El 28 de septiembre de 1542, tres barcos españoles maltrechos por meses de navegación entraron en una bahía tan resguardada y perfecta que su capitán la describió como 'un puerto muy bueno y cerrado'. Aquel capitán era Juan Rodríguez Cabrillo, y sin saberlo acababa de convertirse en el primer europeo en pisar la costa de la futura California. El punto exacto donde desembarcó hoy se llama San Diego, y por eso esta ciudad se reclama, con razón, como el lugar donde empezó la California europea.
Pero mucho antes de que Cabrillo avistara esa bahía, la región estaba habitada por los kumeyaay (también llamados diegueños), un pueblo originario del extremo sur de California y el norte de la actual Baja California. Los kumeyaay vivían en aldeas repartidas por la costa, los valles y las montañas, aprovechando la riqueza de un entorno de clima benigno: pescaban, recolectaban bellotas y semillas, cazaban y comerciaban. Su territorio se extendía a ambos lados de lo que hoy es la frontera entre Estados Unidos y México, una frontera que entonces ni existía ni tenía sentido.
Cabrillo bautizó el lugar —lo llamó San Miguel— y siguió explorando la costa hacia el norte; el nombre San Diego llegaría recién en 1602, cuando Sebastián Vizcaíno rebautizó la bahía en honor a San Diego de Alcalá.
Sin embargo, tras aquella primera llegada, España no estableció un asentamiento permanente en la zona durante más de dos siglos. La bahía de San Diego quedó como un punto conocido pero no colonizado, mientras los kumeyaay seguían habitando su territorio. La verdadera colonización, que cambiaría todo, llegaría recién a fines del siglo XVIII, de la mano de las misiones.
El año 1769 marca el verdadero nacimiento de San Diego y, con él, el del California europeo. Ese año, en el marco del esfuerzo español por colonizar y evangelizar la Alta California (impulsado en parte por el temor a la expansión de otras potencias), una expedición liderada por el gobernador Gaspar de Portolá y el fraile franciscano Junípero Serra llegó a San Diego y fundó allí dos instituciones fundamentales: el Presidio (un fuerte militar) y la Misión San Diego de Alcalá.
La Misión San Diego de Alcalá fue la primera de las célebres misiones franciscanas de California, que con el tiempo formarían una cadena de 21 misiones a lo largo de la costa (conectadas por el 'Camino Real'). Por ser la primera, San Diego es considerada con orgullo la 'cuna de California' (the birthplace of California): el primer asentamiento europeo permanente del estado. Las misiones buscaban convertir y 'civilizar' a los pueblos originarios según la cultura española, un proceso que, como en toda la colonización, tuvo un costo trágico para los indígenas (los kumeyaay), diezmados por las enfermedades, el trabajo forzado y la desarticulación de su modo de vida (hubo incluso una sublevación contra la misión).
Alrededor del presidio y, más tarde, en la zona que hoy es el Old Town, fue creciendo un pequeño poblado. Bajo dominio español y, tras la independencia de México en 1821, mexicano, San Diego fue durante décadas una modesta población fronteriza ligada a la misión, los ranchos y el puerto, en el confín de la Alta California.
El destino de San Diego, como el de toda California, cambió a mediados del siglo XIX. Tras la guerra entre México y Estados Unidos, el Tratado de Guadalupe Hidalgo (1848) entregó California a Estados Unidos, y poco después, en 1850, California se convirtió en estado de la Unión (el mismo año en que San Diego se incorporó como ciudad). La frontera entre Estados Unidos y México quedó trazada justo al sur de la ciudad, una frontera que definiría para siempre su carácter.
Durante las primeras décadas bajo dominio estadounidense, San Diego creció lentamente. La población original se concentraba en torno al Old Town, al pie del presidio, pero a partir de mediados del siglo XIX un empresario visionario, Alonzo Horton, impulsó el desarrollo de una 'nueva ciudad' más cerca de la bahía, en lo que hoy es el centro (downtown). Aquel traslado del corazón urbano hacia el puerto marcó el desarrollo moderno de la ciudad, dejando al Old Town como el casco histórico que recuerda los orígenes.
El gran activo de San Diego era —y sigue siendo— su magnífica bahía natural, una de las mejores de la costa del Pacífico, abrigada y profunda. Aunque el crecimiento fue gradual y con altibajos (a diferencia del meteórico de San Francisco con el oro o el de Los Ángeles), la ciudad fue consolidándose, atraída por su clima excepcional y su puerto. A comienzos del siglo XX, las grandes exposiciones internacionales celebradas en el Balboa Park (en 1915 y 1935) le dieron proyección y le dejaron su característica arquitectura colonial española y sus instituciones culturales.
El factor que más impulsó el crecimiento de San Diego en el siglo XX fue su transformación en una de las principales bases navales y militares de Estados Unidos. Su excelente bahía natural, profunda y resguardada, y su ubicación estratégica en la costa del Pacífico la convirtieron en un emplazamiento ideal para la Marina (Navy) y los Marines. A lo largo del siglo, y especialmente durante la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría, San Diego se llenó de instalaciones militares, astilleros, bases aéreas navales y un enorme personal militar.
La presencia naval moldeó profundamente la ciudad: su economía, su población, su cultura. San Diego se convirtió en un gran centro de la industria de defensa y aeroespacial (aquí se fabricó, por ejemplo, el avión 'Spirit of St. Louis' de Lindbergh), y la Marina sigue siendo hasta hoy uno de los pilares de la región, con una de las mayores concentraciones de fuerzas navales del país. El portaaviones USS Midway, hoy museo, es un testimonio de esa identidad marinera y militar.
Al mismo tiempo, San Diego desarrolló su otra gran vocación: el turismo. Su clima excepcional —soleado, cálido y agradable casi todo el año, a menudo descrito como 'el mejor clima de Estados Unidos'—, sus magníficas playas y atracciones como el Balboa Park y el zoológico la convirtieron en un destino vacacional muy popular. La ciudad creció combinando su rol militar con el de un paraíso turístico de sol y playa.
Hoy San Diego es la segunda ciudad de California y una próspera metrópoli del suroeste, que combina varias identidades. Sigue siendo una gran ciudad militar y naval, pero su economía se ha diversificado enormemente: es un importante centro de biotecnología, ciencia, telecomunicaciones e investigación (con universidades y centros de prestigio), además de uno de los principales destinos turísticos del país, gracias a su clima, sus playas y sus atracciones familiares.
Un rasgo que define profundamente a San Diego es su condición de ciudad fronteriza. Está literalmente pegada a Tijuana, en México, formando una de las mayores conurbaciones binacionales del mundo, con uno de los cruces fronterizos más transitados del planeta (San Ysidro). Esto le da una fuerte impronta hispana y mexicana —presente en su historia, su gastronomía, su población y su cultura— que la hace especialmente cercana para el viajero latinoamericano, y la convierte en un punto de encuentro entre dos países.
San Diego conserva, además, su carácter relajado y su envidiable calidad de vida, ligada al sol, el mar y el estilo de vida costero californiano. Desde la primera misión de 1769, que la convirtió en la cuna de California, hasta la moderna ciudad de ciencia, turismo y frontera, San Diego ha sabido combinar su rica historia, su clima excepcional y su ubicación única en un destino tan acogedor como soleado, uno de los lugares más agradables para visitar y vivir de Estados Unidos.