En 1957, dos hombres subieron a pie, con pieles de foca bajo los esquís, una montaña sin nombre del centro de Colorado. Cuando llegaron a la cima y miraron hacia el sur, se quedaron sin palabras: a sus pies se abrían kilómetros y kilómetros de circos de nieve virgen, inmensos y sin un solo árbol. Uno de ellos, un veterano de la guerra llamado Pete Seibert, llevaba toda la vida buscando exactamente eso. Aquellos circos serían los legendarios Back Bowls, y aquella montaña anónima se convertiría, cinco años después, en Vail: la única gran estación de esquí de Norteamérica construida enteramente de la nada, sin ciudad minera de la que partir. Pero para llegar a esa cima, la historia había empezado un siglo antes.
El valle donde hoy se levanta Vail recibe su nombre de Gore Creek y el Gore Range, en recuerdo de Sir St. George Gore, un aristócrata irlandés que organizó en los años 1850 una desmesurada expedición de caza por la región. Antes, estas montañas eran territorio del pueblo ute, que las recorría en sus desplazamientos estacionales. Durante la fiebre minera de Colorado, el cercano pueblo de Minturn surgió como nudo ferroviario, pero el propio valle de Gore permaneció en buena medida despoblado, dedicado al pastoreo y la caza.
El episodio que cambiaría su destino ocurrió durante la Segunda Guerra Mundial. A pocos kilómetros, en Camp Hale, el Ejército de Estados Unidos entrenó a la 10.ª División de Montaña, una unidad de soldados esquiadores y escaladores preparados para el combate en terreno alpino. Muchos de ellos quedaron prendados de las montañas de Colorado.
Uno de aquellos soldados, Pete Seibert, conservó durante años el sueño de crear una gran estación de esquí. Tras la guerra trabajó en estaciones de Europa y Estados Unidos aprendiendo el oficio, sin perder de vista la idea de encontrar 'su' montaña en las Rocosas.
El sueño se concretó gracias al encuentro de Pete Seibert con Earl Eaton, un ranchero y prospector local que conocía estas montañas palmo a palmo. En 1957, Eaton llevó a Seibert a ascender una montaña sin nombre del valle de Gore. Desde la cima, al ver los inmensos circos abiertos de la cara sur —los futuros Back Bowls—, Seibert comprendió que había encontrado por fin el lugar que buscaba.
Los años siguientes fueron de discreción y dificultades: para evitar que se disparara el precio del terreno, Seibert mantuvo el proyecto casi en secreto y constituyó una sociedad para comprar las tierras y obtener los permisos del bosque nacional. Reunir el capital fue una odisea, pero finalmente la estación se construyó a toda prisa.
Vail abrió sus puertas en diciembre de 1962, con apenas una góndola, dos telesillas y un puñado de edificios. El nombre, 'Vail', procede del Vail Pass, el puerto de la zona bautizado a su vez en honor a Charles Vail, el ingeniero que había trazado la carretera en los años 1930. Era una estación nacida de cero, sin pasado minero, pensada íntegramente para el esquí.
El éxito fue casi inmediato. Vail creció a un ritmo asombroso a lo largo de los años 60 y 70, sumando remontes, pistas y servicios, y abriendo poco a poco los legendarios Back Bowls, que pronto la convirtieron en una referencia mundial del esquí en grandes espacios. La inauguración del túnel Eisenhower y la mejora de la autopista interestatal I-70 la conectaron de forma rápida con Denver, lo que multiplicó su accesibilidad.
Para la base se eligió un estilo deliberadamente europeo: Vail Village se diseñó imitando los pueblos alpinos del Tirol, con calles peatonales adoquinadas, edificios de tejados a dos aguas, frescos y una torre de reloj. No era un casco histórico real, sino una ambientación cuidada que daba a la estación un carácter acogedor y distintivo. Más tarde se sumó Lionshead como segunda base.
En 1976, coincidiendo con el centenario de Colorado, Vail recibió un espaldarazo de prestigio cuando el presidente Gerald R. Ford eligió la villa como residencia de vacaciones; su vínculo con el lugar quedó inmortalizado en el Gerald R. Ford Amphitheater y los Betty Ford Alpine Gardens, dedicados a su esposa.
Con el paso de las décadas, Vail no solo se consolidó como una de las mayores estaciones de Norteamérica por superficie esquiable, sino que dio origen a una de las grandes empresas del sector. La compañía operadora, Vail Resorts, fue creciendo mediante adquisiciones hasta controlar decenas de estaciones en Estados Unidos, Canadá, Australia y Europa, y popularizó el modelo del forfait de temporada multiestación con el Epic Pass.
La propia montaña siguió ampliándose. En el año 2000 se inauguró Blue Sky Basin, una nueva zona boscosa más allá de los Back Bowls que añadió terreno de aventura. Vail acogió además grandes acontecimientos deportivos, como los Campeonatos del Mundo de Esquí Alpino de la FIS en 1989, 1999 y 2015, que reforzaron su prestigio internacional.
No todo fue armonioso: en 1998, un incendio provocado por activistas radicales del Earth Liberation Front destruyó varias instalaciones de la cumbre en protesta por la expansión hacia Blue Sky Basin, uno de los actos de 'ecoterrorismo' más sonados de la historia reciente de Estados Unidos. La estación se reconstruyó y siguió creciendo.
En la actualidad, Vail es uno de los destinos de esquí más populares y prestigiosos del mundo, con un dominio inmenso, una infraestructura de remontes y servicios de primer nivel y una villa que combina lujo accesible con ambiente alpino. El Epic Pass ha cambiado la economía del esquí, permitiendo a los aficionados recorrer muchas estaciones con un único forfait, aunque también ha alimentado debates sobre las aglomeraciones y la masificación.
Como otras estaciones de montaña, Vail afronta los retos de la vivienda asequible para sus trabajadores —que en gran parte viven en los pueblos del valle, como Avon, Edwards o Minturn— y del cambio climático, que amenaza la fiabilidad de las temporadas de nieve y ha empujado a la estación a invertir en sostenibilidad y en su oferta estival.
Porque Vail es cada vez más un destino de todo el año: el verano atrae a senderistas, ciclistas, golfistas y aficionados a la cultura, con festivales de danza y música clásica en el anfiteatro Ford. De aquel valle casi vacío que dos visionarios descubrieron desde una cima sin nombre, ha surgido en apenas seis décadas uno de los grandes iconos de la montaña estadounidense.