Pocos ríos del mundo cargan con tanta historia como el Awash. Nace en las tierras altas al oeste de Adís Abeba, desciende al Valle del Rift y corre hacia el noreste, hacia la depresión de Afar, donde acaba perdiéndose en una cadena de lagos salados sin llegar nunca al mar. Ese valle bajo del Awash es uno de los lugares más importantes del planeta para entender de dónde venimos.
En 1974, a poca distancia aguas abajo del parque, en la región de Hadar (Afar), el paleoantropólogo Donald Johanson y su equipo desenterraron el esqueleto parcial de una hembra de Australopithecus afarensis de unos 3,2 millones de años. La llamaron Lucy —por la canción de los Beatles que sonaba en el campamento— y en amárico Dinkinesh, 'sos maravillosa'. Lucy demostró que nuestros ancestros ya caminaban erguidos millones de años antes de desarrollar cerebros grandes, y revolucionó el estudio de la evolución humana. Más al norte, en Herto y en el Middle Awash, se hallaron después algunos de los fósiles de Homo sapiens y de homínidos más antiguos que se conocen. Por todo ello, el Valle del Bajo Awash fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1980. Cuando uno recorre la sabana del parque, pisa literalmente el paisaje donde dio sus primeros pasos la humanidad.
El parque se asienta en pleno Gran Valle del Rift, la enorme fractura geológica que atraviesa África de norte a sur y que está, muy lentamente, partiendo el continente en dos. En la depresión de Afar, no lejos de aquí, confluyen tres placas tectónicas en un punto triple que los geólogos estudian como un laboratorio natural de la formación de océanos: dentro de millones de años, el mar podría entrar por esta grieta.
Esa actividad tectónica explica el paisaje volcánico del parque. El monte Fantale, que domina el norte del área protegida con su gran caldera, es un volcán que tuvo una erupción documentada en el siglo XIX y que todavía exhala fumarolas. Las coladas de lava negra, los campos de basalto y las aguas termales de Filwoha —manantiales calientes de color turquesa en medio de un palmeral— son manifestaciones de ese calor interno. El propio cañón por el que el Awash se despeña está tallado en roca volcánica. Comprender el Rift es comprender por qué este rincón de Etiopía combina, en pocos kilómetros, sabana, desierto, volcanes y agua caliente brotando de la tierra.
El valle del Awash no es un desierto vacío: lo habitan desde hace siglos pueblos pastores que han hecho de esta tierra dura su hogar. Los afar, célebres por su resistencia en uno de los ambientes más cálidos del planeta, y los kereyu, un grupo oromo de tradición ganadera, pastorean sus rebaños de cebúes, cabras y camellos por las estepas del entorno, moviéndose en busca de pastos y agua según las estaciones.
Para estos pueblos, el río Awash es la vida: sus aguas permiten abrevar el ganado y mantener cierta agricultura en las orillas. La creación del parque nacional y, sobre todo, los grandes proyectos de riego y plantaciones de caña de azúcar aguas arriba y abajo (como el complejo de Metehara) transformaron el uso tradicional de la tierra y generaron tensiones por el acceso al agua y a los pastos, un conflicto que sigue vigente. El viajero atento verá, junto a la fauna salvaje, a los pastores kereyu con sus rebaños y sus peinados y adornos característicos: un recordatorio de que este paisaje es, además de reserva natural, territorio humano vivo.
El Awash es uno de los ríos más singulares de África, y su rareza forma parte de la historia del lugar. Nace en las tierras altas al oeste de Adís Abeba, a más de dos mil quinientos metros de altitud, y en lugar de buscar el océano como casi todos los grandes ríos, desciende hacia el noreste, se adentra en el desierto de Afar y allí, en vez de desembocar, se va agotando: sus aguas alimentan una cadena de lagos —el Gemari, el Afambo, el Abbe— en la frontera con Yibuti, donde el intenso calor las evapora. El Awash es, por tanto, un río endorreico, que muere tierra adentro sin tocar nunca el mar. Ese destino atrapado, común a los ríos que desaparecen en las cuencas cerradas del Rift, explica los depósitos de sal y los ambientes hipersalinos de la región.
A lo largo de su curso, el Awash ha sido siempre una línea de vida en un entorno árido. Sus orillas y su valle sostienen la agricultura, el ganado y la fauna, y en el siglo XX se convirtió en el eje de grandes proyectos de desarrollo: presas como la de Koka, que generó electricidad y creó un embalse, y enormes plantaciones de regadío de caña de azúcar y algodón, sobre todo en torno a Metehara y el bajo valle. Esos proyectos modernizaron la economía pero también alteraron el régimen del río, redujeron las tierras de pasto de los afar y kereyu y generaron conflictos por el agua que continúan hasta hoy. Dentro del parque, el río sigue siendo el corazón del ecosistema: de él dependen las cataratas, el bosque ribereño, los cocodrilos e hipopótamos y la concentración de animales en la estación seca. Entender el Awash —su nacimiento en las alturas, su viaje al desierto y su final sin mar— es entender por qué existe este oasis de vida en medio de la sabana caliente.
El Parque Nacional Awash se estableció formalmente en 1966, lo que lo convierte en el más antiguo de Etiopía, dentro de un impulso conservacionista promovido en la época del emperador Haile Selassie con asesoramiento internacional. Su cercanía a Adís Abeba y su buena conexión por la carretera hacia Yibuti lo hicieron pronto el más accesible y visitado del país. Protege unos 750 km² de sabana de acacias, estepa y roquedos volcánicos, con el río Awash y sus cataratas como eje.
A lo largo de las décadas, el parque ha sufrido las presiones típicas de las áreas protegidas africanas: el avance del pastoreo y la agricultura, la caza furtiva, la escasez de recursos para su gestión y los conflictos con las comunidades locales por el uso de la tierra. La gran fauna de grandes depredadores se ha reducido, aunque siguen presentes de forma esquiva. Aun así, Awash conserva poblaciones notables de oryx beisa, gacelas, cebras de Grevy, kudúes, babuinos y una riquísima avifauna de más de 450 especies, que lo mantienen como un destino de safari clásico.
Hoy, la administración de la vida silvestre etíope y distintos socios trabajan por equilibrar la conservación con las necesidades de los pastores afar y kereyu. Para el viajero, Awash ofrece una introducción cómoda a la naturaleza del Rift —cataratas, sabana, aguas termales, un volcán— a pocas horas de la capital, y la conciencia de estar en un paisaje que es, a la vez, reserva de fauna y una de las páginas fundacionales de la historia humana.