Pärnu es, desde hace más de un siglo, el gran balneario de Estonia y su "capital de verano". Su historia arranca mucho antes: fundada como Pernau bajo dominio alemán, fue plaza de la Liga Hanseática y puerto disputado entre suecos, polacos y rusos en las guerras del Báltico. Pero su fama moderna nació en el siglo XIX, cuando se abrieron los primeros establecimientos de baños de mar y de barro y la ciudad se convirtió en destino de veraneo de la sociedad báltica y rusa. De aquella época quedan el edificio del balneario, el parque junto a la playa y una arquitectura de madera y de villas elegantes.
Con su larga playa de arena, su paseo marítimo y sus spas, Pärnu sigue llenándose cada verano de estonios y visitantes que buscan sol, mar y descanso, en una temporada tan intensa como corta. La ciudad combina ese aire relajado de balneario con un centro histórico de calles arboladas y casas de madera, y con una vida cultural veraniega de conciertos y festivales que la convierten en uno de los destinos favoritos de la costa.
Detrás de su imagen de ciudad de playa, Pärnu guarda un lugar de primerísimo orden en la historia nacional: fue aquí donde se proclamó por primera vez la independencia de Estonia. La tarde del 23 de febrero de 1918, en medio del vacío de poder de la Primera Guerra Mundial, el Manifiesto a todos los pueblos de Estonia se leyó públicamente desde el balcón del teatro Endla de Pärnu, un día antes de su lectura en Tallin. Por eso el 24 de febrero es la fiesta nacional, pero la primera voz de la república sonó en Pärnu.
El teatro Endla original fue destruido durante la Segunda Guerra Mundial, pero el episodio quedó grabado en la memoria de la ciudad con un monumento que recuerda aquella lectura fundacional. Que la independencia se proclamara primero en una ciudad de la costa oeste, y no en la capital, dice mucho de lo confuso y disperso de aquellos días de 1918, en que un puñado de patriotas se adelantó a los acontecimientos para declarar la existencia de un país que todavía tendría que ganarse en el campo de batalla.
Más al norte, Haapsalu es un coqueto balneario histórico famoso por sus baños de barro terapéutico. Su fango marino se hizo célebre en el siglo XIX y atrajo a la aristocracia del Imperio ruso, incluida la familia imperial: para recibir a esos huéspedes se construyó la elegante estación de tren de Haapsalu, con un andén cubierto larguísimo pensado para que los zares no se mojaran al bajar. La ciudad conserva un encantador conjunto de casas y villas de madera, calles tranquilas y un fuerte aire de balneario de época.
Sobre el pueblo se alza el castillo episcopal de Haapsalu, otra sede del obispado de Ösel-Wiek, con su catedral y sus murallas medievales. A ese castillo está ligada la leyenda más famosa de la ciudad: la Dama Blanca, la figura de una mujer que, según la tradición, aparece en una ventana de la capilla las noches de luna llena de agosto, y a la que hoy se dedica un festival. Haapsalu resume el encanto melancólico de la costa oeste: aguas curativas, madera, historia medieval y leyendas.
La costa oeste, el histórico Läänemaa, fue durante siglos el corazón de la Estonia sueca. Desde la Edad Media, comunidades de suecos costeros se asentaron en el litoral y en islas como Vormsi y Noarootsi, y en la península de Nuckö. Eran campesinos y pescadores de habla sueca, con sus propias iglesias, escuelas y costumbres, que gozaban de ciertos privilegios y mantuvieron su lengua durante generaciones. En vísperas de la Segunda Guerra Mundial llegaban a ser varios miles.
La guerra deshizo ese mundo. Ante el regreso de las tropas soviéticas en 1943-1944, casi toda la población sueca de la costa oeste huyó por mar a Suecia; los pocos que quedaron sufrieron después la clausura de la zona fronteriza. Hoy, tras la independencia, subsisten rastros de esa herencia: cartelería bilingüe, iglesias, cementerios y una modesta revitalización cultural en Vormsi y Noarootsi. Es una capa más de la historia estonia, la de una minoría casi desaparecida que dejó su huella escandinava en el litoral occidental.
La costa oeste no es solo balnearios e historia: es también uno de los grandes santuarios naturales del país. El Parque Nacional de Matsalu, en torno a la bahía del mismo nombre y a la desembocadura del río Kasari, protege un enorme mosaico de humedales, praderas costeras, cañaverales y aguas poco profundas que constituye una de las áreas de descanso más importantes de Europa para las aves migratorias.
Cada primavera y otoño, cientos de miles de aves acuáticas —gansos, cisnes, patos, grullas y muchas especies de zancudas— hacen escala en Matsalu en su ruta entre el Ártico y sus zonas de invernada, en un espectáculo que atrae a observadores de aves de todo el mundo. Protegido como reserva desde 1957 y hoy parque nacional, Matsalu es también tierra de praderas costeras mantenidas por el pastoreo tradicional. Junto con la naturaleza de las islas vecinas, hace de todo el oeste estonio un destino privilegiado para quien busca paisajes de mar, humedal y cielos llenos de aves.