La historia de Lahemaa empieza mucho antes que la de sus aldeas y mansiones: empieza con el hielo. Durante la última glaciación, hace decenas de miles de años, un enorme casquete de hielo cubrió toda esta región. Al avanzar y retroceder, el glaciar arrasó, pulió y modeló el terreno, y al derretirse por completo hace unos 12.000 años dejó tras de sí el paisaje que hoy hace único a Lahemaa: una costa recortada de penínsulas y bahías —de ahí el nombre, Lahemaa, 'tierra de bahías'—, mesetas de caliza, valles y una superficie salpicada de bosques, lagos y turberas.
El hielo dejó aquí sus huellas más espectaculares de toda Estonia. Los bloques erráticos (rändrahnud) son gigantescas rocas que el glaciar arrancó del lecho rocoso de Escandinavia, arrastró durante cientos de kilómetros y abandonó cuando se retiró: la costa norte de Estonia y Lahemaa concentran algunos de los mayores bloques erráticos de Europa continental, algunos del tamaño de una casa, dispersos por los bosques y por la orilla del golfo de Finlandia, dentro y fuera del agua. Alrededor de la aldea de Käsmu hay verdaderos campos de estas piedras.
Otro legado del deshielo son las ciénagas elevadas o turberas (raba), como la famosa ciénaga de Viru. Se formaron a partir de lagos poco profundos que, a lo largo de miles de años, se fueron colmando de musgo de esfagno hasta convertirse en enormes alfombras esponjosas que crecen apenas un milímetro al año y guardan grandes cantidades de carbono. Bosques, ciénagas, costa y piedras del hielo: sobre este escenario natural, modelado por la glaciación, se desarrollaría después la historia humana de Lahemaa.
Durante siglos, la 'tierra de bahías' fue un territorio de aldeas pequeñas y dispersas, habitadas por campesinos estonios que combinaban la agricultura pobre de estos suelos con la pesca en el golfo de Finlandia. La vida era dura y sencilla, marcada por el ritmo de las estaciones, la costa y el bosque. De aquella época quedan las aldeas tradicionales que hoy dan tanto encanto al parque, como Altja, con sus casas de tejado de paja, sus cobertizos de redes de pesca alineados junto al mar y su gran 'columpio de aldea' (küla kiik), el columpio comunitario de madera que era el corazón de las fiestas y la vida social del pueblo.
La proximidad de Finlandia, al otro lado del golfo, dio a estas costas una larga tradición de comercio y también de contrabando. Aldeas como Käsmu tuvieron fama de pueblos de contrabandistas, sobre todo en los tiempos de la prohibición del alcohol en Finlandia (años 1920 y 1930), cuando cruzar el golfo con mercancía prohibida era un negocio arriesgado pero lucrativo.
Käsmu vivió además una época dorada como 'pueblo de los capitanes' (kaptenite küla): a finales del siglo XIX y comienzos del XX, muchos de sus habitantes se hicieron capitanes y marinos de la flota mercante, y hasta hubo una escuela naval en la aldea. Con el dinero ganado en el mar levantaron las cuidadas casas de madera que aún se conservan. Estas aldeas costeras —humildes, marineras, resistentes— representan la cara popular de la historia de Lahemaa, muy distinta del mundo de lujo de las mansiones señoriales que dominaban estas mismas tierras.
Sobre las aldeas de campesinos y pescadores se levantaba otro mundo, el de la nobleza báltica alemana, la clase dominante de Estonia durante siglos. Descendientes de los cruzados y colonos alemanes que se asentaron en la región a partir del siglo XIII, estos barones bálticos poseían enormes fincas (mõisad, 'mansiones' o 'señoríos') que controlaban la tierra y a los campesinos estonios, sometidos durante mucho tiempo a la servidumbre. Aunque Estonia pasó por manos danesas, suecas y rusas, la nobleza alemana conservó su poder y sus privilegios bajo casi todos esos regímenes, incluido el Imperio ruso.
