Para entender el lago Chamo hay que mirar la geología a lo grande. Etiopía está partida por una de las fracturas más impresionantes de la superficie terrestre: el Gran Valle del Rift, la enorme grieta donde la corteza del planeta se está separando lentamente, un proceso que a lo largo de millones de años terminará por abrir un nuevo océano y desgajar el Cuerno de África del resto del continente. Ese Rift atraviesa Etiopía de noreste a suroeste, y en su recorrido ha creado una cadena de lagos que jalonan el fondo del valle como un collar de espejos de agua.
El lago Chamo es uno de esos lagos del Rift etíope, en el tramo sur del valle. Junto a su lago hermano, el Abaya —de aguas rojizas por los sedimentos que arrastran los ríos—, forma una pareja de grandes lagos separados apenas por una franja de tierra elevada. Ambos ocupan el fondo de la depresión tectónica, flanqueados por las escarpas y montañas que marcan los bordes del Rift, un paisaje de amplios horizontes, volcanes y fallas.
Esta geología no es un dato menor: el Rift etíope es también una de las regiones clave para el estudio del origen humano —no muy lejos, en el mismo sistema de fracturas, se hallaron algunos de los fósiles de homínidos más importantes del mundo—, y sus lagos, ricos en nutrientes, se convirtieron en focos de vida y de biodiversidad. El Chamo, con su fauna espectacular, es hijo directo de esa gran grieta que sigue, hoy mismo, abriéndose bajo los pies de quienes lo visitan.
El lago Chamo y el lago Abaya son inseparables en el imaginario del sur de Etiopía. Tendidos uno junto al otro en el fondo del Rift, los separa una franja de tierra elevada y cubierta de vegetación que la tradición local llama, con hermosa poesía, el 'Puente de Dios' (Bridge of God): una lengua de tierra que impide que los dos lagos se junten, como si una mano hubiera querido mantenerlos distintos. Desde las alturas de Arba Minch, la ciudad que se asoma entre ambos, la vista de los dos lagos —el Chamo verdoso, el Abaya rojizo— separados por ese puente natural es uno de los panoramas más celebrados del país.
El entorno está marcado por el agua en abundancia. El propio nombre de Arba Minch significa 'cuarenta manantiales' en amárico, en alusión a las numerosas fuentes que brotan del subsuelo y que alimentan un exuberante bosque de tierras bajas, un raro ecosistema selvático de manantiales cristalinos en pleno Rift. Esa riqueza hídrica, junto con el clima cálido, convierte la región en un oasis de biodiversidad, muy distinto de las áridas tierras bajas o de los fríos páramos de otras partes de Etiopía.
Los lagos han sido, desde tiempos remotos, fuente de sustento para las poblaciones de la zona: pesca, agua, tierras fértiles en sus orillas. Pero el Chamo, en particular, siempre convivió con un vecino temible que le dio fama: los cocodrilos del Nilo, que encontraron en sus aguas ricas en peces un hábitat ideal y que se multiplicaron hasta formar una de las mayores poblaciones de África.
Si el lago Chamo es hoy célebre en toda Etiopía y más allá, es por sus cocodrilos. Sus aguas cálidas y ricas en peces sostienen una población excepcional de cocodrilos del Nilo, entre los que se cuentan algunos de los ejemplares más grandes del país, verdaderos gigantes de varios metros de longitud. Una zona de las orillas donde estos reptiles se concentran para tomar sol sobre los bancos de arena recibió, con humor e imaginación, el nombre de 'Mercado de Cocodrilos', como si allí se juntaran a comerciar; el nombre pegó y se convirtió en la marca turística del lago.
Pero el Chamo es mucho más que cocodrilos. Sus aguas albergan grupos numerosos de hipopótamos —otro de los grandes animales del lago—, y sus orillas y bajíos son un paraíso ornitológico: pelícanos, cormoranes, marabúes, garzas, martines pescadores, jacanas y águilas pescadoras africanas encuentran aquí alimento y refugio. El lago es también un importante recurso pesquero para las comunidades locales, que capturan tilapias, percas del Nilo y otras especies, en un equilibrio a veces tenso con los cocodrilos que comparten esas mismas aguas.
