Mucho antes de que existiera Helsinki, ya había vida y comercio en la desembocadura del río Porvoonjoki. La zona estuvo habitada desde tiempos prehistóricos, y en la Edad Media se convirtió en un punto de intercambio entre los pobladores del interior y los mercaderes que llegaban por mar desde el Báltico. El nombre sueco de la ciudad, Borgå, deriva de 'borg' (fortaleza) y 'å' (río): aludía a un antiguo castillo o fortificación de tierra, Borgbacken, que vigilaba el río y del que hoy solo quedan restos arqueológicos en una colina cercana.
Porvoo obtuvo derechos de ciudad hacia 1380, bajo el dominio del reino de Suecia, del que Finlandia formaba parte. Eso la convierte en la segunda ciudad más antigua de Finlandia, después de Turku. Como ciudad, tenía privilegios comerciales y un mercado, y su puerto fluvial la conectaba con la red de rutas del Báltico. Exportaba productos del bosque y del campo finlandés —madera, alquitrán, pieles, mantequilla— e importaba sal, telas y otros bienes.
Durante la Edad Media, Porvoo fue también sede episcopal en algunos periodos y un centro religioso importante para la Finlandia meridional. La catedral, cuya fábrica actual es del siglo XV, se levantó en lo alto de la colina como corazón espiritual de la ciudad, dominando el casco de casas de madera que se apiñaban ladera abajo hacia el río, un trazado que ha llegado casi intacto hasta hoy.
Durante los siglos de dominio sueco, Porvoo vivió altibajos ligados a las guerras y al comercio del Báltico. Como ciudad portuaria, prosperó gracias al comercio marítimo, pero también sufrió las consecuencias de los conflictos entre Suecia y sus rivales, sobre todo Rusia. En varias ocasiones fue saqueada o incendiada por tropas invasoras, y la propia arquitectura de madera la hacía especialmente vulnerable al fuego: los grandes incendios fueron una amenaza recurrente en su historia, como en casi todas las ciudades nórdicas de madera.
A pesar de todo, Porvoo se recuperaba una y otra vez y mantenía su papel comercial. En los siglos XVII y XVIII se consolidó el aspecto que hoy la hace famosa: las hileras de casas-almacén de madera roja junto al río, donde los mercaderes guardaban las mercancías que llegaban en barco, y el laberinto de callejones empedrados con casitas de colores subiendo hacia la catedral. Según la tradición, el color rojo ocre de los almacenes se reforzó en 1760 para dar la bienvenida al rey sueco Gustavo III, que visitó la ciudad.
Porvoo era en esa época una ciudad pequeña pero viva, de comerciantes, artesanos y funcionarios, con una burguesía acomodada cuyas casas —como la que hoy es el Museo Holm— reflejaban un cierto bienestar. Ese mundo de la Finlandia sueca estaba a punto de cambiar para siempre a comienzos del siglo XIX, y Porvoo sería el escenario del acto que marcó ese giro histórico.
El episodio más importante de la historia de Porvoo, y uno de los más decisivos de la historia de Finlandia, ocurrió en 1809. En 1808, en el marco de las guerras napoleónicas, Rusia invadió Finlandia en la llamada guerra de Finlandia, y en poco más de un año arrebató todo el territorio a Suecia. El zar Alejandro I, en lugar de anexionar Finlandia como una provincia más, decidió convertirla en un Gran Ducado autónomo bajo su corona, una fórmula hábil para ganarse a la élite finlandesa.
Para sellar ese pacto, el zar convocó en Porvoo, en marzo de 1809, la Dieta de Porvoo: una asamblea de los cuatro estamentos del reino (nobleza, clero, burguesía y campesinado). En la catedral de Porvoo, Alejandro I se comprometió a respetar la religión luterana, las leyes fundamentales y los derechos y privilegios de los finlandeses, y a cambio los estamentos le juraron fidelidad como Gran Duque de Finlandia. Fue, en la práctica, el reconocimiento de Finlandia como una entidad política diferenciada, con sus propias instituciones, dentro del Imperio ruso.
