Debajo de las pistas de esquí más famosas de Utah hay un secreto: cientos de kilómetros de túneles mineros perforan la montaña. Los millonarios forfaits de hoy se venden sobre el mismo terreno donde, hace siglo y medio, se extrajeron cientos de millones de dólares en plata. Esa doble vida —plata primero, nieve después— es la clave para entender Park City, un pueblo que se reinventó dos veces para no morir.
Todo empezó poco después de la llegada de los pioneros mormones al valle del Lago Salado en 1847. En la década de 1860, soldados destacados en el cercano Fort Douglas y prospectores que recorrían las montañas Wasatch descubrieron ricos yacimientos de plata en los cañones que rodean el actual emplazamiento del pueblo. El hallazgo desató una fiebre minera que transformó un paraje de altura, cubierto de nieve buena parte del año, en uno de los distritos mineros más productivos del Oeste estadounidense.
El pueblo se incorporó oficialmente en 1884 y creció con rapidez al amparo de minas legendarias como la Ontario, la Daly y, sobre todo, la Silver King, cuyas fortunas hicieron millonarios a varios empresarios. Uno de los más célebres fue George Hearst, padre del magnate de la prensa William Randolph Hearst, vinculado a la mina Ontario. En su apogeo, Park City llegó a tener miles de habitantes, una bulliciosa Main Street, hoteles, comercios, periódicos y una población cosmopolita de mineros llegados de Irlanda, China, Escandinavia y otros lugares.
A diferencia de gran parte de Utah, profundamente mormón, Park City fue un pueblo minero abierto, con saloons, casas de juego y una vida nocturna que contrastaba con el resto del estado. Ese carácter díscolo e independiente, forjado en los tiempos de la plata, en cierto modo perdura en la identidad actual del pueblo.
Como tantos pueblos de madera del Oeste, Park City sufrió un devastador incendio. El 'Great Fire' de 1898 arrasó buena parte de la Main Street y del centro en apenas unas horas, destruyendo centenares de edificios y comercios. La comunidad, sin embargo, reconstruyó con notable rapidez, y muchos de los edificios de ladrillo y piedra que hoy se admiran en la calle principal datan precisamente de los años posteriores al incendio, lo que explica la coherencia arquitectónica del casco histórico.
Durante la primera mitad del siglo XX la minería de plata vivió altibajos marcados por el precio del metal, la Gran Depresión y el agotamiento de las vetas más ricas. Tras la Segunda Guerra Mundial, la actividad fue declinando de forma irreversible, y Park City corrió el riesgo de convertirse en un pueblo fantasma, con la población reducida a unos pocos centenares de habitantes y numerosas casas abandonadas.
La salvación llegó de un recurso que siempre había estado allí, antes ignorado: la nieve. La misma altitud y las mismas montañas que habían dificultado la minería ofrecían condiciones excepcionales para un nuevo negocio en auge en Norteamérica, el esquí alpino, que daría a Park City una segunda vida.
La reconversión turística de Park City arrancó en los años 60. En 1963, con ayuda de un préstamo federal pensado para reactivar zonas mineras deprimidas, abrió el área de esquí Treasure Mountain, embrión del actual Park City Mountain Resort. En 1981 nació Deer Valley, concebido desde el principio como un resort de lujo. Las antiguas instalaciones mineras se reaprovecharon e incluso algunas galerías sirvieron para acceder a las pistas en los primeros tiempos.
El gran salto a la fama mundial llegó con dos hitos. En 1985, el actor y director Robert Redford trasladó a la zona el festival que acabaría llamándose Sundance, convirtiendo a Park City en la capital invernal del cine independiente. Y en 2002, la ciudad fue una de las sedes principales de los Juegos Olímpicos de Invierno de Salt Lake City, acogiendo pruebas de salto de esquí, bobsleigh, luge, skeleton y esquí alpino en el Utah Olympic Park y en sus estaciones.
Desde entonces, Park City se ha consolidado como uno de los grandes destinos de montaña de Estados Unidos. La compra de Park City Mountain por Vail Resorts y su fusión con Canyons en 2015 lo convirtieron en el mayor complejo esquiable del país, mientras la histórica Main Street sigue recordando, con sus fachadas victorianas, el origen plateado de todo.
El éxito de Park City como destino de montaña de clase mundial trajo consigo una transformación económica y social profunda. El precio de la vivienda se disparó a niveles extremos: hacia mediados de la década de 2020, el precio medio de una vivienda unifamiliar dentro de los límites de Park City superaba los 3,5 millones de dólares, y hasta el 85% de los trabajadores del sector turístico y de servicios de la ciudad debe residir fuera de ella y viajar a diario desde localidades vecinas más asequibles, porque los sueldos del sector no alcanzan para vivir en el propio pueblo que sostienen. El gobierno municipal se fijó como meta alojar al 15% de su fuerza laboral dentro de la ciudad mediante vivienda con restricción de precio, un objetivo ambicioso frente a la limitada disponibilidad de suelo en un valle de montaña rodeado de zonas protegidas.
Ese contraste entre el brillo turístico y las dificultades de quienes sostienen la economía local convive hoy con una nueva ola de expansión: la remodelación de Deer Valley ('East Village'), que sumó unas 100 pistas nuevas para la temporada 2025-26, y, sobre todo, el regreso de los Juegos Olímpicos de Invierno a Utah. Salt Lake City y Park City fueron elegidas sede de los Juegos Olímpicos de Invierno de 2034, convirtiendo de nuevo a la región —y en particular al Utah Olympic Park, escenario de saltos de esquí y deportes de trineo desde 2002— en el centro de atención mundial del deporte invernal, con obras y una inversión considerable en camino durante los próximos años.
Park City encara así una nueva etapa marcada por una tensión familiar en los grandes destinos de montaña de Estados Unidos —también presente en lugares como Jackson Hole o Aspen—: cómo sostener una economía próspera de turismo de lujo sin expulsar a la comunidad que la hace funcionar. Con todo, el pueblo conserva su identidad de antiguo campamento minero reconvertido, visible en cada fachada victoriana de su Main Street, y su vocación de anfitrión de citas deportivas y culturales de primer nivel mundial, de Sundance a los Juegos Olímpicos.