Durante más de un siglo, al valle donde hoy se levanta San José lo llamaron 'el Valle del Deleite del Corazón' (Valley of Heart's Delight): un mar de huertos de ciruelos, damascos y cerezos que en primavera se cubría de flores blancas y rosadas, el mayor centro frutícola del mundo. Cuesta imaginar que ese mismo suelo, en apenas unas décadas del siglo XX, se convertiría en Silicon Valley, el corazón tecnológico del planeta. Pero la historia de San José empieza mucho antes de los chips, con un pueblo de agricultores.
Antes de la llegada de los españoles, el valle de Santa Clara estaba habitado por los ohlone, pueblos indígenas que vivían de la caza, la pesca y la recolección en un entorno fértil junto a la bahía. Sobre ese territorio, la corona española fundó en 1777 el Pueblo de San José de Guadalupe, un acontecimiento con un significado especial: fue el primer pueblo civil (asentamiento de colonos dedicado a la agricultura) establecido en la Alta California, a diferencia de las misiones religiosas y los presidios militares que dominaban la colonización española de la región.
La idea era que San José abasteciera de alimentos —granos, ganado— a los presidios y misiones de la zona, como los de San Francisco y Monterey. Sus primeros pobladores fueron familias de colonos llegadas del noroeste de Nueva España. El pueblo creció lentamente como una comunidad agrícola en torno a sus tierras de cultivo, regadas por el río Guadalupe.
Tras la independencia de México en 1821, San José pasó a formar parte del territorio mexicano de Alta California. Siguió siendo un modesto pueblo ganadero y agrícola, organizado en torno a su plaza, en una California lejana y poco poblada. Esa raíz hispana fundacional —ser el primer pueblo civil de California— es un dato del que la ciudad se enorgullece y que explica parte de su identidad latina, aún muy presente.
El destino de San José cambió drásticamente a mediados del siglo XIX. En 1848, tras la guerra entre Estados Unidos y México, California pasó a soberanía estadounidense con el Tratado de Guadalupe Hidalgo. Y ese mismo año estalló la fiebre del oro de California: el descubrimiento de oro en la Sierra Nevada desató una avalancha de buscadores de fortuna de todo el mundo que transformó la región de arriba abajo.
En ese contexto de crecimiento vertiginoso, San José tuvo un papel breve pero histórico: fue la primera capital del estado de California. Cuando California se convirtió oficialmente en estado de la Unión en 1850, su primera legislatura se reunió en San José entre 1849 y 1851, antes de que la capital se trasladara —pasando por Vallejo y Benicia— hasta su sede definitiva en Sacramento.
Durante la segunda mitad del siglo XIX y la primera del XX, el valle de Santa Clara, alrededor de San José, se consolidó como una de las regiones agrícolas más ricas del país. Sus suelos fértiles y su clima soleado lo convirtieron en un inmenso vergel de huertos de frutales —ciruelas, cerezas, albaricoques—, hasta el punto de ser conocido como 'el Valle del Deleite del Corazón' (Valley of Heart's Delight) por sus mares de árboles en flor. Pocos imaginaban entonces que aquellos huertos se transformarían, en pocas décadas, en el centro tecnológico más famoso del planeta.
La gran transformación de San José llegó en la segunda mitad del siglo XX, cuando el valle de los huertos se convirtió en Silicon Valley, cuna de la revolución tecnológica. Las raíces del fenómeno se sitúan en torno a la Universidad de Stanford, en la cercana Palo Alto, cuyos vínculos con la industria y el impulso de figuras académicas fomentaron la creación de empresas tecnológicas en la zona desde mediados de siglo.
El término 'Silicon Valley' (Valle del Silicio) hace referencia al material con que se fabrican los chips de los semiconductores, que fueron el primer gran motor de la región. A partir de los años 1950 y 1960 florecieron las empresas de semiconductores y electrónica, y más tarde, con la llegada de las computadoras personales, internet y el software, el valle se convirtió en el epicentro mundial de la innovación tecnológica, sede de algunas de las compañías más valiosas del mundo.
