Turku es, literalmente, la ciudad donde empieza la historia urbana de Finlandia. Su propio nombre lo dice: 'Turku' deriva de una antigua palabra de origen eslavo que significa 'mercado' o 'plaza de comercio', mientras que su nombre sueco, Åbo, alude al asentamiento junto al río ('å' es río, 'bo' morada). En un vado del río Aura, cerca del mar, existía desde antiguo un lugar de intercambio, y allí, en el siglo XIII, se desarrolló la primera verdadera ciudad del país.
El impulso decisivo vino de la Iglesia y de la corona sueca. Tras las cruzadas suecas que incorporaron Finlandia al reino de Suecia y al cristianismo occidental, se estableció una sede episcopal para la nueva provincia. La catedral de Turku, corazón de ese obispado, fue consagrada en 1300 y se convirtió en el templo más importante de Finlandia, símbolo de la cristiandad en el país. Alrededor de ella creció la ciudad, con su plaza, su mercado y sus casas de madera.
Casi al mismo tiempo, hacia 1280, los suecos empezaron a levantar en la desembocadura del río el castillo de Turku, una fortaleza para controlar militarmente la región y el acceso al mar Báltico. Con la catedral como centro religioso y el castillo como centro del poder, Turku se consolidó como la capital de facto de Finlandia dentro del reino de Suecia: aquí residían el obispo y, a menudo, el gobernador o el duque que administraba el territorio en nombre del rey.
Durante los siglos de dominio sueco, Turku fue la ciudad más importante de Finlandia y su capital en todo salvo el nombre. Era el mayor núcleo de población, el centro administrativo, comercial y religioso, y el punto de contacto principal con Estocolmo, la capital del reino, al otro lado del mar. El castillo de Turku fue escenario de la vida política y cortesana: en el siglo XVI, el duque Juan (el futuro rey Juan III de Suecia) y su esposa polaca, Catalina Jagellón, mantuvieron allí una corte renacentista de cierto esplendor, hasta que las luchas dinásticas los llevaron a la prisión.
La Reforma protestante llegó a Turku en el siglo XVI y tuvo un protagonista finlandés de enorme importancia: Mikael Agricola, obispo de Turku, considerado el padre de la lengua finlandesa escrita. Agricola tradujo el Nuevo Testamento al finés y publicó los primeros libros en esa lengua, sentando las bases del finlandés literario. La catedral de Turku pasó a ser luterana y siguió siendo el corazón espiritual del país.
El gran salto cultural llegó en 1640, cuando se fundó en Turku la Real Academia de Åbo, la primera universidad de Finlandia, por iniciativa de la reina Cristina de Suecia y del gobernador Per Brahe. La universidad convirtió a Turku en el centro intelectual del país y formó a las élites finlandesas durante casi dos siglos. La ciudad, con su catedral, su castillo y su academia, era el corazón indiscutible de Finlandia.
El destino de Turku dio un vuelco a comienzos del siglo XIX. En 1809, tras la guerra de Finlandia, Suecia cedió Finlandia a Rusia, y el país se convirtió en el Gran Ducado de Finlandia bajo el zar. Al principio, Turku siguió siendo la capital y la sede de las instituciones. Pero su posición, en el extremo suroeste y de cara a Suecia, resultaba incómoda para los nuevos gobernantes rusos: quedaba demasiado lejos de San Petersburgo, la capital imperial.
En 1812, el zar Alejandro I decidió trasladar la capital de Finlandia a Helsinki, mucho más cercana a Rusia y protegida por la fortaleza de Sveaborg. Fue un golpe durísimo para Turku, que perdía su papel histórico de centro del país. La sangría se completó pocos años después: en 1827, tras el gran incendio, también la universidad se trasladó a Helsinki, dejando a la vieja capital sin su gran institución cultural.
En apenas dos décadas, Turku pasó de ser la capital de Finlandia a convertirse en una gran ciudad provincial. Sin embargo, no perdió su importancia: siguió siendo el principal núcleo del suroeste, un puerto activo hacia Suecia y un centro comercial e industrial. Y conservó lo que la hacía única: su castillo, su catedral y su papel de ciudad más antigua del país, la cuna de la historia finlandesa.
El 4 de septiembre de 1827, Turku vivió la mayor catástrofe de su historia y uno de los peores incendios urbanos de toda la historia de los países nórdicos. El fuego, avivado por el viento y por la abundancia de casas de madera apretadas, se propagó con una rapidez devastadora y arrasó la mayor parte de la ciudad en pocas horas. Se calcula que ardieron unas tres cuartas partes de Turku, y miles de personas quedaron sin hogar. La catedral misma resultó gravemente dañada, aunque su estructura de piedra resistió.
El incendio marcó un antes y un después. En la reconstrucción se aplicó un nuevo plan urbano, diseñado por el arquitecto Carl Ludvig Engel —el mismo que había proyectado el centro monumental de Helsinki—, con calles anchas y rectas, plazas y bulevares arbolados pensados para frenar la propagación del fuego en el futuro. La Turku que vemos hoy, con su trazado ordenado, nació en gran parte de esa reconstrucción posterior a 1827.
Un único barrio se salvó de las llamas: Luostarinmäki, un conjunto de casas de madera de artesanos en una colina, que quedó milagrosamente intacto. Hoy es un museo al aire libre y el único testimonio que se conserva de cómo era la ciudad de madera antes del incendio, una ventana única a la vieja Åbo. La reconstrucción, junto con la pérdida de la capitalidad y de la universidad, cerró la etapa de Turku como corazón de Finlandia y abrió la de gran ciudad regional.
A lo largo del siglo XIX y XX, Turku se rehízo como una ciudad industrial y portuaria de primer orden. Su puerto, orientado a Suecia y al Báltico, la convirtió en un centro clave de la construcción naval finlandesa: los astilleros de Turku han sido famosos por construir algunos de los mayores cruceros del mundo, una industria que sigue viva hoy. La ciudad recuperó también su papel universitario: en el siglo XX se fundaron nuevas universidades (la Universidad de Turku, en finés, y la Åbo Akademi, en sueco), que la devolvieron a la primera línea académica del país y le dieron su característico ambiente joven y estudiantil.
Turku sufrió, como toda Finlandia, las guerras contra la Unión Soviética. En 1941, durante la Guerra de Continuación, la ciudad y su castillo fueron alcanzados por bombardeos aéreos soviéticos; el castillo resultó dañado pero fue restaurado con esmero en las décadas siguientes. Pasada la guerra, Turku creció y se modernizó, manteniendo su vínculo con el mar y con el vasto archipiélago del suroeste, el mayor de Europa, que se convirtió en uno de sus grandes atractivos turísticos y en el escenario del verano finlandés.
En las últimas décadas, Turku ha reforzado su perfil cultural: fue Capital Europea de la Cultura en 2011, tiene una escena musical y gastronómica reconocida, y ha revitalizado las orillas del río Aura como su gran espacio público, con museos, terrazas y los característicos barcos-restaurante. La ciudad mantiene con orgullo dos tradiciones que la unen a toda Finlandia: ser la ciudad más antigua del país y proclamar cada 24 de diciembre, desde tiempos medievales, la 'Paz de la Navidad', un acto retransmitido a toda la nación. La vieja capital sigue siendo, de algún modo, el corazón histórico de Finlandia.