Tartu es la ciudad más antigua de Estonia y de todo el Báltico: aparece mencionada en las crónicas rusas ya en 1030, cuando Yaroslav el Sabio tomó la fortaleza local y la rebautizó Yúriev, aunque el asentamiento sobre la colina de Toome es varios siglos anterior. Con el nombre alemán de Dorpat fue sede de un obispado medieval y plaza de la Liga Hanseática, y cambió de manos entre alemanes, rusos, polacos y suecos a lo largo de las guerras del Báltico. Su gran salto llegó en 1632, cuando el rey sueco Gustavo Adolfo fundó allí la universidad, una de las más antiguas del norte de Europa.
Esa universidad hizo de Tartu el centro intelectual del país y el semillero del despertar nacional del siglo XIX: aquí estudiaron y escribieron muchos de los que inventaron la Estonia moderna, y aquí se celebró en 1869 el primer Festival de la Canción. En Tartu se firmó, además, el Tratado de Paz de 1920 que reconoció la independencia estonia. Ciudad joven, culta y de vida bohemia, Tartu conserva su papel de capital espiritual frente a la Tallin comercial, y en 2024 fue Capital Europea de la Cultura.
Viljandi (la Fellin de los alemanes) creció alrededor de uno de los castillos más poderosos de la Orden de Livonia, levantado en el siglo XIII sobre una colina junto a un lago, en tierras del antiguo condado estonio de Sakala, el de Lembitu. La ciudad fue miembro de la Liga Hanseática y plaza fuerte disputada durante las guerras de Livonia y del Norte, que dejaron el castillo en las ruinas románticas que hoy dominan el paisaje sobre el valle del lago.
En la Estonia contemporánea, Viljandi se reinventó como capital de la música tradicional. Su Festival de Música Folk, que se celebra cada verano desde 1993, es el mayor festival anual de música de Estonia y uno de los grandes del género en Europa: durante unos días la pequeña ciudad se llena de miles de visitantes y de sonidos de la tradición báltica y del mundo. La localidad alberga también una reconocida escuela superior de cultura con una fuerte rama de música tradicional, que convirtió a Viljandi en el corazón del renacer folclórico estonio.
El pueblo de Otepää, entre colinas y lagos del sur, ocupa un lugar de honor en la historia nacional: fue aquí donde, en 1884, la asociación de estudiantes estonios consagró por primera vez la bandera azul, negra y blanca que con el tiempo se convertiría en la bandera del país. El azul representa el cielo, los lagos y la lealtad; el negro, la tierra y el pasado de opresión; el blanco, la nieve, la pureza y la esperanza. Por esa historia, Otepää es un lugar de peregrinación patriótica.
Hoy Otepää es, sobre todo, la capital estonia del invierno. Su paisaje de colinas onduladas —inusual en un país tan plano— lo convirtió en la meca del esquí de fondo y los deportes de nieve: allí está el centro de deportes de Tehvandi y se disputan competencias internacionales de esquí nórdico y biatlón. En verano, los mismos lagos y bosques atraen a caminantes y ciclistas. Naturaleza, deporte y símbolo nacional se dan la mano en este rincón del sur.
El Parque Nacional de Soomaa —cuyo nombre significa literalmente "tierra de ciénagas"— protege uno de los paisajes más singulares del país: un vasto territorio de turberas elevadas, bosques inundables y ríos de curso lento. Su rasgo más famoso es la "quinta estación": cada primavera, y a veces también en otoño, el deshielo y las lluvias hacen desbordar los ríos y anegan bosques, prados y hasta caminos y patios de casas, transformando la región en un mundo de agua que se recorre en canoa.
Esa relación con las crecidas viene de lejos. Los habitantes de la zona desarrollaron durante siglos un tipo de canoa monóxila, el haabjas, tallado de un solo tronco de álamo temblón, que usaban para moverse durante las inundaciones; esa tradición artesanal, casi perdida, fue recuperada y hoy figura entre el patrimonio cultural que se busca preservar. Las turberas de Soomaa, con sus pasarelas de madera y su silencio, son además un refugio de fauna —alces, castores, osos, águilas— y uno de los grandes atractivos naturales del sur estonio.
El sur de Estonia guarda además identidades culturales propias que sobrevivieron a los siglos. En el sureste se habla el võro, una variedad tan distinta del estonio estándar que muchos la consideran una lengua aparte, con su propia literatura y sus defensores; su territorio, el antiguo Võromaa, conserva tradiciones, cocina y saunas de humo reconocidos por la Unesco como patrimonio inmaterial.
En el rincón más oriental vive el pueblo seto, una comunidad de fe ortodoxa —a diferencia de la Estonia luterana— con lengua, cantos y trajes propios. El canto polifónico seto, el leelo, está inscripto en el patrimonio cultural inmaterial de la humanidad. La tierra de los seto, Setomaa, quedó partida en dos cuando la frontera de la posguerra dejó una parte del lado ruso, una herida que los seto todavía sienten. Estas culturas del sur recuerdan que Estonia, pese a su pequeño tamaño, es más diversa por dentro de lo que su mapa sugiere.