El nombre que hoy lleva uno de los parques más famosos del mundo nació, en realidad, de un malentendido: 'Yosemite' era como los pueblos vecinos llamaban —con temor— a la gente que vivía en el valle, no como esa gente se llamaba a sí misma. Ellos se decían ahwahneechee, y a su valle lo llamaban Ahwahnee. Durante miles de años ese cañón de granito fue su hogar. Los ahwahneechee eran de raíz miwok con influencia paiute del lado este de la Sierra, y el nombre Ahwahnee suele traducirse como 'lugar de la boca abierta', asociado a la forma del valle. Vivían de la caza, la pesca en el río Merced y, sobre todo, de la recolección y procesamiento de las bellotas de roble, base de su alimentación, además de mantener el paisaje mediante quemas controladas que conservaban abiertas las praderas.
La palabra 'Yosemite' proviene en realidad de un término de los pueblos vecinos para referirse a los habitantes del valle, vinculado posiblemente a 'los que matan' o a la presencia del oso pardo (grizzly); los propios ahwahneechee no se llamaban así a sí mismos. Los colonos angloamericanos tomaron ese nombre y lo aplicaron al valle, fijándolo para la posteridad. Es un caso típico en que el topónimo que triunfó nació de un malentendido o de la perspectiva ajena.
La vida de los ahwahneechee se vio brutalmente alterada con la llegada masiva de buscadores de oro a California a partir de 1849. La presión sobre sus tierras y los recursos, sumada a los conflictos, desembocó en su desplazamiento. Hoy sus descendientes mantienen viva su identidad y su memoria, y el National Park Service reconoce y difunde la larga presencia indígena en el valle, recordando que Yosemite fue un territorio habitado mucho antes de ser un parque.
El choque entre el mundo de los ahwahneechee y la expansión estadounidense se precipitó con la fiebre del oro de California. La llegada de decenas de miles de mineros a las estribaciones de la Sierra Nevada generó tensiones y conflictos con los pueblos indígenas, que veían invadidos sus territorios. Para 'pacificar' la región, en 1851 se organizó el Mariposa Battalion, una milicia que persiguió a los grupos indígenas hasta el interior de las montañas.
Fue así como, en marzo de 1851, este batallón entró en el Valle de Yosemite, en lo que suele citarse como el primer ingreso documentado de hombres blancos al valle. Uno de sus integrantes, el doctor Lafayette Bunnell, quedó tan impresionado por la grandeza del paisaje que propuso bautizarlo con el nombre que él creía designaba a la tribu. La operación militar formó parte del proceso de desplazamiento de los ahwahneechee de su valle ancestral.
La noticia de un valle de belleza extraordinaria, con paredes verticales de granito y cascadas colosales, se difundió rápidamente. En pocos años empezaron a llegar los primeros turistas, artistas y empresarios. Pintores de la escuela paisajista, como Albert Bierstadt, y fotógrafos pioneros, como Carleton Watkins, plasmaron Yosemite en imágenes que asombraron al país y a Europa, convirtiendo al valle en un símbolo de la grandeza natural del oeste americano y sembrando la semilla de su futura protección.
El espectáculo de granito que hoy deja sin aliento tardó más de cien millones de años en formarse, y su historia se cuenta en dos grandes capítulos: fuego y hielo. El primero empezó en las profundidades. Hace más de 100 millones de años, durante el período Cretácico, enormes masas de magma se enfriaron lentamente varios kilómetros bajo la superficie y cristalizaron en granito, formando gigantescos plutones (batolitos). El granito de El Capitan se solidificó hace unos 108 millones de años, y el de Half Dome, el más joven del valle, hace unos 87 millones. Durante decenas de millones de años, la erosión fue arrancando las rocas que cubrían esos plutones, y el levantamiento de la Sierra Nevada los fue empujando hacia arriba, hasta dejar el granito expuesto al aire.
El segundo capítulo, el que talló las formas que vemos, fue obra del hielo. Durante las glaciaciones del Pleistoceno (aproximadamente entre 2,5 millones y 12.000 años atrás), enormes glaciares descendieron una y otra vez por los antiguos valles fluviales de la zona. El hielo, de cientos de metros de espesor, actuó como una lija colosal: ensanchó y profundizó el cañón, transformando su perfil en forma de 'V' de río en el característico perfil en 'U' de fondo plano y paredes verticales que hoy tiene el Valle de Yosemite. Los glaciares pulieron y arrancaron bloques de las paredes, dejando muros casi lisos como el de El Capitan.
