Mucho antes de que se alzaran las murallas de piedra que hoy vemos en ruinas, la colina de Viljandi ya era un lugar de poder. En la época prehistórica, los antiguos estonios de la región de Sakala tenían aquí un fuerte de tierra y madera, aprovechando la posición dominante sobre el valle y el lago. Viljandi —Fellin, en las fuentes alemanas— era uno de los centros de esa 'tierra' o condado de Sakala, una de las unidades en que se organizaban los estonios antes de la llegada de los cruzados.
A comienzos del siglo XIII, la gran ola de conquista cristiana que sometió a Livonia llegó también a Sakala. Tras duros combates —narrados por el cronista Enrique de Livonia—, los estonios fueron vencidos y cristianizados por la fuerza, y su viejo fuerte de Viljandi cayó en manos de los conquistadores. La Orden de los Hermanos de la Espada, la orden militar que dirigía la conquista, tomó la colina y decidió levantar allí una fortaleza de piedra a la altura de su ambición.
Así nació el castillo de Viljandi, sobre el emplazamiento del antiguo fuerte estonio. La continuidad del lugar como plaza fuerte —de los estonios a los cruzados— muestra hasta qué punto la geografía marcaba la historia: quien dominaba aquella colina sobre el lago controlaba una comarca entera.
A partir de la primera mitad del siglo XIII, la Orden —primero los Hermanos de la Espada y, tras su fusión en 1237, la Orden de Livonia, rama de la Orden Teutónica— construyó en Viljandi uno de los castillos más grandes y poderosos de toda Livonia. Era un castillo-convento de piedra, con potentes murallas, torres, patios, capilla y dependencias, organizado según el modelo de las fortalezas de las órdenes militares del Báltico. Su tamaño y su solidez lo situaban entre las principales plazas fuertes de la región.
Al amparo del castillo creció la ciudad de Viljandi, que recibió derechos urbanos y llegó a integrarse en la Liga Hanseática, la gran red comercial del norte de Europa. Como ciudad hanseática, Viljandi comerciaba y prosperaba, con sus artesanos, mercaderes e iglesias, protegida por la mole del castillo de la Orden. Durante la Baja Edad Media fue una plaza importante en el interior de Livonia.
La fortaleza no solo tenía función defensiva y comercial: era también un centro de poder de la Orden, sede de un comendador y punto de apoyo para el control del territorio de Sakala. Durante casi tres siglos, castillo y ciudad vivieron ligados, en el corazón de la Livonia medieval, hasta que las guerras de la Edad Moderna lo cambiaron todo.
El fin de la Livonia medieval llegó con la Guerra de Livonia (1558-1583), desatada por la invasión rusa de Iván el Terrible y la codicia de Rusia, Polonia-Lituania, Suecia y Dinamarca. La Orden de Livonia se derrumbó, y sus castillos —incluido el de Viljandi— pasaron a ser objeto de disputa y escenario de asedios. Viljandi fue tomada por los rusos en 1560 y luego cambió de manos varias veces entre las potencias en liza.
El golpe definitivo llegó en las guerras entre Polonia y Suecia por el dominio de Livonia, a comienzos del siglo XVII. Los combates y asedios de aquella época arrasaron el castillo de Viljandi, que quedó gravemente destruido y perdió toda función militar. La ciudad, en el frente de guerra, sufrió enormemente: como tantas plazas de Livonia, se despobló y empobreció, sacudida por los ejércitos, los saqueos, el hambre y las epidemias.
De aquella gran fortaleza medieval quedaron las majestuosas ruinas que hoy contemplamos: grandes lienzos de muralla, restos de torres, terraplenes y fosos sobre las colinas del lago. Lejos de borrarse, esas ruinas se convirtieron con el tiempo en el símbolo romántico de Viljandi y en el escenario más bello de su vida cultural. La ciudad, mientras tanto, tardaría siglos en recuperarse.
