Mucho antes de que se levantara el castillo de piedra que hoy domina Rakvere, la colina de Vallimägi ya era un lugar poblado y fortificado. Los antiguos estonios, pueblo fino-úgrico que habitaba estas tierras del norte del Báltico, construyeron aquí un fuerte de madera y tierra (linnus) sobre el promontorio, aprovechando su posición elevada y estratégica para dominar el territorio y las rutas del noreste. Las excavaciones arqueológicas han encontrado en la colina restos de asentamiento que se remontan a época prehistórica y a los primeros siglos de nuestra era.
La tradición asocia a este lugar el antiguo nombre de Tarvanpea, que suele interpretarse como 'cabeza de uro' (de tarvas, el uro o buey salvaje, y pea, 'cabeza'). El uro, ese enorme bovino salvaje hoy extinto que poblaba los bosques de Europa, quedó así ligado desde muy antiguo a la identidad del lugar, algo que la ciudad recuperaría siglos después con la gigantesca estatua del Tarvas. Ese vínculo entre el sitio y el animal salvaje es una de las señas de identidad más antiguas de Rakvere.
Cuando llegaron las Cruzadas del Norte, en el siglo XIII, este fuerte estonio fue uno de los muchos que cayeron ante los invasores cristianos. La conquista marcaría el principio de una nueva era, en la que sobre la vieja colina fortificada de los estonios se levantaría un castillo de los señores extranjeros, y a sus pies nacería una villa medieval.
A comienzos del siglo XIII, la región del norte de Estonia se convirtió en escenario de las Cruzadas del Norte, la campaña con la que daneses y cruzados alemanes sometieron y cristianizaron por la fuerza a los pueblos paganos del Báltico oriental. Rakvere y su comarca, la antigua Virumaa, cayeron bajo dominio danés primero, en el marco de la conquista de Estonia del rey Valdemar II. En alemán, la villa que fue surgiendo se conocería como Wesenberg, nombre con el que aparece en las fuentes durante siglos.
En 1346, el rey de Dinamarca vendió sus posesiones del norte de Estonia a la Orden Teutónica, y la región pasó a la órbita de la Orden de Livonia (la rama báltica de la Orden Teutónica). Fue esta orden militar-religiosa la que, sobre la vieja colina fortificada, construyó a lo largo de los siglos XIV y XV el castillo de piedra cuyas ruinas hoy conocemos: una fortaleza de la Orden (Ordensburg) con murallas, torres y dependencias, pensada para controlar el territorio y proteger la ruta comercial.
Al amparo del castillo creció la villa de Wesenberg, que en 1302 recibió los derechos de ciudad (bajo el 'derecho de Lübeck'), lo que la convirtió en una de las ciudades históricas de Estonia. Fue precisamente ese aniversario —los 700 años de la concesión de derechos de ciudad— el que se celebró en 2002 con la inauguración de la estatua del Tarvas. La Rakvere medieval era una pequeña ciudad de mercaderes y artesanos, dominada por su castillo, en un cruce de caminos del norte estonio.
La posición estratégica de Rakvere, que la había hecho importante, fue también su desgracia. A lo largo de los siglos, la ciudad y su castillo se vieron atrapados una y otra vez en las guerras que asolaron el Báltico oriental, cambiando de manos entre las distintas potencias que se disputaban Estonia. El golpe decisivo llegó con la Guerra de Livonia (1558-1583), el largo y devastador conflicto en el que Rusia, Suecia, Polonia-Lituania y Dinamarca lucharon por los restos del desmoronado Estado de la Orden de Livonia.
Durante aquella guerra, Rakvere fue tomada y perdida varias veces; las tropas rusas de Iván el Terrible ocuparon la zona, y después el castillo pasó a manos suecas y polacas. Los combates, asedios y saqueos castigaron duramente la fortaleza. Las guerras siguientes entre Suecia y Rusia, en especial la Gran Guerra del Norte (1700-1721) y las epidemias que la acompañaron, terminaron de arruinar el castillo, que quedó abandonado como una imponente ruina sobre la colina.