Historiadores y patriotas finlandeses han visto en la Dieta de Porvoo el nacimiento de la Finlandia moderna: por primera vez, Finlandia dejaba de ser solo la mitad oriental de Suecia para convertirse en un país con estatus propio, aunque bajo soberanía rusa. Esa autonomía, ampliada a lo largo del siglo XIX, permitió el desarrollo de las instituciones, la lengua y la conciencia nacional que llevarían, un siglo después, a la independencia. Porvoo quedó ligada para siempre a ese momento fundacional.
El siglo XIX convirtió a Porvoo en un pequeño pero significativo centro cultural de la Finlandia autónoma. La ciudad conservó su papel como sede episcopal y como núcleo educativo, con un instituto (gymnasium) de prestigio. Pero, sobre todo, Porvoo quedó unida al nombre de Johan Ludvig Runeberg (1804-1877), el poeta nacional de Finlandia, que se instaló en la ciudad y vivió aquí buena parte de su vida.
Runeberg, que escribía en sueco —la lengua culta de la época en Finlandia—, fue una figura central en el despertar del sentimiento nacional finlandés. Su poema patriótico 'Vårt land' ('Nuestra tierra'), publicado en 1848 como prólogo de su obra 'Los cuentos del alférez Stål', se convirtió en el himno nacional de Finlandia, con música de Fredrik Pacius. Sus versos, que idealizaban la tierra, la gente humilde y el heroísmo finlandés, calaron hondo en la construcción de la identidad del país.
La casa donde vivió y murió Runeberg en Porvoo se conserva intacta y es el museo-hogar más antiguo de Finlandia, abierto desde 1882. A la sombra del poeta, Porvoo cultivó una imagen romántica de ciudad histórica y literaria. Incluso se popularizó un dulce asociado a él, la tarta de Runeberg, que hoy se come en toda Finlandia en torno al 5 de febrero, aniversario de su nacimiento. La ciudad, con su casco de madera casi congelado en el tiempo, empezó a ser valorada como un tesoro patrimonial, no solo como un puerto.
Con la llegada del ferrocarril y la industrialización, y el crecimiento imparable de Helsinki como capital, Porvoo perdió a lo largo del siglo XX buena parte de su importancia comercial. Dejó de ser un puerto relevante y se convirtió en una ciudad tranquila a la sombra de la capital, a menos de una hora de distancia. Paradójicamente, esa pérdida de protagonismo económico ayudó a salvar su casco antiguo: al no haber presión para demoler y reconstruir, las casas de madera de los siglos XVIII y XIX se conservaron casi intactas.
En el siglo XX, cuando cambió la sensibilidad hacia el patrimonio, ese casco de madera —uno de los mejor conservados de los países nórdicos— pasó a ser el gran tesoro de la ciudad. Las autoridades protegieron el conjunto y Porvoo se convirtió en un destino turístico y en un símbolo de la Finlandia tradicional, con sus almacenes rojos, sus callejones empedrados y su catedral. La ciudad ha sabido mantener el equilibrio entre ser un lugar habitado, con vecinos que viven en esas casas centenarias, y un destino visitado por miles de turistas, muchos de ellos en excursión de un día desde Helsinki.
Un susto reciente recordó la fragilidad de ese patrimonio: en 2006, un incendio provocado dañó gravemente el tejado de la catedral medieval, que tuvo que ser restaurada. Hoy Porvoo combina su papel de joya histórica con una vida cultural y comercial activa: tiendas de diseño finlandés, artesanía, la célebre chocolatería Brunberg y una escena gastronómica cuidada. La segunda ciudad más antigua de Finlandia, que fue puerto medieval y escenario de la autonomía nacional, es hoy una de las escapadas más queridas del país.