En ese proceso, San José —la ciudad más grande del valle— creció de forma explosiva, pasando de pueblo agrícola a una gran metrópoli y una de las ciudades más pobladas de California. Hoy combina su pasado hispano y agrícola con su presente tecnológico, multicultural y próspero. Los huertos de antaño han desaparecido casi por completo bajo barrios, autopistas y campus, pero la ciudad conserva, en su nombre y en su cultura latina, la memoria de aquel primer pueblo civil de la California española.
Mucho antes de 1777, la bahía de San Francisco y el valle de Santa Clara eran el hogar de los ohlone (también llamados costanoans por los españoles), un conjunto de pueblos originarios organizados en pequeñas tribus autónomas —como los tamien, que habitaban justamente la zona donde luego se fundaría San José— que hablaban lenguas emparentadas y compartían un modo de vida basado en la caza, la pesca en la bahía y los esteros, y la recolección de bellotas, semillas y plantas silvestres.
Los ohlone vivían en aldeas semipermanentes de casas de tule (una planta de junco) junto a arroyos y humedales, en un territorio rico en recursos naturales: la bahía proveía mariscos y aves acuáticas, y el valle, una notable variedad de flora y fauna. Se calcula que, antes del contacto europeo, decenas de miles de personas ohlone habitaban la región de la bahía en cientos de aldeas.
La llegada de los españoles, con la fundación de las misiones (como la Misión Santa Clara de Asís, en 1777, muy cercana al nuevo Pueblo de San José) y del propio pueblo civil, trajo consigo un colapso demográfico y cultural devastador para los ohlone: la reducción forzada a las misiones, las enfermedades traídas de Europa (para las que no tenían inmunidad) y la pérdida de sus tierras y su modo de vida diezmaron a la población en pocas décadas. Hoy, distintas comunidades y organizaciones ohlone trabajan por preservar y recuperar su lengua, su cultura y el reconocimiento de su presencia continua en la región de la bahía.
El crecimiento de Silicon Valley no fue una línea recta. A fines de los años 1990, la llamada 'burbuja punto-com' —una euforia especulativa en torno a las empresas de internet— disparó la economía de la región a niveles inéditos, con San José en pleno centro de ese auge, hasta que la burbuja estalló en el año 2000-2001, provocando una fuerte recesión local, despidos masivos y la caída de numerosas empresas emergentes. La ciudad, sin embargo, se recuperó y en las décadas siguientes consolidó su lugar como uno de los motores económicos más importantes del mundo, con la consolidación de gigantes como Cisco, eBay, Adobe y, más tarde, la enorme influencia de empresas vecinas como Apple, Google y Meta, que aunque no tienen su sede exacta en San José, dependen de su fuerza laboral y su entorno.
Este crecimiento trajo consigo profundas transformaciones sociales. San José se convirtió en una de las ciudades más caras de Estados Unidos para vivir, con una crisis de vivienda muy marcada producto de los altísimos salarios tecnológicos y la escasez de construcción, lo que generó tensiones sociales importantes y una visible desigualdad entre la riqueza tecnológica y las comunidades trabajadoras, muchas de ellas de origen latino y asiático, que sostienen buena parte de la economía cotidiana de la ciudad.
Al mismo tiempo, San José reafirmó su identidad como una de las ciudades más diversas de Estados Unidos: alberga una de las comunidades vietnamitas más grandes del país (con el nombre no oficial de 'Little Saigon' en parte de la ciudad), un Japantown histórico —uno de los tres que sobreviven en el país— y una fuerte presencia mexicana y latinoamericana que conecta directamente con sus raíces fundacionales de 1777. Hoy la ciudad se presenta, con orgullo, como 'la capital de Silicon Valley': un lugar donde conviven la vanguardia tecnológica mundial con comunidades inmigrantes centenarias y un pasado agrícola e hispano que todavía puede rastrearse en sus calles, sus plazas y sus fiestas.