Esta riqueza de fauna, unida a la belleza del paisaje del Rift, es lo que convirtió al Chamo en un destino natural de primer orden en el sur de Etiopía, y lo que llevó a proteger parte de su entorno dentro del Parque Nacional de Nechisar, creado para salvaguardar tanto los lagos como la fauna de sabana de la franja de tierra que los rodea.
La región del lago Chamo y Arba Minch está habitada por diversos pueblos del sur de Etiopía, entre los que destacan los gamo, agricultores de las tierras altas vecinas, organizados tradicionalmente en una multitud de pequeñas comunidades y conocidos por su cultura del algodón y del enset (el 'falso banano', planta básica de la alimentación del sur, de cuyo tronco y raíz se obtiene un pan fermentado llamado kocho). Entre los gamo, el subgrupo dorze alcanzó fama por sus extraordinarias casas de forma alargada y curva, tejidas con bambú y hojas de enset, altísimas y móviles, y por sus finos tejidos de algodón, que se venden en toda Etiopía.
Estas sociedades desarrollaron sistemas sociales y políticos propios, con asambleas y autoridades tradicionales, y una relación estrecha con la tierra, el clima de altura y los recursos de la región. La zona de Arba Minch, en la frontera entre las tierras altas gamo y el fondo del Rift, fue durante mucho tiempo un cruce entre esos mundos: el de los agricultores de la montaña y el de los pescadores y ganaderos de las tierras bajas.
El Parque Nacional de Nechisar, establecido en la franja entre los lagos Chamo y Abaya, buscó proteger un ecosistema singular: las 'llanuras blancas' (nechisar significa 'hierba blanca') con sus cebras y gacelas, el bosque ribereño, las aguas termales y los propios lagos. Como muchas áreas protegidas de Etiopía, su historia ha estado marcada por la tensión entre conservación y presión humana —asentamientos, ganado, uso de los recursos—, un conflicto complejo entre las necesidades de las comunidades locales y la preservación de la naturaleza que sigue vigente hoy.
Hoy el lago Chamo y Arba Minch ocupan un lugar destacado en el mapa turístico del sur de Etiopía. La ciudad, agradable y bien comunicada por aire con la capital, funciona como base para la fauna del lago y el Parque Nechisar, y sobre todo como una de las grandes puertas de entrada al Valle del Omo y al sur profundo del país. Muchos viajeros que se dirigen a conocer los pueblos del Omo hacen escala en Arba Minch, aprovechan para navegar el Chamo, ver los cocodrilos y los hipopótamos, asomarse al mirador de los dos lagos y visitar Dorze antes de internarse en la ruta del sur.
El turismo de naturaleza que gira en torno al 'Mercado de Cocodrilos' se ha convertido en una fuente de ingresos importante para la zona, con barqueros, guías y guardas que viven de mostrar la fauna del lago. Ese aprovechamiento sostenible del atractivo natural —observar a los animales sin dañarlos, con distancia y respeto— es, potencialmente, un aliado de la conservación, al darle un valor económico a la fauna viva.
Como todos los lagos del Rift etíope, sin embargo, el Chamo enfrenta desafíos ambientales: la presión de la pesca, los cambios en el uso de la tierra en su cuenca, la deforestación, la sedimentación y las amenazas sobre la calidad y el nivel del agua. La conservación de sus cocodrilos, hipopótamos y aves, y del ecosistema del Parque Nechisar, depende de equilibrar el desarrollo de la región y las necesidades de sus comunidades con la protección de un patrimonio natural excepcional. El lago Chamo sigue siendo, en el fondo del gran Rift, un recordatorio poderoso de la fuerza de la naturaleza en esta tierra donde el planeta mismo se está partiendo en dos.