En el territorio de Lahemaa se conservan algunas de las mansiones señoriales más bellas de Estonia, testimonio de aquel mundo aristocrático. La de Palmse perteneció durante generaciones a la familia von der Pahlen, y el elegante conjunto barroco que hoy admiramos —la casa señorial, las caballerizas, la destilería, el invernadero, los jardines y el estanque— data sobre todo del siglo XVIII. La de Sagadi, de fachada rosada y estilo barroco tardío y clasicista, fue de la familia von Fock. Otras, como Vihula o Kolga, completan el conjunto de manors del parque.
Estas mansiones eran el centro económico y social de vastos dominios rurales: en ellas vivía la familia noble rodeada de lujo, mientras a su alrededor trabajaba una población campesina estonia sin derechos sobre la tierra. La servidumbre se abolió en las provincias bálticas a comienzos del siglo XIX, pero la desigualdad y el dominio de los barones sobre la tierra se mantuvieron hasta el siglo XX. Los manors de Lahemaa permiten hoy asomarse a ese capítulo esencial —y contradictorio— de la historia estonia.
El siglo XX transformó por completo el viejo orden de las mansiones. Cuando Estonia proclamó su independencia en 1918 y ganó la Guerra de la Independencia (1918-1920), uno de los primeros grandes actos de la joven república fue la reforma agraria de 1919: el Estado expropió las enormes fincas de la nobleza báltica alemana y repartió la tierra entre los campesinos estonios y los veteranos de guerra. Fue el fin del poder secular de los barones, que perdieron sus dominios; muchas familias nobles alemanas terminaron emigrando, sobre todo tras el pacto germano-soviético de 1939, cuando la Alemania nazi 'repatrió' a los alemanes del Báltico.
Las mansiones, ya sin sus dueños, pasaron a manos del Estado y se les dio usos diversos: escuelas, oficinas, granjas colectivas, sanatorios. Muchas se deterioraron y algunas se arruinaron. La Segunda Guerra Mundial y la posterior anexión de Estonia por la Unión Soviética (1940-1991) trajeron a la región, como a todo el país, ocupación, deportaciones y colectivización forzosa de la agricultura.
La condición fronteriza de esta costa marcó además la vida de Lahemaa durante la era soviética. Como el golfo de Finlandia era la frontera con el 'mundo occidental', toda la franja costera fue zona militar restringida y estrechamente vigilada por los guardias de frontera soviéticos, para impedir que nadie huyera por mar hacia Finlandia. Aldeas como Käsmu tuvieron destacamentos de guardias, y el acceso a la costa estaba controlado. Paradójicamente, esa militarización y ese aislamiento ayudaron a preservar la naturaleza de la zona, al mantenerla al margen del desarrollo.
En medio de la era soviética se produjo un hecho notable: el 1 de junio de 1971, Lahemaa fue declarado parque nacional, el primero de toda la Unión Soviética. Fue una iniciativa pionera de científicos y conservacionistas estonios, que lograron proteger este territorio de bosques, ciénagas, costa y patrimonio en un sistema que no solía dar prioridad a la conservación de la naturaleza. La creación del parque tuvo también una dimensión identitaria: en él se protegían no solo los ecosistemas, sino también la cultura rural estonia, las aldeas tradicionales y las mansiones históricas, en un momento en que afirmar lo estonio tenía un valor especial.
Con la creación del parque comenzó la restauración de las grandes mansiones. Palmse fue una de las primeras en recuperarse, a partir de los años 1970, y se convirtió en museo y en centro del parque; después llegaron Sagadi, Vihula y otras. Las aldeas de pescadores como Altja y Käsmu se conservaron y valorizaron, y se crearon senderos, pasarelas y centros de naturaleza para mostrar las ciénagas, los bosques y la costa.
Tras la recuperación de la independencia estonia en 1991, Lahemaa se consolidó como el parque nacional emblemático del país y como la escapada de naturaleza favorita de los habitantes de Tallin, a poco más de una hora de la capital. Hoy es el mayor parque nacional de Estonia y uno de los más importantes del Báltico, un lugar donde en un mismo día se puede caminar sobre una turbera milenaria, visitar la mansión de unos barones alemanes, pasear por una aldea de pescadores y contemplar las piedras que dejó el hielo. Naturaleza, historia y memoria conviven en la 'tierra de bahías'.