En un altozano de las tierras altas orientales de Etiopía, entre el altiplano cristiano y los desiertos que bajan hacia el mar Rojo y Somalia, creció una de las ciudades más singulares del islam africano. Harar no fue fundada por un emperador ni por un ejército: creció como un cruce de caminos, un punto donde las caravanas que unían el interior etíope con los puertos de la costa —Zeila, Berbera— se detenían a comerciar café, marfil, esclavos, pieles y telas. El islam llegó muy pronto a esta región, casi con los primeros siglos de la fe, y Harar se convirtió en un faro de cultura y estudio religioso.
Hacia los siglos X a XIII se consolidó como núcleo urbano, y ya en la Edad Media era un importante centro de comercio, erudición coránica y espiritualidad sufí. La ciudad desarrolló una identidad propia y fortísima: su lengua, el harari o adare, distinta del amárico y del oromo que la rodean; su arquitectura de casas encaladas y patios decorados; su cocina; su calendario de fiestas religiosas. Con casi un centenar de mezquitas y centenares de santuarios de santos y maestros sufíes concentrados en un espacio minúsculo, Harar llegó a ser considerada por muchos musulmanes la cuarta ciudad más santa del islam, después de La Meca, Medina y Jerusalén, un lugar de peregrinación y de estudio.
Su prosperidad la hizo también vulnerable, y por eso se rodeó de una muralla. El casco antiguo, Jugol, quedó encerrado tras un anillo de piedra de unos cuatro kilómetros con cinco puertas, cada una orientada hacia una ruta caravanera. Dentro de ese perímetro se desarrolló una civilización urbana compacta y refinada, un mundo cerrado sobre sí mismo que conservó su carácter durante siglos.
El siglo XVI trajo a Harar su hora más dramática y decisiva. En la primera mitad de ese siglo, la ciudad se convirtió en la base del sultanato de Adal y en el epicentro de una de las guerras más devastadoras de la historia del Cuerno de África. Desde Harar, el caudillo militar y religioso Ahmad ibn Ibrahim al-Ghazi, conocido por los etíopes como 'Gragn' —'el zurdo'—, lanzó a partir de la década de 1520 una yihad contra el reino cristiano de Etiopía, con un ejército que combinaba fuerzas locales con la ayuda de mosquetes y cañones aportados por el Imperio otomano.
La campaña de Ahmad Gragn arrasó buena parte del altiplano cristiano etíope: incendió iglesias y monasterios, destruyó tesoros y manuscritos y estuvo a punto de acabar con el reino salomónico. El emperador etíope, acorralado, pidió ayuda a la corona de Portugal, que envió un contingente de soldados al mando de Cristóvão da Gama (hijo del navegante Vasco da Gama). La guerra se resolvió finalmente en 1543, cuando Ahmad Gragn murió en batalla y sus fuerzas se dispersaron. Fue un conflicto que dejó a ambos reinos —el cristiano y el musulmán— exhaustos y marcados para siglos.
Tras la muerte de Gragn, Harar quedó como capital de un emirato en repliegue, cada vez más presionado por las migraciones y expansiones del pueblo oromo, que se extendía por la región. Para protegerse de esas incursiones se reforzó la muralla de Jugol, atribuida en su forma actual al emir Nur ibn Mujahid, sucesor y pariente de Ahmad Gragn, hacia mediados del siglo XVI. Con Nur, Harar se repliega sobre sí misma, se amuralla y se convierte en la ciudad-fortaleza que ha llegado hasta hoy.
Durante los siglos XVII, XVIII y buena parte del XIX, Harar fue un emirato independiente, un pequeño Estado-ciudad que se gobernaba a sí mismo tras sus murallas. A partir de 1647, una dinastía local fundada por el emir Ali ibn Da'ud rigió la ciudad con notable autonomía. En su aislamiento, Harar cultivó una identidad extraordinariamente marcada: era uno de los pocos lugares del mundo que acuñaba su propia moneda, señal inequívoca de su condición de entidad soberana; tenía su lengua, su literatura religiosa, su arquitectura y sus tradiciones propias.
Era, además, una ciudad profundamente cerrada y cautelosa con los extranjeros, en particular con los cristianos. Durante siglos, a los no musulmanes se les prohibía pernoctar dentro de las murallas, y a los europeos directamente entrar. El explorador británico Richard Francis Burton, célebre por sus viajes por Arabia y África, se convirtió en 1855 en uno de los primeros europeos en penetrar en la ciudad prohibida y salir con vida, hazaña que relató en su libro 'First Footsteps in East Africa'. Su relato dio a conocer en Occidente el misterio de esta ciudad amurallada del interior africano.
