Hace unas ocho o diez generaciones, en la isla montañosa de Beqa, un guerrero llamado Tuiqalita salió a pescar anguilas en un arroyo cerca de la aldea de Navakaisese, entonces encaramada en lo alto de las colinas. En vez de una anguila, atrapó a un veli, uno de los pequeños dioses-espíritu del bosque fiyiano. El veli, aterrado, le suplicó que le perdonara la vida y le ofreció a cambio riquezas, mujeres, poder. Tuiqalita, según la tradición Sawau, los rechazó todos hasta que el espíritu le ofreció el don que sellaría el destino de su pueblo: la capacidad de caminar sobre piedras al rojo vivo sin quemarse, y de transmitir ese poder a sus descendientes.
Así nació el vilavilairevo -literalmente 'saltar dentro del horno de tierra'-, el caminar sobre el fuego que hizo famosa a Beqa en todo el Pacífico. No es un truco de calor ni una ilusión: los antropólogos lo han documentado durante más de un siglo sin dar con una explicación material completa. Para los Sawau, la respuesta es simple y sagrada: es mana, poder espiritual heredado, y funciona mientras se respeten los tabúes.
Ese don no pertenece a toda la isla, sino a un grupo de parentesco muy específico: el clan (mataqali) Naivilaqata de la tribu Sawau, cuyos hombres son los únicos que pueden pisar las piedras. Antes de cada ceremonia, los dauvila (caminantes) se recluyen varios días, ayunan, se abstienen de relaciones y respetan prohibiciones estrictas -no pueden, por ejemplo, comer coco ni que sus mujeres den a luz durante ese período- para no perder el mana. La ceremonia empieza con el bete, el sacerdote hereditario, y con la preparación del lovo, un pozo de piedras calentadas durante horas hasta ponerse incandescentes.
La isla de Beqa, cuyo nombre se pronuncia 'Mbengga', está habitada desde hace siglos por comunidades iTaukei organizadas en el sistema social fiyiano del vanua: la red de tierra, parentesco y jefatura que estructura la vida. Las aldeas -Rukua, Naceva, Dakuibeqa, Soliyaga, Dakuni, Naiseuseu, Raviravi y Rukua- se reparten la costa y las laderas de la isla, y pertenecen a distintos yavusa (grupos de descendencia) que reconocen a jefes tradicionales. Sobre todo, se rigen por los protocolos del sevusevu, la ofrenda ceremonial de yaqona (kava) que abre cualquier relación con la comunidad.
Durante generaciones, la vida en Beqa giró en torno a la pesca en la laguna, el cultivo de dalo (taro) y ñame en las laderas, y la kava. La laguna que rodea la isla -una de las más grandes de Fiyi, cerrada por un arrecife de barrera- fue siempre despensa y camino: por sus aguas se movían las canoas entre aldeas y hacia Viti Levu. Los Sawau, guardianes del fuego sagrado, cargaban además con una responsabilidad ceremonial que trascendía la isla: se los convocaba para actuar en grandes ocasiones y su fama se extendió por todo el archipiélago.
Como el resto de Fiyi, Beqa quedó bajo soberanía británica tras la cesión de 1874, cuando el jefe supremo Cakobau y otros líderes entregaron las islas a la reina Victoria. El sistema colonial británico, con su política de proteger la tierra iTaukei comunal y su gobierno indirecto a través de los jefes, en cierto modo blindó el vanua de Beqa: la tierra siguió en manos de los mataqali y las tradiciones, incluido el vilavilairevo, sobrevivieron. Cuando el turismo descubrió el fuego caminante a comienzos del siglo XX, los Sawau empezaron a mostrarlo también fuera de la isla, en hoteles y ferias, convirtiéndolo en un emblema cultural del país entero.
Durante casi toda su historia, Beqa Lagoon fue conocida por los pescadores locales mucho antes que por los buzos. Su arrecife de barrera encierra un mosaico de bajos, pináculos y canales donde el coral blando crece en una profusión que dio a Fiyi su apodo de 'capital mundial del coral blando'. Pero fue recién en las últimas décadas del siglo XX que el mundo del buceo puso los ojos en estas aguas.
Sitios como 'Caesar's Rocks', con sus columnas de coral, o los arrecifes cercanos a la isla de Yanuca, empezaron a atraer buzos en busca de aguas cálidas, buena visibilidad y una vida marina desbordante. Pero lo que catapultó a Beqa a la fama planetaria fue el buceo con tiburones. A comienzos de los años 2000, el operador Beqa Adventure Divers, junto con las comunidades pesqueras de las aldeas de Wainiyabia y Galoa que tenían derechos tradicionales sobre esas aguas (qoliqoli), desarrolló en 'Shark Reef' un modelo pionero: alimentación controlada de tiburones a cambio de que las aldeas dejaran de pescar en la zona, cobrando en su lugar una tarifa a cada buzo.
El resultado fue doble. Por un lado, un espectáculo submarino sin igual: hasta ocho especies de tiburón -toro, tigre, limón, de puntas plateadas, nodriza, grises, de arrecife negro y blanco- conviviendo con meros gigantes en el mismo descenso. Por otro, un experimento de conservación. En 2014, el sitio fue declarado Shark Reef Marine Reserve, la primera reserva marina nacional de Fiyi, financiada directamente por el turismo de buceo. Las aldeas pasaron de vivir de la pesca a vivir de proteger a los tiburones vivos, un giro que se convirtió en caso de estudio mundial sobre turismo y conservación comunitaria.
Hoy, Beqa vive en el cruce de dos fuegos: el sagrado de las piedras del vilavilairevo y el económico del turismo de aventura. La isla sigue siendo hogar de sus aldeas iTaukei, donde la kava, el vanua y los protocolos ancestrales estructuran la vida cotidiana. Los caminantes del fuego del clan Naivilaqata siguen ejecutando la ceremonia, tanto en Beqa como en los grandes resorts de la Coral Coast y Pacific Harbour, donde miles de visitantes la ven cada año.
Ese traslado del ritual al escenario turístico ha generado debates entre los propios Sawau: cómo mostrar una ceremonia sagrada sin vaciarla de sentido, cómo asegurar que los ingresos y el respeto vuelvan a la comunidad, cómo mantener los tabúes cuando la práctica se comercializa. Muchos en Beqa insisten en que el vilavilairevo auténtico, con todo su peso espiritual, solo ocurre en la isla y con los protocolos completos; lo demás es una versión para el público. Aun así, la transmisión del don sigue viva de generación en generación.
Mientras tanto, la laguna se convirtió en un símbolo de otra cosa: la posibilidad de que la conservación y el turismo caminen juntos. Los tiburones que antes se cazaban hoy valen más vivos, y las aldeas que antes pescaban en Shark Reef hoy custodian una reserva marina. Beqa Lagoon reúne así, en pocos kilómetros de mar y una isla montañosa, dos de las historias más poderosas de Fiyi: la de un pueblo que camina sobre el fuego sin quemarse, y la de una comunidad que aprendió a nadar con tiburones para salvarlos. Quien bucea aquí o presencia el vilavilairevo no ve un simple show: ve el mana de Beqa, ese poder que -según los Sawau- sigue intacto mientras se lo respete.