Hiiumaa —la Dagö de las crónicas suecas y alemanas— es una isla de poblamiento relativamente tardío. Cubierta de bosques y turberas, con suelos pobres y una costa peligrosa, no ofrecía las condiciones de la fértil Saaremaa, y durante mucho tiempo estuvo escasamente habitada. Los primeros asentamientos estables documentados son medievales, y la isla fue emergiendo lentamente del mar por el fenómeno del rebote glacial, que todavía hoy hace crecer sus costas.
Uno de los rasgos más singulares de la historia de Hiiumaa es la presencia, durante siglos, de una notable comunidad de suecos del Báltico (los rannarootslased o suecos costeros). Estos colonos de habla sueca se asentaron en la costa oeste y en pueblos como Reigi, y mantuvieron su lengua, sus costumbres y su cultura marinera durante generaciones, formando una de las comunidades suecas históricas más importantes de Estonia junto con las de la costa continental y otras islas.
Esa comunidad tuvo un final abrupto: en 1781, por orden de la emperatriz Catalina II de Rusia, la mayoría de los suecos de Hiiumaa fueron deportados al sur del Imperio Ruso, a la actual Ucrania, donde fundaron el pueblo de Gammalsvenskby ('la vieja aldea sueca'). Fue un episodio traumático que despobló parte de la isla y borró en gran medida la huella sueca, aunque su recuerdo perdura en la toponimia, en algunas iglesias y en la memoria histórica de Hiiumaa.
En la Edad Media, tras la cruzada de Livonia, Hiiumaa quedó dividida y ligada al obispado de Ösel-Wiek y a la Orden, dentro del mundo cristiano de la Livonia medieval (Terra Mariana). Como el resto de las islas del oeste, fue tierra de frontera marítima, con sus iglesias de piedra —como la antigua de Pühalepa— y una población campesina dedicada a la pesca, la ganadería y la explotación del bosque.
Con la Guerra de Livonia y el hundimiento del viejo orden, la isla entró en la órbita de las grandes potencias del Báltico. En 1563, Hiiumaa fue anexionada por Suecia, e integrada en el imperio sueco que dominó buena parte del Báltico oriental en los siglos XVI y XVII. El período sueco reforzó la iglesia luterana, la administración y la vida rural, y consolidó a la comunidad de suecos costeros de la isla.
La Gran Guerra del Norte (1700-1721) cambió de nuevo el mapa: Suecia fue derrotada por Rusia, y por la paz de Nystad (1721) Hiiumaa y toda Estonia pasaron al Imperio Ruso. Bajo el zar, el poder real sobre la isla siguió en manos de la nobleza terrateniente alemán-báltica, que gestionaba las grandes haciendas y controlaba la vida de los campesinos estonios. Familias como los De la Gardie, los Stenbock y los Ungern-Sternberg se sucedieron al frente de los grandes señoríos de la isla, entre ellos el de Suuremõisa.
Ningún elemento define tanto la historia de Hiiumaa como su relación con el mar y, en concreto, con los peligros de la navegación. La costa occidental de la isla, con la larga península de Kõpu adentrándose en el Báltico y los traicioneros bajíos de Hiiu madal, fue durante siglos uno de los lugares más temidos por los marinos: allí naufragaron innumerables barcos que hacían la ruta entre el golfo de Finlandia y el mar abierto.
Para reducir esos desastres, la Liga Hanseática impulsó la construcción de un faro en el punto más alto de la isla. Las obras del faro de Kõpu comenzaron en 1504 y, con interrupciones, se completaron hacia 1540, dando lugar a una de las estructuras de navegación más antiguas del mundo todavía en funcionamiento. Levantado sobre la colina de Tornimägi, su luz —al principio una simple hoguera en lo alto— guiaba a los barcos a decenas de kilómetros. El faro fue durante siglos propiedad privada, gestionado sucesivamente por las familias De la Gardie, Stenbock y Ungern-Sternberg, que cobraban por su servicio.
Esa historia de naufragios tiene también un lado oscuro. La leyenda —y la historia— atribuyen a algunos señores de la isla la práctica del 'wrecking': provocar naufragios con luces engañosas para saquear los barcos hundidos. El más infame fue Otto Reinhold Ludwig von Ungern-Sternberg (1744-1811), señor de Suuremõisa, acusado de esas prácticas y finalmente desterrado a Siberia en 1804 por el asesinato de un capitán sueco. La figura del noble excéntrico y siniestro, entre la realidad y el mito, quedó grabada en el imaginario de Hiiumaa.
Con el nacimiento de la República de Estonia en 1918, Hiiumaa pasó a formar parte del joven Estado estonio. Como en el resto del país, la reforma agraria de los años 1920 desmanteló los grandes señoríos de la nobleza alemán-báltica y repartió la tierra entre los campesinos, transformando la vieja estructura social de la isla.
La Segunda Guerra Mundial trajo, como a toda Estonia, ocupaciones sucesivas: la soviética en 1940, la alemana en 1941 y de nuevo la soviética en 1944. Por su posición estratégica en la boca del golfo de Finlandia, Hiiumaa —y en especial la península de Tahkuna— fue fortificada con baterías y defensas costeras, cuyos restos se conservan hoy en el Museo Militar de Tahkuna.
En la posguerra, con Estonia incorporada a la Unión Soviética, Hiiumaa quedó convertida en zona militar fronteriza cerrada. Como territorio de la frontera occidental de la URSS, cara al Báltico y a Occidente, la isla estuvo fuertemente controlada y militarizada: para visitarla hacía falta un permiso especial, y buena parte de la costa era zona restringida. Ese aislamiento, sumado a la escasa población y a la falta de industria, hizo que la naturaleza y el modo de vida tradicional de la isla se conservaran notablemente, casi congelados en el tiempo.
Con la recuperación de la independencia estonia en 1991, Hiiumaa se abrió por fin al mundo tras décadas de aislamiento. Aquella clausura le dejó, paradójicamente, uno de sus mayores tesoros: una isla con la naturaleza intacta, los pueblos tradicionales conservados y un modo de vida sereno que ha sabido mantener frente a la modernización.
Hoy, Hiiumaa vive del turismo tranquilo, la agricultura, la pesca, la silvicultura y una pequeña producción artesanal y gastronómica. Con unos 9.500 habitantes, sigue siendo una de las zonas menos pobladas y más apacibles de Estonia. La isla ha hecho de su carácter una marca: los hiiumaneses son célebres en todo el país por su humor propio, flemático y socarrón, y por una filosofía de vida sin prisas que ellos mismos cultivan con orgullo. Existe incluso, medio en broma medio en serio, la idea de una 'república de Hiiumaa' con su bandera y su identidad.
Para el viajero, la isla ofrece una experiencia distinta de la Estonia urbana: faros centenarios que se pueden escalar, costas solitarias, la lengua de piedras de Sääretirp, el palacio de Suuremõisa con sus leyendas, campos de lavanda, bosques silenciosos y pueblos donde el tiempo transcurre a otro ritmo. Hiiumaa es la Estonia insular más serena y auténtica, un lugar para desacelerar y dejarse llevar por la calma del Báltico.