Mucho antes de la llegada de los colonos estadounidenses, la región del Puget Sound, donde hoy se levanta la ciudad, estaba habitada por pueblos originarios de la costa noroeste del Pacífico, principalmente los duwamish y los suquamish, junto a otros grupos de la zona. Estos pueblos vivían de la extraordinaria riqueza del entorno: pescaban (sobre todo salmón, un alimento central de su cultura), recolectaban mariscos, cazaban y aprovechaban los inmensos bosques. Tenían una rica cultura, con sus casas comunales de madera, sus canoas, su arte y sus tradiciones, adaptada a un territorio de aguas, bosques y montañas.
Una figura clave de aquel período fue el jefe Si'ahl (castellanizado y anglicanizado como 'Seattle'), líder de los duwamish y suquamish a mediados del siglo XIX, en la época en que llegaron los primeros colonos. El jefe Seattle mantuvo relaciones (de convivencia, comercio y también de creciente tensión) con los recién llegados, y es recordado como una figura de cierta sabiduría y dignidad. En su honor, la ciudad tomó su nombre, un caso relativamente inusual de una gran urbe estadounidense bautizada en homenaje a un jefe indígena.
Como en toda la colonización del oeste, la llegada de los colonos trajo consigo el despojo de las tierras, las enfermedades y los conflictos que afectaron gravemente a los pueblos originarios, desplazados de su territorio ancestral. Hoy, los duwamish, los suquamish y otros pueblos de la región mantienen viva su identidad, y el legado indígena pervive en el nombre de la ciudad y en la memoria de sus primeros habitantes.
Los primeros colonos estadounidenses llegaron a la zona a comienzos de la década de 1850, estableciendo un asentamiento junto al Puget Sound que pronto adoptó el nombre de Seattle. La economía de la joven población se basó desde el principio en su mayor recurso: los inmensos bosques que la rodeaban. La industria maderera (la tala y el aserrado de árboles, exportados por su puerto) fue el primer gran motor de Seattle, que creció como un pueblo maderero y portuario en el extremo noroeste del país.
La ciudad fue creciendo gracias a su excelente puerto natural y a su posición estratégica. Pero en 1889 sufrió una catástrofe: el Gran Incendio de Seattle destruyó la mayor parte del centro comercial, construido en gran medida de madera. Como en el caso de otras ciudades (Chicago), el desastre fue también una oportunidad: la ciudad se reconstruyó rápidamente, esta vez con sólidos edificios de ladrillo y piedra (los que hoy se ven en Pioneer Square).
La reconstrucción dejó, además, una curiosidad única: para resolver problemas de inundaciones y mareas, las calles del centro se reconstruyeron a un nivel más alto que el original, lo que dejó las antiguas plantas bajas y veredas enterradas bajo las nuevas calles. Ese laberinto soterrado es la famosa 'Seattle subterránea' (Seattle Underground), que hoy se visita en tours. La ciudad, lejos de hundirse, salió fortalecida del incendio.
El acontecimiento que catapultó a Seattle de pueblo maderero a ciudad pujante fue, curiosamente, una fiebre del oro que no ocurría en Seattle, sino muy al norte: la Fiebre del Oro de Klondike, en el territorio del Yukón (en Canadá, cerca de Alaska), que estalló en 1897-1898. Cuando se descubrió oro en aquellas remotas tierras del norte, decenas de miles de personas se lanzaron en una desesperada carrera hacia el Klondike en busca de fortuna.
Seattle supo aprovechar magistralmente la oportunidad: gracias a su puerto y su ubicación, se convirtió en el principal punto de partida y abastecimiento de los buscadores de oro que viajaban al norte. La ciudad se promocionó agresivamente como 'la puerta de entrada al Klondike' (the Gateway to the Klondike), y miles de aventureros pasaron por ella para equiparse (las autoridades canadienses exigían llevar una tonelada de provisiones) y embarcarse hacia Alaska y el Yukón. Los comerciantes de Seattle hicieron fortuna vendiendo equipo, provisiones y servicios a aquella multitud.