Tras las guerras del siglo XVI y XVII, Viljandi y toda la actual Estonia quedaron bajo el dominio del Imperio sueco. La época sueca trajo cierta estabilidad y reformas, pero la ciudad, empobrecida y sin su castillo, siguió siendo pequeña. Luego llegó la Gran Guerra del Norte (1700-1721): Suecia fue derrotada por Rusia y, por la paz de Nystad (1721), Viljandi, con toda Livonia, pasó a formar parte del Imperio Ruso, en cuyo seno permanecería dos siglos.
Durante buena parte del período ruso, Viljandi fue una modesta ciudad de provincias en el interior de Livonia, centro de una comarca agrícola dominada, como toda la región, por la nobleza germano-báltica y sus mansiones. Fue precisamente una de esas familias nobles, propietaria de la finca junto a las ruinas, la que en 1879 mandó instalar el pintoresco puente colgante que aún cruza el valle en las colinas del castillo, para facilitar el acceso a la capilla.
En el siglo XIX, con las reformas, la abolición de la servidumbre y el desarrollo económico, Viljandi fue creciendo como cabeza de su comarca, con su comercio, su arquitectura de madera y, más tarde, el ferrocarril. Coincidió, además, con el 'despertar nacional' estonio, el movimiento cultural que reivindicaba la lengua y la identidad del país, y en el que el sur de Estonia y su rica tradición popular tendrían un papel importante.
El siglo XX trajo a Viljandi la independencia de Estonia (1918) y, con ella, un período de desarrollo como capital de condado y centro cultural de una rica región agrícola del sur. Pero, como todo el país, la ciudad vivió también la tragedia de la Segunda Guerra Mundial: la ocupación soviética de 1940, la invasión alemana de 1941 y la reconquista soviética de 1944, con sus deportaciones, su violencia y sus pérdidas. Bajo la ocupación soviética, que se prolongó casi medio siglo, Viljandi fue una tranquila ciudad de provincias del régimen.
Fue en esa segunda mitad del siglo XX, y sobre todo tras la recuperación de la independencia en 1991, cuando Viljandi fue forjando su identidad más reconocible: la de capital de la música y la cultura tradicional estonia. La ciudad se convirtió en sede de instituciones dedicadas a la música folk, la artesanía y las tradiciones —como la Academia de Cultura de Viljandi y, más tarde, el Centro de Música Tradicional de Estonia—, y en el corazón de un movimiento de recuperación y renovación de la música popular del país.
Ese papel cristalizó en el Festival de Música Folk de Viljandi, nacido en 1993, que en pocos años se convirtió en el mayor festival de música tradicional de Estonia y en uno de los más importantes del norte de Europa. Cada julio, las ruinas del viejo castillo de la Orden —testigo de guerras y siglos— se transforman en escenario de conciertos, y la ciudad se llena de música, en una hermosa síntesis de historia y cultura viva.
Viljandi es hoy una de las ciudades con más encanto y personalidad del sur de Estonia: tranquila, creativa y orgullosa de su patrimonio. Las majestuosas ruinas del castillo de la Orden, el puente colgante de 1879, los miradores sobre el lago y el bonito casco antiguo de madera hacen de ella un destino precioso para pasear y para empaparse de historia. Es, además, Ciudad Creativa de la UNESCO en artesanía y arte popular, un reconocimiento a su papel como faro de la cultura tradicional.
Su vida cultural es intensa para su tamaño: el Festival de Música Folk de cada julio, el Centro de Música Tradicional, el teatro Ugala, el Museo de Viljandi, el original Centro Kondas de arte naíf y una escena de artistas, artesanos y estudiantes que dan a la ciudad un aire bohemio y acogedor. La naturaleza —el lago glaciar, las colinas, los bosques del sur— está siempre a mano, y desde Viljandi se accede fácilmente al Parque Nacional de Soomaa y a otras joyas de la región.
Para el viajero, Viljandi es la prueba de cómo un lugar puede convertir sus ruinas en un tesoro vivo: donde antes hubo un fuerte estonio, un gran castillo de la Orden y siglos de guerras, hoy suena la música folk entre las viejas piedras, sobre un lago sereno. Historia, naturaleza y cultura se dan la mano en una pequeña ciudad que se ha ganado un lugar muy especial en el corazón de los estonios.