La vida de Harar giraba en torno al comercio de larga distancia —café sobre todo, pero también chat, marfil, pieles y textiles—, la religión y la erudición. La ciudad era un hervidero cosmopolita donde se cruzaban hararís, oromos, somalíes, árabes e indios, unidos por el islam y por el negocio. Esa mezcla dejó una huella cultural riquísima, visible aún hoy en su arquitectura, su cocina y su música.
La independencia de Harar terminó en el último cuarto del siglo XIX, en el marco de la expansión imperial que sacudía todo el noreste de África. En 1875, las tropas del Egipto otomano, en plena política de expansión hacia el sur, ocuparon la ciudad y pusieron fin al emirato independiente. La ocupación egipcia duró alrededor de una década (hasta 1885) y, aunque breve, dejó marcas: reformas administrativas, algunas construcciones y una mayor apertura de la ciudad al exterior.
Es en ese contexto de Harar abierta al comercio internacional cuando aparece uno de sus habitantes más célebres y desconcertantes: el poeta francés Arthur Rimbaud. Genio precoz de la poesía, Rimbaud había abandonado la literatura siendo muy joven y, tras años de vida errante, recaló en Harar hacia 1880 como agente de casas comerciales de Adén dedicadas al café, las pieles, el almizcle y también las armas. Vivió en la ciudad, con interrupciones, hasta 1891, cuando una grave enfermedad en una pierna lo obligó a regresar a Francia, donde murió poco después. Rimbaud fue uno de los primeros en fotografiar Harar, y su paso convirtió a la ciudad amurallada del interior etíope en un inesperado lugar de peregrinación literaria; hoy una llamativa mansión (construida en realidad tras su muerte) lleva su nombre y funciona como museo.
El destino final de Harar se selló en 1887. Ese año, el rey Menelik II del reino de Shewa —futuro emperador de Etiopía y unificador del país moderno— derrotó al último emir, Abdullahi, en la batalla de Chelenqo, y conquistó la ciudad, incorporándola definitivamente al imperio etíope. Menelik nombró gobernador a su primo y hombre de confianza, Ras Makonnen, padre del futuro emperador Haile Selassie, que de hecho pasó parte de su infancia en Harar. Con la conquista, la ciudad santa e independiente pasó a ser una plaza más del imperio cristiano etíope, aunque conservó su carácter musulmán y su identidad propia.
Bajo el imperio etíope, y después bajo la república, Harar dejó de ser una capital para convertirse en una ciudad regional, pero nunca perdió su singularidad. En el siglo XX creció más allá de las murallas: junto al viejo Jugol se desarrolló una ciudad nueva, y la llegada del ferrocarril a la cercana Dire Dawa —en la línea que unía Addis Abeba con el puerto de Yibuti— desplazó parte de la actividad comercial hacia esa vecina, dejando a Harar como un tesoro histórico algo al margen de las grandes rutas.
Esa relativa marginación tuvo un efecto positivo: Jugol conservó casi intacto su tejido urbano, su arquitectura de casas hararís, sus mezquitas y su modo de vida tradicional. En 2006, la Unesco reconoció ese valor excepcional inscribiendo 'Harar Jugol, la ciudad histórica fortificada' en la lista del Patrimonio Mundial, destacándola como un ejemplo sobresaliente de ciudad histórica islámica del Cuerno de África, con su urbanismo, su patrimonio religioso y su cultura vivos. Es, para muchos, la ciudad viva más antigua e importante del islam en esta parte de África.
Hoy Harar sigue siendo, a la vez, un museo al aire libre y una comunidad plenamente viva: sus habitantes rezan en las mismas mezquitas de siempre, comercian con café y chat en los mismos mercados, decoran sus casas como hace generaciones y, cada noche, un hombre sigue alimentando a las hienas fuera de las murallas, en un ritual que resume el carácter único de esta ciudad donde conviven, sin estridencias, lo sagrado y lo salvaje. Como todo el este de Etiopía, Harar no es ajena a las tensiones políticas y de seguridad de la región, por lo que conviene informarse antes de viajar; pero su fascinación permanece intacta, la de una ciudad amurallada que ha sabido conservar su alma a lo largo de más de mil años.