La historia de Tartu empieza en la colina de Toomemägi, donde los antiguos estonios, pueblo fino-úgrico de estas tierras, levantaron muy temprano un fuerte de madera llamado Tarbatu. La posición era inmejorable: una altura sobre el río Emajõgi, en el cruce de rutas del sur estonio, que dominaba el territorio y el comercio fluvial. Las excavaciones arqueológicas sitúan un asentamiento fortificado en la colina ya en el primer milenio, lo que hace de Tartu uno de los lugares habitados más antiguos de Estonia.
El primer dato escrito llega en 1030. Según las crónicas rusas, ese año el príncipe Yaroslav el Sabio de la Rus de Kiev conquistó el fuerte estonio y fundó allí una plaza fuerte a la que dio el nombre de Yuryev, por su nombre cristiano Yuri (Jorge). Es la primera mención documentada de la ciudad y una de las fechas fundacionales que Tartu reivindica como propia. El dominio de Kiev, sin embargo, no fue duradero, y el fuerte volvió a manos estonias.
Durante los siglos siguientes, Tarbatu siguió siendo un centro de los estonios del sur, hasta que en el siglo XIII la irrupción de las Cruzadas del Norte cambió para siempre el destino del lugar. Sobre la vieja colina fortificada de los estonios se levantaría una ciudad cristiana de señores extranjeros, y el nombre germánico de Dorpat empezaría a imponerse en las crónicas.
A comienzos del siglo XIII, la región del sur de Estonia fue sometida y cristianizada por la fuerza durante las Cruzadas del Norte, la campaña con la que cruzados alemanes y la Orden de los Hermanos de la Espada conquistaron el Báltico oriental pagano. Tarbatu cayó en 1224 tras un duro asedio, y sobre la colina se fundó el obispado de Dorpat, uno de los estados eclesiásticos de la Livonia medieval, con su catedral y su castillo episcopal.
A los pies de la colina creció una próspera ciudad de mercaderes y artesanos alemanes. Dorpat se integró en la Liga Hanseática, la gran red comercial del norte de Europa, y prosperó como punto de paso del comercio entre Rusia (Nóvgorod, Pskov) y las ciudades del Báltico y del mar del Norte. Se levantaron iglesias góticas de ladrillo —como la gran catedral de Tartu, hoy en ruinas, y la iglesia de San Juan, célebre por sus figuras de terracota— y la ciudad obtuvo derechos y murallas.
Durante casi tres siglos, Dorpat fue una ciudad hanseática rica y cosmopolita, dominada por su élite germano-báltica, mientras la población estonia trabajaba la tierra y los oficios. Ese carácter de ciudad alemana del Báltico, con su patriciado mercantil y su obispo, marcaría a Tartu hasta bien entrada la Edad Moderna, cuando las guerras entre las grandes potencias del norte pusieron fin al viejo orden livonio.
El siglo XVI trajo el fin del viejo mundo livonio. La Reforma protestante barrió los conventos y arruinó la catedral, y la larga y devastadora Guerra de Livonia (1558-1583) convirtió a Dorpat en botín disputado entre Rusia, Polonia-Lituania y Suecia. La ciudad cambió de manos varias veces, sufrió asedios, saqueos y epidemias, y perdió buena parte de su antiguo esplendor hanseático. Finalmente, a comienzos del siglo XVII, el sur de Estonia quedó bajo dominio del Imperio sueco.
Fue precisamente bajo Suecia cuando Tartu vivió el hecho que la definiría para siempre. En 1632, el rey Gustavo II Adolfo de Suecia fundó en la ciudad la Academia Gustaviana, una universidad al estilo de la de Uppsala, la segunda del reino sueco y la más antigua de toda Estonia. Nacía así la vocación intelectual de Tartu, que desde entonces sería, ante todo, una ciudad universitaria.
Las guerras posteriores, en especial la Gran Guerra del Norte (1700-1721) entre Suecia y la Rusia de Pedro el Grande, interrumpieron varias veces la vida de la universidad y castigaron duramente a la ciudad: hubo deportaciones de habitantes, incendios y destrucción. Con la victoria rusa, Estonia entera pasó al Imperio ruso. La universidad quedó cerrada durante casi un siglo, pero la semilla del saber ya estaba plantada en Tartu, y volvería a brotar con fuerza en el siglo XIX.