La Fiebre del Oro de Klondike disparó el crecimiento, la población y la economía de Seattle de forma espectacular, consolidándola como la gran metrópoli del noroeste del Pacífico. La ciudad celebró su nuevo estatus con la Exposición Alaska-Yukón-Pacífico de 1909, una feria mundial que mostró su prosperidad. Aquel rol de puerta hacia el norte (Alaska) y de gran puerto sería duradero.
El siglo XX consolidó a Seattle como un centro industrial y de innovación, ligado especialmente a la aviación. En 1916, William Boeing fundó en la ciudad la compañía que llevaría su nombre, y Boeing se convirtió con el tiempo en uno de los mayores fabricantes de aviones del mundo y en el gran motor económico de Seattle durante buena parte del siglo. La industria aeronáutica (impulsada además por la producción durante las guerras mundiales) hizo de la ciudad un importante centro tecnológico e industrial, y le dio una fuerte identidad ligada al vuelo (hoy reflejada en el excelente Museum of Flight). La economía de la ciudad llegó a depender tanto de Boeing que sus altibajos se sentían en toda la región.
En 1962, Seattle organizó la Exposición Universal (la 'Century 21 Exposition'), una feria mundial dedicada al futuro, la ciencia y el espacio (en plena carrera espacial). El evento dejó a la ciudad su legado más visible y su símbolo eterno: la Space Needle, la futurista torre construida para la feria, que desde entonces domina el skyline. También quedaron el Seattle Center (el recinto de la feria, hoy un complejo cultural) y el histórico monorraíl. La feria proyectó a Seattle al mundo y le dio una imagen moderna y orientada al futuro.
La ciudad mantuvo además su carácter de gran puerto del Pacífico, con un intenso comercio marítimo con Asia, aprovechando su posición como uno de los puertos estadounidenses más cercanos al continente asiático. Industria, aviación, comercio y un creciente perfil tecnológico definieron el Seattle del siglo XX.
A fines del siglo XX, Seattle dio al mundo dos fenómenos culturales que la harían mundialmente famosa más allá de la industria. El primero fue el grunge: a comienzos de los años 90, de la escena musical alternativa de Seattle surgieron bandas como Nirvana, Pearl Jam, Soundgarden y Alice in Chains, que con su sonido crudo y su estética desaliñada revolucionaron el rock mundial y convirtieron a la ciudad en el epicentro de un movimiento generacional. (Décadas antes, Seattle ya había sido la ciudad natal de Jimi Hendrix). El segundo fenómeno fue el café: aquí nació Starbucks (en 1971, en el Pike Place Market) y, sobre todo, floreció una intensa cultura del café de especialidad que se expandiría por todo el planeta. Seattle se volvió sinónimo de música alternativa y de buen café.
Pero la transformación más profunda fue económica: Seattle se convirtió en uno de los mayores polos tecnológicos del mundo. En la cercana Redmond, Microsoft (fundada por Bill Gates y Paul Allen, oriundos de la zona) se transformó en un gigante mundial del software. Y a comienzos del siglo XXI, Amazon estableció en la propia Seattle su sede, creciendo hasta convertirse en una de las mayores empresas del planeta y transformando la ciudad. A ellas se sumaron muchas otras empresas tecnológicas. Este boom atrajo a una enorme cantidad de talento y capital, generando una gran prosperidad.
Ese crecimiento tecnológico transformó el rostro de la ciudad —con nuevos rascacielos, barrios renovados y una población creciente—, pero también trajo desafíos como el encarecimiento de la vivienda y la desigualdad. Hoy Seattle es una próspera y dinámica metrópoli, capital del noroeste del Pacífico, que combina su potente sector tecnológico con su identidad de ciudad de agua y montaña, su cultura del café y la música, y su acceso privilegiado a algunos de los paisajes naturales más espectaculares del país. Una ciudad verde, creativa e innovadora.