Al pie de un cerro de roca volcánica negra, junto a un río que hoy corre seco casi todo el año, hay un pedazo de tierra donde alguien plantó maíz hace más de 4.000 años, y donde no se dejó de cultivar desde entonces. Es uno de los sitios de agricultura continua más antiguos de toda Norteamérica, y está a pocos minutos del centro de Tucson. Esa profundidad —milenios de gente sembrando en el desierto— es la clave para entender por qué esta ciudad de Arizona, tan latina y tan indígena, terminó siendo la primera Ciudad de la Gastronomía que la UNESCO nombró en Estados Unidos.
La historia de Tucson se hunde mucho más atrás que la de cualquier ciudad colonial: el valle del río Santa Cruz, donde hoy se asienta la ciudad, ha estado habitado de forma continua durante miles de años, lo que convierte a Tucson en uno de los lugares con ocupación humana más prolongada de Estados Unidos. Las excavaciones arqueológicas en torno al cerro 'A' (Sentinel Peak) han revelado vestigios de agricultura temprana que se cuentan entre los más antiguos del actual territorio estadounidense.
Entre los pueblos que dejaron una huella profunda están los hohokam, una cultura que floreció en el desierto de Sonora y que destacó por su ingeniería hidráulica: construyeron extensas redes de canales para regar maíz, frijol y calabaza en un entorno árido, demostrando que el desierto podía sostener comunidades agrícolas. Los hohokam declinaron antes de la llegada de los europeos, dejando atrás restos de aldeas y plataformas.
A los hohokam les sucedieron los pueblos o'odham, en particular los tohono o'odham ('gente del desierto') y los akimel o'odham ('gente del río'), descendientes culturales de aquella tradición. El propio nombre de la ciudad deriva de una palabra o'odham, 'Chuk Shon', que alude a la base oscura del cerro Sentinel Peak. Aún hoy la nación tohono o'odham mantiene una reservación al sur de la ciudad, donde se levanta la misión de San Xavier, y su cultura, su lengua y su gastronomía siguen siendo parte viva de la identidad de Tucson.
La presencia europea en el valle empezó a finales del siglo XVII con el misionero jesuita Eusebio Francisco Kino, que recorrió la región conocida como la Pimería Alta evangelizando a los pueblos o'odham y fundando misiones. A él se debe el inicio de la misión de San Xavier del Bac, al sur del actual Tucson, cuya espléndida iglesia barroca —la 'Paloma Blanca del Desierto'— se terminaría a fines del siglo XVIII y es hoy uno de los grandes monumentos coloniales de Estados Unidos.
El hito fundacional de la ciudad llegó en 1775, cuando las autoridades de Nueva España establecieron el Presidio San Agustín del Tucsón, un fuerte militar destinado a proteger la frontera norte del virreinato frente a los ataques apaches y a afianzar el control español de la región. En torno a ese presidio fue creciendo el asentamiento que daría origen a la ciudad. Por eso Tucson reivindica ser una de las ciudades de fundación europea más antiguas del suroeste.
La vida en aquella frontera era dura: el presidio era un puesto remoto del imperio, expuesto a las incursiones apaches y dependiente de las misiones y los ranchos cercanos. La cultura que se forjó allí —hispana, católica, ganadera y mestizada con los pueblos indígenas— sentó las bases de la identidad latina que Tucson conserva hasta hoy, mucho más marcada que en otras ciudades del suroeste estadounidense.
Cuando México logró su independencia de España en 1821, Tucson pasó a formar parte del territorio mexicano, como punto avanzado del norte del joven país. Durante esas décadas siguió siendo un pequeño asentamiento fronterizo de raíz hispana, alejado de los grandes centros de poder y siempre en tensión con los apaches de la región.
El cambio decisivo llegó en 1854 con la Compra de Gadsden (Venta de La Mesilla), un tratado por el cual México vendió a Estados Unidos una franja de territorio al sur del río Gila, en lo que hoy son el sur de Arizona y Nuevo México. Tucson quedó así, casi de un día para otro, en suelo estadounidense, aunque su población y su cultura seguían siendo abrumadoramente mexicanas. El traspaso formal se concretó en 1856.
Bajo soberanía estadounidense, Tucson vivió un período turbulento durante la Guerra de Secesión —llegó a ser brevemente capital confederada del territorio de Arizona— y, sobre todo, un crecimiento ligado a la llegada del ferrocarril Southern Pacific en 1880, que la conectó con el resto del país. La ciudad fue capital del Territorio de Arizona durante un tiempo y, aunque luego cedió ese rol a Phoenix, consolidó su papel como centro del sur de Arizona. La mezcla de lo mexicano, lo indígena y lo angloamericano que se forjó en esos años sigue siendo el sello distintivo de Tucson.
El siglo XX transformó a Tucson de pueblo fronterizo en una ciudad universitaria y científica. La Universidad de Arizona, fundada en 1885, se convirtió en motor de la economía y la cultura locales, con prestigio en astronomía —favorecida por los cielos despejados del desierto y los observatorios de las montañas cercanas, como el de Kitt Peak— y en estudios del desierto. El clima seco y soleado atrajo también, desde temprano, a personas que buscaban tratar enfermedades respiratorias, y más tarde a jubilados y turistas de invierno.
La Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría dejaron una fuerte huella militar: la base aérea Davis-Monthan, con su célebre 'cementerio de aviones' (el Boneyard) donde se almacenan miles de aeronaves en el aire seco del desierto, se volvió un emblema de la ciudad. La población creció rápidamente en la segunda mitad del siglo, impulsada por el aire acondicionado, que hizo más habitable el verano desértico.
En 2015, la UNESCO nombró a Tucson Ciudad de la Gastronomía, la primera de Estados Unidos, en reconocimiento a su larga tradición agrícola en el desierto, a la herencia culinaria o'odham y mexicana, y a la vitalidad de su escena gastronómica actual. Ese título resume bien lo que es la Tucson de hoy: una ciudad que abraza su identidad desértica, hispana e indígena, y que ha convertido siglos de historia fronteriza en uno de sus mayores atractivos.