En 1680, mientras los colonos ingleses recién echaban raíces en la costa este, Santa Fe ya llevaba setenta años siendo la capital de una provincia española remota y áspera. Ese año ocurrió algo casi único en la historia de América: los pueblos indígenas se levantaron, sitiaron la ciudad y expulsaron a los españoles durante más de una década. Santa Fe es así una ciudad de récords y paradojas —la capital estatal más antigua de Estados Unidos, escenario de la rebelión indígena más exitosa del continente— y su historia empieza mucho antes de los turistas y las galerías de arte.
Cuando los españoles llegaron al norte de Nuevo México, el valle del río Santa Fe ya había estado habitado por pueblos indígenas durante siglos, con aldeas a lo largo de los ríos. Sobre ese territorio, el gobernador don Pedro de Peralta estableció hacia 1610 la villa de Santa Fe —cuyo nombre completo era 'La Villa Real de la Santa Fe de San Francisco de Asís'— como capital de la provincia de Nuevo México, en el extremo más septentrional del virreinato de Nueva España.
Esto convierte a Santa Fe en la capital estatal más antigua de Estados Unidos y en una de las ciudades de fundación europea más antiguas del país, anterior a muchas de las colonias inglesas de la costa este. La villa se organizó en torno a una plaza central, según el modelo urbano español, que era el punto final del Camino Real de Tierra Adentro, la larga ruta que la unía con Ciudad de México.
En ese mismo período se levantó el Palacio de los Gobernadores, sede del gobierno colonial, considerado el edificio público en uso continuo más antiguo de Estados Unidos. La colonia era remota, dura y dependiente del comercio por el Camino Real; la convivencia entre colonos españoles, misioneros franciscanos y los pueblos indígenas estuvo marcada por la evangelización forzada y la explotación del trabajo nativo, tensiones que pronto estallarían en una de las rebeliones indígenas más exitosas de la historia americana.
El episodio más dramático de la historia colonial de Santa Fe fue la Rebelión Pueblo (Pueblo Revolt) de 1680. Hartos de la imposición religiosa, los castigos y el trabajo forzado, los pueblos indígenas de Nuevo México se unieron en una insurrección coordinada bajo el liderazgo de un líder espiritual conocido como Popé (Po'pay), del pueblo de Ohkay Owingeh. Fue una rebelión notable por su éxito y su alcance: rara vez los pueblos originarios lograron una victoria tan completa frente a los colonizadores europeos.
Los rebeldes sitiaron Santa Fe, cortaron el agua y obligaron a los españoles a huir hacia el sur, hacia la zona de El Paso. Durante más de una década, los pueblos recuperaron el control de su territorio y de la propia capital, donde llegaron a transformar el Palacio de los Gobernadores. Fue uno de los pocos períodos en que un territorio colonizado volvió a manos indígenas.
La reconquista española llegó en 1692, liderada por don Diego de Vargas, que recuperó Santa Fe, en parte mediante negociación y en parte por la fuerza. La ciudad volvió a ser capital colonial, pero la experiencia de 1680 cambió las cosas: la administración española se volvió algo más tolerante con las prácticas indígenas. Aquel choque y posterior convivencia entre lo español y lo pueblo es una de las raíces de la identidad mestiza y multicultural que define a Santa Fe hasta hoy; la 'Fiesta de Santa Fe' conmemora cada año, no sin controversia, la reconquista de 1692.
Cuando México logró su independencia de España en 1821, Santa Fe pasó a ser parte del nuevo país y, ese mismo año, se abrió uno de los capítulos más célebres de su historia comercial: el Camino de Santa Fe (Santa Fe Trail). Esta legendaria ruta de carretas conectaba la ciudad con Missouri, en el este de Estados Unidos, y convirtió a Santa Fe en un bullicioso punto de comercio internacional, donde se intercambiaban mercancías entre el mundo mexicano y el angloamericano. La plaza era el destino final de las caravanas.
El dominio mexicano duró poco. Durante la guerra entre Estados Unidos y México, las tropas estadounidenses ocuparon Santa Fe en 1846 prácticamente sin resistencia, y con el Tratado de Guadalupe Hidalgo de 1848, Nuevo México pasó a soberanía estadounidense. Santa Fe se mantuvo como capital, primero del Territorio de Nuevo México y, desde 1912, del nuevo estado de Nuevo México, el número 47 de la Unión.
La segunda mitad del siglo XIX trajo cambios: la llegada del ferrocarril (que pasó cerca pero no por el centro), la influencia del arzobispo Jean-Baptiste Lamy —que impulsó la construcción de la catedral de estilo europeo— y la creciente presencia angloamericana. Pero, a diferencia de otras ciudades del oeste, Santa Fe no se 'americanizó' del todo: conservó su plaza, su adobe y su mezcla hispano-indígena, lo que a comienzos del siglo XX la convertiría en un imán para artistas y, más tarde, en uno de los destinos culturales más singulares del país.
A comienzos del siglo XX, Santa Fe tomó una decisión que definiría su futuro: en lugar de modernizar su aspecto, optó por reinventarse a partir de su propia herencia. La ciudad promovió de forma deliberada el llamado 'Pueblo Revival' o 'estilo Santa Fe', una estética arquitectónica inspirada en el adobe de los pueblos indígenas y de las misiones españolas, que con el tiempo se reguló por ordenanza en el centro histórico. Por eso casi todos los edificios lucen ese inconfundible color tierra.
Esa apuesta por la identidad y el paisaje atrajo a una colonia de artistas y escritores. Pintores fascinados por la luz y los paisajes del desierto, como Georgia O'Keeffe —que se instalaría en el norte de Nuevo México y captaría como nadie sus formas y colores—, contribuyeron a forjar la fama de Santa Fe como capital del arte del suroeste. La cercana colonia de Taos siguió un camino parecido.
A lo largo del siglo XX y hasta hoy, Santa Fe se consolidó como una potencia cultural muy por encima de su tamaño: con uno de los mayores mercados de arte de Estados Unidos, decenas de galerías (Canyon Road), grandes museos, una ópera de prestigio internacional al aire libre, y eventos como el Santa Fe Indian Market, el mayor de arte indígena del país. Capital antigua, ciudad de adobe, encrucijada de tres culturas y meca del arte: Santa Fe es uno de esos lugares donde la historia no es un decorado, sino la sustancia misma de su vida cotidiana.