En 1802, bajo el Imperio ruso, la universidad de Tartu (entonces Dorpat) reabrió sus puertas y se convirtió en una institución de prestigio europeo, con enseñanza en alemán y estudiantes y profesores de todo el Báltico y de Rusia. Allí trabajó, entre otros, el astrónomo Friedrich Georg Wilhelm von Struve, cuyo arco geodésico —el Arco de Struve, medido desde el observatorio de Toomemägi— es hoy Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO. La ciudad se llenó de vida científica y estudiantil.
Pero el papel más decisivo de Tartu en el siglo XIX fue otro: convertirse en la cuna del despertar nacional estonio. En una época en que la lengua y la cultura estonias eran despreciadas por las élites alemanas y rusas, en Tartu florecieron las sociedades culturales que reivindicaron la identidad del pueblo estonio. En 1865 se fundó la sociedad Vanemuine, y en 1869 la ciudad acogió el primer gran Festival de la Canción estonio, un acontecimiento fundacional para el sentimiento nacional que aún hoy se celebra y es Patrimonio Inmaterial de la UNESCO. Escritores, folcloristas y activistas hicieron de Tartu el centro del movimiento.
Ese fermento cultural desembocó, tras la Primera Guerra Mundial y la Revolución rusa, en la independencia de Estonia. Y fue de nuevo Tartu la ciudad protagonista: el 2 de febrero de 1920 se firmó allí el Tratado de Tartu, por el cual la Rusia soviética reconocía la independencia de la República de Estonia y renunciaba a perpetuidad a cualquier derecho sobre su territorio. Tartu quedaba así ligada para siempre al nacimiento del Estado estonio.
Las dos décadas de la primera república (1918-1940) fueron una época dorada para Tartu: capital universitaria de un país independiente, con una vida cultural intensa, editoriales, teatro y ciencia en lengua estonia. Pero la Segunda Guerra Mundial trajo la tragedia. En 1940 la Unión Soviética ocupó y anexó Estonia; en 1941 la ocupó la Alemania nazi; y en 1944 el Ejército Rojo la reconquistó. Tartu quedó en el medio de los combates.
Los bombardeos y la lucha de 1941 y, sobre todo, de 1944 destruyeron gran parte del centro histórico de Tartu, incluido su emblemático puente de piedra sobre el Emajõgi, del siglo XVIII, que fue volado durante la retirada. Muchos edificios antiguos se perdieron para siempre, y a la destrucción material se sumó el horror de las ocupaciones: deportaciones masivas a Siberia, ejecuciones y represión, tanto bajo el terror soviético como bajo la ocupación alemana, que asesinó a la comunidad judía de la ciudad.
Durante las décadas soviéticas (1944-1991), Tartu vivió una situación singular: por su gran base aérea militar, fue declarada 'ciudad cerrada', prohibida a los extranjeros. La universidad siguió funcionando y mantuvo viva la cultura estonia, pero bajo control y rusificación. Aun así, Tartu conservó su espíritu: fue uno de los focos de la resistencia intelectual y, en los años ochenta, del movimiento que llevaría a la recuperación de la independencia.
Con la recuperación de la independencia estonia en 1991, Tartu se abrió de nuevo al mundo y recuperó con fuerza su papel de capital intelectual del país. Su universidad, de nuevo libre, volvió a ser una de las más prestigiosas de la región báltica y el gran imán de estudiantes de Estonia. La ciudad restauró su patrimonio, revitalizó barrios como Supilinn y reconvirtió antiguos espacios industriales, como la fábrica de Aparaaditehas, en polos creativos llenos de talleres, cafés y galerías.
Hoy Tartu es una ciudad de unos 95.000 habitantes, joven, culta y sorprendentemente vital para su tamaño. Su vida gira en torno a la universidad y a una notable oferta de museos —el Museo Nacional de Estonia (ERM), inaugurado en 2016 en un edificio espectacular sobre una antigua pista militar soviética; el centro científico AHHAA; el Museo de la Universidad—, festivales, teatro y una animada escena gastronómica y nocturna. La plaza del Ayuntamiento, con su fuente de los estudiantes que se besan, se ha vuelto el símbolo de esa energía joven.
El reconocimiento llegó en 2024, cuando Tartu, junto con el sur de Estonia, fue Capital Europea de la Cultura. El programa renovó espacios públicos, impulsó el arte y proyectó la ciudad en Europa. Fiel a su historia, Tartu sigue siendo lo que fue desde 1632: la ciudad del saber y de la cultura estonia, un lugar donde el peso de la historia convive con el pulso de miles de estudiantes y con una mirada abierta y contemporánea.