Antes de ser un parque, estas montañas fueron un hogar del que hubo que irse a la fuerza. Detrás del tranquilo paisaje de bosques y miradores de Shenandoah se esconde una de las historias más incómodas del sistema de parques nacionales de Estados Unidos: la de cientos de familias de montañeses expulsadas de sus laderas para que el resto del país pudiera tener una postal de naturaleza a un paso de la capital. Pero para entender eso, primero hay que mirar las propias montañas, que llevan aquí desde mucho antes que cualquier ser humano.
El Parque Nacional Shenandoah se asienta sobre las montañas Blue Ridge, una de las cadenas de los antiquísimos montes Apalaches, que recorren el este de Estados Unidos. Son montañas geológicamente muy viejas —entre las más antiguas del planeta—, erosionadas durante cientos de millones de años hasta adoptar su perfil suave y redondeado, cubierto de densos bosques. El nombre 'Blue Ridge' ('cresta azul') alude a la tonalidad azulada que adquieren las montañas vistas a la distancia, por la bruma que desprende la vegetación.
Mucho antes de la llegada de los europeos, estas montañas y el fértil valle de Shenandoah que se extiende a sus pies eran territorio de pueblos originarios, que cazaban, pescaban y recorrían la región. El propio nombre 'Shenandoah' tiene raíz indígena y, según la tradición, suele traducirse de maneras poéticas como 'hija de las estrellas', aunque su origen y significado exactos son objeto de debate.
Tras la colonización europea, el valle de Shenandoah se pobló de granjas y comunidades, mientras que las laderas altas de las Blue Ridge —más abruptas y aisladas— fueron ocupadas por familias de montañeses que vivían de pequeñas chacras, la ganadería, la caza y los recursos del bosque, en un modo de vida apartado y autosuficiente que perduraría hasta entrado el siglo XX.
A comienzos del siglo XX, los grandes parques nacionales de Estados Unidos —Yellowstone, Yosemite, el Gran Cañón— estaban casi todos en el lejano oeste, lejos de la densa población del este del país. En los años veinte surgió la idea de crear un gran parque nacional accesible para los millones de habitantes de la costa este, en las montañas Apalaches, a poca distancia de ciudades como Washington.
Una comisión de estudio del Departamento del Interior recorrió posibles ubicaciones y recomendó las montañas Blue Ridge de Virginia, por su belleza, su cercanía a la capital y su potencial recreativo. El Congreso autorizó la creación del Parque Nacional Shenandoah, pero con una particularidad importante: a diferencia de los parques del oeste, creados sobre tierras públicas, este debía formarse a partir de tierras que en su mayoría eran de propiedad privada. La responsabilidad de adquirir esos terrenos recayó en el estado de Virginia, que luego los donaría al gobierno federal.
Esa decisión, que parecía un detalle administrativo, tendría profundas consecuencias humanas. Las montañas elegidas no estaban vacías: en ellas vivían cientos de familias en sus granjas y comunidades, cuyo destino quedó atado al proyecto del parque. La creación de Shenandoah sería, por eso, uno de los procesos más controvertidos en la historia de los parques nacionales del este.
El lado más doloroso de la creación de Shenandoah fue el desplazamiento de las familias que vivían en las montañas. Para formar el parque, el estado de Virginia adquirió las tierras —en muchos casos mediante expropiaciones forzosas y, donde fue necesario, condena judicial—, y cientos de familias de montañeses tuvieron que abandonar los hogares y las granjas que habían ocupado durante generaciones.
A estas comunidades se las retrató a menudo, en la época, con prejuicio y desde la mirada urbana, como gente atrasada y aislada, lo que se usó en parte para justificar su remoción. La realidad era más compleja: eran comunidades con sus propias formas de vida, cultura y arraigo a la tierra. Algunos residentes resistieron, otros negociaron, y a un puñado de ancianos se les permitió permanecer en sus casas hasta su muerte, pero la gran mayoría fue reubicada en asentamientos y tierras fuera del parque.
Con el tiempo, los pueblos, las granjas, las casas y las iglesias que habían existido en las montañas desaparecieron o quedaron en ruinas, reabsorbidos por el bosque. Hoy el National Park Service reconoce y documenta esta historia: cementerios, cimientos y restos diseminados por el parque recuerdan a las comunidades que vivieron allí, y su memoria forma parte del relato del lugar, junto al de su naturaleza.
Buena parte de la construcción del Parque Nacional Shenandoah se llevó a cabo durante la Gran Depresión, en los años treinta, y quedó estrechamente ligada al New Deal del presidente Franklin D. Roosevelt. Un protagonista clave fue el Civilian Conservation Corps (CCC), el cuerpo de jóvenes trabajadores creado para dar empleo durante la crisis a la vez que se desarrollaban obras de conservación. En Shenandoah, los campamentos del CCC construyeron senderos, miradores, áreas de picnic, instalaciones y buena parte de la infraestructura del parque.
La obra emblemática fue la Skyline Drive, la carretera panorámica que recorre la cresta de las montañas. Su construcción, iniciada incluso antes del establecimiento oficial del parque, fue una proeza de ingeniería que abrió las montañas Blue Ridge al automóvil y convirtió la contemplación del paisaje en una experiencia accesible para millones de visitantes. El propio Roosevelt impulsó este tipo de obras como motor de empleo y de disfrute público de la naturaleza.
Finalmente, tras años de adquisición de tierras y construcción, el Parque Nacional Shenandoah fue establecido oficialmente en 1935 y dedicado por el presidente Franklin D. Roosevelt en una ceremonia en 1936. Nacía así el gran parque nacional del este que se había soñado en los años veinte, fruto de un proceso lleno de logros y también de heridas.
Una de las historias más notables de Shenandoah es la de su propia recuperación. Cuando se creó el parque, buena parte de sus montañas habían sido deforestadas, cultivadas o degradadas por siglos de uso humano: granjas, pastoreo, tala y agricultura. Con la salida de las comunidades y la protección del territorio, la naturaleza fue reconquistando el terreno: los bosques de robles, arces, abedules y otras especies volvieron a cubrir las laderas, y la fauna —ciervos, osos negros, pavos salvajes y multitud de aves— se recuperó con fuerza. Hoy el parque es citado como un ejemplo de regeneración de un ecosistema.
Gran parte del parque está protegida como área silvestre (wilderness), y lo recorre un largo tramo del Appalachian Trail, el mítico sendero que va de Georgia a Maine. Esa combinación de naturaleza recuperada, senderos, cascadas y miradores, sumada a su cercanía a Washington D. C. y a la costa este, lo convirtió en uno de los parques nacionales más visitados y queridos del país.
El Parque Nacional Shenandoah encarna así una doble lección: la belleza y el valor de conservar la naturaleza para el disfrute de todos, y la memoria de las comunidades que fueron desplazadas para crearlo. El National Park Service mantiene viva ambas dimensiones, contando tanto la historia natural como la humana de estas montañas Blue Ridge que hoy vuelven a respirar bosque.