El Half Dome, con su enigmática cara cortada, es el ejemplo más famoso de esta doble acción. Contra la creencia popular, no le falta 'la otra mitad': su forma redondeada en la cima se debe a un proceso llamado exfoliación (la roca se descascara en capas curvas, como una cebolla), porque esa cumbre nunca fue cubierta por el hielo; los glaciares, en cambio, sí recorrieron y empinaron sus laderas. Entender esta historia de fuego y hielo transforma la visita: cada pared, cada cúpula y cada cascada de Yosemite es una página de un relato geológico de cien millones de años.
En el siglo XX, las mismas paredes de granito que asombraron a los pioneros convirtieron a Yosemite en la capital mundial de la escalada en roca, y en escenario de algunas de las hazañas más célebres del alpinismo. La gran pared de El Capitan, casi 900 metros de granito casi vertical, era considerada inescalable. Hasta que, en 1958, el escalador Warren Harding, junto a Wayne Merry y George Whitmore, logró la primera ascensión de la ruta The Nose ('la Nariz'), la arista central de El Capitan. Les llevó 45 días de escalada repartidos en varias temporadas, clavando cuñas y fijando cuerdas al estilo himalayo. Fue un antes y un después: demostró que las grandes paredes ('big walls') se podían escalar.
Desde entonces, Yosemite fue el laboratorio donde se inventó la escalada moderna de grandes paredes, con una comunidad de escaladores bohemios que acampaban en el mítico Camp 4 (hoy reconocido por su valor histórico) y empujaban los límites de lo posible década tras década. El punto culminante llegó en enero de 2015, cuando Tommy Caldwell y Kevin Jorgeson completaron la primera ascensión en libre (free climbing, usando la cuerda solo como seguro, no para avanzar) de la Dawn Wall, una sección de El Capitan considerada la pared grande más difícil del mundo. Escalaron de noche, en pleno invierno, durante 19 días viviendo colgados de la pared, y su hazaña dio la vuelta al mundo.
Esta épica vertical se hizo mundialmente famosa gracias a documentales como 'Free Solo' (2018, ganador del Óscar), sobre la ascensión de Alex Honnold a El Capitan sin cuerdas ni protección, y 'The Dawn Wall'. Hoy, mirar hacia arriba desde el prado de El Capitan y descubrir las diminutas figuras de los escaladores —y sus luces de noche— es una de las estampas más emocionantes de Yosemite, y la prueba viva de que el parque sigue siendo el corazón de la escalada mundial.
La fama del valle y la preocupación por su preservación frente a la explotación comercial dieron lugar a un hito en la historia de la conservación mundial. En 1864, en plena Guerra Civil, el presidente Abraham Lincoln firmó la Yosemite Grant, una ley que cedía el Valle de Yosemite y la arboleda de secuoyas de Mariposa Grove al estado de California para que los preservara para 'uso público, recreo y disfrute'. Fue la primera vez que un gobierno protegía tierras por su valor escénico para el goce de la gente, sentando un precedente decisivo para el concepto de parque nacional.
Unos años más tarde, el naturalista escocés-estadounidense John Muir llegó a Yosemite y quedó fascinado por su geología y su naturaleza. Muir vivió y caminó incansablemente por estas montañas, escribió sobre ellas con una prosa apasionada, desarrolló teorías sobre el origen glaciar del valle (acertadas, frente a quienes lo atribuían a un cataclismo) y se convirtió en el gran apóstol de su protección. Su activismo fue clave para ampliar la conservación más allá del valle.
Gracias en buena parte a la campaña de John Muir y de la revista Century, en 1890 el Congreso de Estados Unidos creó el Parque Nacional Yosemite, que protegía la alta montaña y los bosques que rodeaban el valle (todavía bajo administración estatal). En 1906, tras nuevas gestiones, el valle y Mariposa Grove se reincorporaron al parque nacional bajo administración federal, unificando la protección. En 1916 se creó el National Park Service, que desde entonces administra Yosemite junto con el resto de los parques del país.
Un episodio amargo de esa historia fue la construcción de la represa de Hetch Hetchy, en un valle gemelo del de Yosemite dentro del parque, para abastecer de agua a San Francisco. Pese a la feroz oposición de Muir y los conservacionistas, la represa se aprobó en 1913 e inundó aquel valle. La batalla por Hetch Hetchy se convirtió en un símbolo del movimiento ambientalista y de los límites de la idea de parque nacional.
A lo largo del siglo XX, Yosemite se consolidó como uno de los parques más visitados y queridos de Estados Unidos, escenario además de la edad de oro de la escalada en El Capitan y Half Dome. En 1984 fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en reconocimiento a su valor geológico y natural. Hoy, con millones de visitantes al año, el gran desafío del parque es equilibrar ese enorme atractivo con la preservación del paisaje, lo que ha llevado a sistemas de reservas y de transporte para proteger un lugar que sigue dejando sin aliento a quien lo recorre.