comandada por el teniente Charles Wilkes, encargada de cartografiar el Pacífico. Durante una negociación por comida en la aldea de Sualib, en Malolo, algo salió muy mal: el hijo del jefe local, retenido como rehén, saltó del bote y escapó, los estadounidenses dispararon, y en la refriega murieron el teniente Joseph Underwood y el guardiamarina Wilkes Henry -sobrino del propio comandante- junto a varios isleños.
La venganza fue brutal. Al día siguiente, Wilkes lanzó un ataque punitivo que arrasó las aldeas de Sualib y Arro y buena parte de sus alrededores. Según el relato de un anciano de Malolo recogido tiempo después, murieron alrededor de ochenta fiyianos. El episodio -conocido como la Batalla o la Masacre de Malolo- terminó con Wilkes acusado de atacar ilegalmente a los nativos. Aquella cartografía dejó incluso su huella en los nombres de las olas: el rompiente Wilkes, cerca de Cloudbreak, recuerda al comandante.
Ese choque no fue el comienzo de la historia de Malolo, sino apenas un instante violento en una isla que ya llevaba milenios habitada. Para entender por qué había allí aldeas, jefes y rehenes, hay que retroceder mucho más atrás.
Como todo el archipiélago fiyiano, Malolo y las Mamanuca fueron pobladas hace más de 3.000 años por navegantes de la cultura lapita, que cruzaron el Pacífico en canoas de doble casco trayendo cerdos, plantas de cultivo y su inconfundible cerámica estampada. Horticultores y marinos formidables, se instalaron en las bahías protegidas, cultivaron las laderas y convirtieron los arrecifes en despensa. De la matriz lapita y de posteriores oleadas melanesias surgió la sociedad iTaukei, los fiyianos indígenas.
En Malolo, esa herencia sigue viva en dos aldeas: Yaro y Solevu. La vida se organiza en torno al vanua -la unión inseparable de la tierra, la gente, los ancestros y la identidad espiritual- y a los mataqali, los clanes que heredan derechos colectivos sobre la tierra y el mar. Solevu tiene un peso especial: es la residencia del jefe supremo (Paramount Chief) de las Mamanuca, lo que convierte a Malolo en un centro de autoridad tradicional del archipiélago. Esa estructura explica por qué, todavía hoy, las tierras son propiedad comunal y por qué para entrar a una aldea se practica el sevusevu, la ofrenda ritual de kava (yaqona) al jefe.
Durante siglos, la vida en las Mamanuca fue de pesca, jardines de ñame y taro, guerras y alianzas entre jefaturas. Las grandes canoas fiyianas surcaban estas aguas mucho antes de que apareciera el primer catamarán turístico. Las islas, pequeñas y de poca agua dulce, nunca fueron muy pobladas, pero estaban firmemente integradas al mundo político y espiritual iTaukei del oeste de Viti Levu.
Mientras Malolo vivía su rutina de aldea, en el corazón de Fiyi se libraba una lucha por el poder que terminaría cambiándolo todo. En el siglo XIX, el jefe Seru Epenisa Cakobau, de la isla de Bau, aprovechó la llegada de mosquetes, balleneros y comerciantes de sándalo y de bêche-de-mer para extender su influencia hasta proclamarse Tui Viti, 'rey de Fiyi'. Pero las deudas con potencias extranjeras -sobre todo una vieja reclamación estadounidense- lo acorralaron.
El 10 de octubre de 1874, en Levuka, Cakobau, el jefe tongano Ma'afu y otros jefes firmaron el Acta de Cesión que entregaba Fiyi a la reina Victoria. Nació la Colonia de Fiyi, británica durante 96 años. El primer gobernador, Arthur Gordon, prohibió la venta de tierras nativas -congelando la propiedad comunal iTaukei que hoy cubre casi todo el país, Malolo incluida- e importó desde 1879 a decenas de miles de trabajadores contratados desde la India para las plantaciones de caña, origen de la gran comunidad indo-fiyiana.
Para islas periféricas como Malolo, la cesión significó sobre todo continuidad: sin plantaciones ni puertos, siguieron siendo aldeas iTaukei bajo la administración indirecta colonial, que dejaba mucho poder en manos de los jefes. Fiyi se independizó del Reino Unido el 10 de octubre de 1970 -exactamente 96 años después de la cesión- y más tarde se declaró república. La política nacional fue turbulenta, con varios golpes de Estado (1987, 2000, 2006) marcados por las tensiones entre las comunidades iTaukei e indo-fiyiana.
Las Mamanuca fueron de las primeras zonas de Fiyi en abrirse al turismo, mucho antes que las remotas Yasawa. Su cercanía a Nadi -apenas 25 km de mar- las convirtió en el patio de recreo natural de los viajeros que llegaban al aeropuerto internacional. Desde mediados del siglo XX se desarrollaron resorts en islas como Malolo Lailai, la vecina chata de Malolo, donde nacieron clásicos como Plantation Island y Musket Cove, esta última fundada por el neozelandés Dick Smith y célebre por su marina y su cultura velerista. En la propia Malolo llegaron con los años el familiar Malolo Island Resort, el boutique Tropica, el exclusivo Likuliku Lagoon Resort -con los únicos bungalows sobre el agua de Fiyi- y, más recientemente, el lujoso y sustentable Six Senses Fiji, ligado a la aldea de Solevu.
El arrecife que rodea Malolo también dio fama mundial a la zona por otra razón: el surf. Sobre el arrecife de barrera rompe Cloudbreak, votada entre las mejores y más difíciles olas del planeta, junto a Restaurants, Namotu Left y el ya mencionado Wilkes. Desde los años 80 y 90, surfistas de todo el mundo peregrinan a estas aguas, y Cloudbreak llegó a ser sede del circuito profesional mundial.
El capítulo más reciente flota literalmente sobre el mar. En el arrecife de Ro Ro, frente a Malolo, se ancló Cloud 9: una plataforma de dos pisos con bar, horno de leña para pizzas y vistas de 360 grados que se volvió uno de los íconos turísticos de Fiyi y una máquina de fotos para redes sociales. Es la última vuelta de tuerca de una isla que pasó de la cerámica lapita y las guerras de jefes al cóctel con pizza en medio del Pacífico. Detrás del postal siguen estando las aldeas de Yaro y Solevu, el vanua y el jefe supremo de las Mamanuca: recorrer Malolo con respeto -pidiendo permiso para entrar a las aldeas, cuidando el arrecife y apoyando a las comunidades- es la mejor forma de honrar esa historia larga y a veces dolorosa.