Con la incorporación de Estonia al Imperio ruso tras la Gran Guerra del Norte, Rakvere (para los rusos, Rakobor o similar) dejó atrás su función militar. El castillo ya no se reconstruyó y se convirtió en un romántico conjunto de ruinas, mientras la vida se trasladaba a la ciudad que se extendía a sus pies. Durante los siglos siguientes, esas ruinas serían el telón de fondo del crecimiento de una nueva Rakvere, ya no militar sino comercial y administrativa.
Bajo el Imperio ruso, a lo largo de los siglos XVIII y XIX, Rakvere se fue transformando en una tranquila ciudad de provincias del norte de Estonia, centro comercial y administrativo de la comarca de Virumaa. La llegada del ferrocarril en el siglo XIX —la línea que unía Tallin (Reval) con San Petersburgo pasaba por la región— impulsó su desarrollo, conectándola con las grandes ciudades del Imperio y facilitando el comercio de los productos agrícolas de la zona. La ciudad creció con casas de madera y edificios de estilo, muchos de los cuales aún se conservan en el casco urbano.
El 'despertar nacional' estonio del siglo XIX también tuvo eco en Rakvere, donde florecieron sociedades culturales, corales y educativas en lengua estonia. Cuando Estonia proclamó su independencia en 1918, Rakvere se consolidó como una de las ciudades importantes del país. Durante las dos décadas de la primera república (1918-1940) vivió una época de prosperidad y vida cultural, de la que da testimonio, por ejemplo, la Casa del Ciudadano, que recrea el hogar de una familia burguesa de la época.
Como el resto de Estonia, Rakvere sufrió la tragedia del siglo XX: la ocupación soviética a partir de 1940, la ocupación alemana de 1941-1944 y de nuevo la anexión a la Unión Soviética hasta 1991, con sus deportaciones, su colectivización y su rusificación. Por su cercanía a la región minera e industrial del noreste (Kohtla-Järve, Narva), la comarca recibió población rusoparlante, algo que aún hoy se nota en la ciudad. A pesar de todo, Rakvere conservó su carácter y su patrimonio, esperando tiempos mejores.
Con la recuperación de la independencia estonia en 1991, Rakvere encontró la manera de convertir su gran ruina en un activo. En lugar de dejar el castillo como un simple montón de piedras, la ciudad apostó por darle vida transformándolo en un centro temático de la Edad Media: un espacio donde el visitante no solo observa, sino que participa, se disfraza, prueba armas y oficios medievales y recorre rincones tan pintorescos como una cámara de tortura, un 'infierno' o el taller de un alquimista. La apuesta resultó un éxito y convirtió al castillo de Rakvere en una de las atracciones familiares más originales de Estonia.
El año 2002 fue clave: al cumplirse el 700 aniversario de la concesión de los derechos de ciudad, se inauguró en la colina de Vallimägi la colosal estatua del Tarvas, obra del escultor Tauno Kangro. Con sus 7 toneladas y su figura de uro salvaje, la estatua recuperó el vínculo antiquísimo entre el lugar (la 'cabeza de uro', Tarvanpea) y el animal, y se convirtió de inmediato en el nuevo símbolo de la ciudad, presente en postales, souvenirs y en la identidad local.
Hoy Rakvere es una ciudad de unos 15.000 habitantes, tranquila y culta, con teatro propio, museos, un moderno complejo deportivo y una vida cultural activa, orgullosa de su castillo y de su Tarvas. Combina el peso de su historia medieval con un presente amable y auténtico, lejos del bullicio turístico de Tallin. Para el viajero, es la prueba de cómo una vieja fortaleza en ruinas puede volver a llenarse de vida —y de imaginación— siglos después de que las guerras la abandonaran.