En diciembre de 1864, un general que acababa de arrasar Georgia a sangre y fuego llegó a las puertas de Savannah y, en lugar de incendiarla, se la 'regaló' por telegrama al presidente Lincoln como obsequio de Navidad. Ese gesto insólito salvó de las llamas una de las ciudades más hermosas de Estados Unidos y explica por qué hoy, más de un siglo y medio después, Savannah sigue en pie con sus plazas, sus robles y sus mansiones casi intactas. Pero para entender cómo llegó a existir esa ciudad hay que remontarse mucho antes, a un desembarco de 1733.
Savannah nació el 12 de febrero de 1733, cuando el general y filántropo británico James Oglethorpe desembarcó en lo alto de un acantilado junto al río Savannah con un grupo de colonos y fundó allí el primer asentamiento de la nueva colonia de Georgia, la decimotercera y última de las colonias británicas en lo que serían los Estados Unidos. Georgia fue concebida con un propósito singular: dar una nueva oportunidad a los pobres y deudores de Inglaterra, y servir de barrera defensiva entre las prósperas Carolinas y la Florida española.
Lo más perdurable del proyecto de Oglethorpe fue su plano urbano. Diseñó Savannah según un sistema reticular innovador, organizado en torno a 'wards' (barrios), cada uno con una plaza central ajardinada (square) rodeada de lotes para viviendas y edificios públicos. Este trazado ordenado y humano, con sus plazas como espacios comunitarios, se fue replicando a medida que la ciudad crecía, y sobrevive hoy como uno de los ejemplos de urbanismo colonial mejor conservados del mundo: de las 24 plazas originales, aún se mantienen 22.
En sus primeros años, la colonia tuvo reglas inusuales: se prohibieron el ron y la esclavitud. Sin embargo, esas prohibiciones no duraron: la presión económica de las plantaciones llevó a legalizar la esclavitud a mediados del siglo XVIII, lo que marcaría profundamente la historia social y económica de Savannah y de toda Georgia durante el siglo siguiente.
Antes de la llegada de Oglethorpe, el promontorio donde se fundó Savannah era territorio de los yamacraw, un pequeño grupo indígena de la familia lingüística muscogee (creek) que se había asentado en la zona pocos años antes, en parte separado de las bandas creek más numerosas del interior. Su líder, el mico (jefe) Tomochichi, jugó un papel decisivo en el nacimiento de la ciudad: en lugar de resistir a los recién llegados, optó por establecer una alianza con Oglethorpe.
Tomochichi permitió a los colonos asentarse en el promontorio y actuó como intermediario y aliado durante los primeros años críticos de la colonia, facilitando el contacto con las naciones creek más amplias y ayudando a mantener una paz relativamente estable en una región disputada por británicos, españoles y franceses. En 1734 viajó incluso a Inglaterra junto a Oglethorpe, donde fue recibido por la corte real como un jefe aliado, un episodio célebre en las crónicas de la época.
Esa alianza inicial, sin embargo, no impidió el destino que sufrieron casi todos los pueblos originarios del sureste de Norteamérica: en las décadas siguientes, la expansión de las plantaciones y la presión colonial fueron desplazando a los muscogee y otras naciones de sus tierras ancestrales, un proceso que culminaría, ya en el siglo XIX, con las remociones forzadas hacia el oeste. Hoy Savannah recuerda a Tomochichi con un monumento en Wright Square, cerca del lugar donde, según la tradición, fue enterrado.
A lo largo del siglo XIX, Savannah se transformó en uno de los grandes puertos del sur de Estados Unidos, gracias sobre todo al comercio del algodón. La fertilidad de la región y la invención de la desmotadora de algodón —que, según la tradición, Eli Whitney concibió en una plantación cercana a Savannah en 1793— dispararon la producción de la fibra, que se exportaba al mundo desde sus muelles. Los antiguos almacenes de algodón a orillas del río, hoy convertidos en restaurantes y tiendas de River Street, dan testimonio de aquella prosperidad.
Esa riqueza, sin embargo, se sustentaba en el trabajo esclavo en las plantaciones de algodón y arroz de la región, en un sistema que definió la sociedad sureña. Savannah llegó a ser uno de los puertos por los que pasaba el comercio de personas esclavizadas. Las elegantes mansiones del casco histórico que hoy admiran los turistas fueron levantadas, en gran medida, sobre esa economía.
Durante la guerra de Secesión (1861-1865), Savannah fue un objetivo estratégico. En diciembre de 1864, el general unionista William T. Sherman culminó allí su devastadora 'Marcha al mar', que había arrasado Georgia. A diferencia de otras ciudades incendiadas en su avance, Sherman entró en Savannah sin destruirla y, en un célebre telegrama, la ofreció al presidente Abraham Lincoln como 'regalo de Navidad'. Esa decisión salvó de las llamas el extraordinario patrimonio arquitectónico de la ciudad, que ha llegado casi intacto hasta nuestros días.
Tras la guerra de Secesión y la abolición de la esclavitud, Savannah atravesó un largo período de relativo estancamiento económico que, paradójicamente, ayudó a preservar su patrimonio: con menos presión para reconstruir y modernizar, gran parte de la ciudad histórica quedó en pie, aunque deteriorada. A mediados del siglo XX, sin embargo, varias mansiones y edificios emblemáticos fueron demolidos, lo que alarmó a la ciudadanía.
La respuesta fue uno de los movimientos de preservación histórica más influyentes del país. En 1955, ante la inminente demolición del histórico mercado, un grupo de mujeres fundó la Historic Savannah Foundation, que comenzó a comprar, salvar y restaurar edificios amenazados. Gracias a ese esfuerzo pionero, el casco histórico de Savannah se conservó y, en 1966, fue declarado National Historic Landmark District, uno de los más grandes de Estados Unidos. La fundación de la Savannah College of Art and Design (SCAD) en 1978 sumó un nuevo impulso, al restaurar numerosos edificios históricos para uso académico.
Hoy Savannah combina su legado histórico con una vida cultural y gastronómica vibrante. Su atmósfera única —las plazas, los robles y el musgo español, las mansiones, los cementerios— la ha convertido en escenario de novelas y películas (como 'Forrest Gump' o 'Midnight in the Garden of Good and Evil') y en uno de los destinos turísticos más populares y románticos del sur. La ciudad mantiene viva, además, su herencia afroamericana y la cultura gullah/geechee de la costa, parte esencial de su identidad.