En lo alto de la tundra, muy por encima del último árbol, todavía se ven muros bajos de piedra dispuestos en líneas: son 'game drives', trampas de caza que los pueblos indígenas construyeron hace miles de años para acorralar a los animales, y siguen ahí, a más de 3.500 metros de altura, como testigos silenciosos de que estas montañas tuvieron dueños mucho antes de ser un parque nacional. Las altas montañas que hoy protege el parque fueron durante miles de años territorio estacional de pueblos indígenas. Vestigios arqueológicos demuestran la presencia humana en la zona desde hace más de 10.000 años, con grupos que ascendían a las cotas altas en verano para cazar, principalmente wapitíes y borregos, y descendían a los valles en invierno.
En tiempos históricos, las dos tribus más vinculadas a la región fueron los ute, que dominaban el territorio de las montañas y los valles del oeste, y los arapaho, que llegaron más tarde desde las llanuras del este. Ambos pueblos compartían y disputaban estos territorios de caza. Los arapaho dejaron numerosos nombres a accidentes geográficos de la zona, recopilados a comienzos del siglo XX por expediciones que entrevistaron a ancianos de la tribu para preservar la toponimia indígena.
Los rastros de aquella presencia perduran en los 'game drives', muros y estructuras de piedra usados en cotas altas para conducir a la caza, y en los caminos que los pueblos indígenas trazaron a través de los puertos de montaña, algunos de los cuales coinciden con rutas todavía transitadas. La llegada de los colonos de origen europeo, a mediados y finales del siglo XIX, desplazaría a estas tribus de sus territorios tradicionales.
A partir de mediados del siglo XIX, la región empezó a poblarse con colonos, ganaderos y buscadores de oro y plata, aunque la minería nunca prosperó tanto como en otras zonas de Colorado. Pronto, sin embargo, se reveló un recurso más duradero: la belleza del paisaje. La zona de Estes Park, en el valle de entrada, comenzó a recibir visitantes atraídos por la montaña ya en las últimas décadas del siglo XIX, y se desarrollaron los primeros hoteles y lodges para el incipiente turismo.
La figura clave en la protección de estas montañas fue el naturalista, escritor y guía de montaña Enos Mills. Enamorado de la región, donde regentaba un albergue, Mills se convirtió en un infatigable defensor de la conservación de los Picos del Frente (Front Range) y emprendió una larga campaña, con conferencias, artículos y cartas, para que el área fuera declarada parque nacional, en la línea de las ideas de John Muir, a quien admiraba.
Sus esfuerzos, sumados a los de otros conservacionistas y a una sociedad cada vez más sensible a la protección de la naturaleza, dieron fruto: el Congreso aprobó la creación del Parque Nacional de las Montañas Rocosas, que fue establecido oficialmente en 1915. Mills es recordado como el 'padre' del parque.
Tras su creación en 1915, el parque fue dotándose poco a poco de infraestructura para recibir visitantes. El hito que lo abrió de verdad al gran público llegó en 1932, con la inauguración de la Trail Ridge Road, una proeza de ingeniería que llevó una carretera pavimentada a través de la tundra alpina, por encima de los 3.700 metros, convirtiéndola en la carretera continua más alta de Estados Unidos. Por primera vez, cualquier visitante podía contemplar desde el coche los paisajes de la alta montaña que antes solo veían los montañeros.
Durante la Gran Depresión, los trabajadores del Civilian Conservation Corps (CCC) construyeron senderos, muros, refugios y otras infraestructuras del parque, muchas de las cuales aún se usan. A lo largo del siglo XX, el parque fue ganando popularidad hasta convertirse en uno de los más visitados del país, con varios millones de visitantes al año.
Ese mismo éxito ha traído desafíos: la enorme afluencia en verano, la presión sobre los aparcamientos y los frágiles ecosistemas alpinos llevaron al parque a implantar sistemas de transporte mediante shuttle gratuito y, en los últimos años, permisos de acceso horario para regular la entrada en temporada alta. En 2020, el gran incendio East Troublesome afectó a parte del parque, recordando la vulnerabilidad de estos bosques de montaña. Hoy, el Parque Nacional de las Montañas Rocosas combina una accesibilidad excepcional con el reto de preservar su naturaleza ante millones de visitantes.
En el otoño de 2020, Rocky Mountain National Park vivió uno de los episodios más dramáticos de su historia reciente. El incendio East Troublesome, iniciado cerca de Kremmling, al oeste del parque, se propagó con una velocidad extraordinaria —llegó a crecer más de 100.000 acres en un solo día, empujado por vientos fuertes y una sequía severa— y terminó cruzando la Divisoria Continental para alcanzar el extremo este del parque, algo que los especialistas en incendios forestales consideraron casi sin precedentes. Cerca de 30.000 acres dentro de los límites del parque quedaron afectados, se destruyeron cientos de viviendas en la zona de Grand Lake y hubo que evacuar Estes Park. Ese mismo año, el incendio Cameron Peak, el más grande registrado en la historia de Colorado, también afectó sectores del parque.
Los incendios de 2020 no fueron un hecho aislado, sino el síntoma más visible de una tendencia de fondo: años de sequía prolongada combinados con un clima cada vez más cálido han producido en las Rocosas incendios más frecuentes, más extensos y más intensos que los registrados históricamente. El parque ha respondido con planes de gestión de combustible, remoción de especies invasoras y restauración de senderos en las zonas quemadas, aunque los ecólogos advierten que buena parte del bosque afectado no volverá a crecer con la misma composición de antes: en las cotas más bajas, donde el clima ya no favorece a las coníferas, es probable que se instalen otro tipo de vegetación.
El cambio climático amenaza también a especies emblemáticas de la tundra alpina, como la pika, un pequeño mamífero parecido a un hámster que solo sobrevive en altitudes por encima de los 3.300 metros y que puede morir en pocas horas si la temperatura supera los 21°C. Modelos climáticos sugieren que su hábitat podría reducirse drásticamente en las próximas décadas. Frente a estos desafíos, el parque ha adoptado una estrategia de gestión basada en tres verbos —resistir, aceptar y dirigir el cambio— que reconoce que no todos los ecosistemas del parque podrán conservarse exactamente como eran, y que buena parte del trabajo de conservación de este siglo consistirá en decidir qué proteger, qué dejar evolucionar y qué restaurar de otra forma.