Mucho antes de los rascacielos, la isla que hoy llamamos Manhattan estaba habitada por los lenape, un pueblo de lengua algonquina que vivía en aldeas repartidas por la región. Ellos la llamaban 'Mannahatta', un nombre que suele traducirse como 'isla de muchas colinas'. Los lenape vivían de la caza, la pesca abundante en las aguas que rodeaban la isla, la recolección y el cultivo del maíz, los porotos y la calabaza. La geografía que hoy conocemos como una de las más urbanizadas del planeta era entonces un paisaje de bosques, arroyos, marismas y colinas, riquísimo en vida silvestre.
El primer contacto europeo documentado con la zona se atribuye al navegante florentino Giovanni da Verrazzano, que en 1524, al servicio de Francia, bordeó la costa y entró brevemente en la bahía. Pero fue el inglés Henry Hudson, navegando para la Compañía Holandesa de las Indias Orientales en busca de un paso hacia Asia, quien en 1609 exploró en detalle la región a bordo del Halve Maen ('Media Luna') y remontó el gran río que hoy lleva su nombre. Sus informes sobre la riqueza de pieles de la zona despertaron el interés comercial de los holandeses.
En pocos años, comerciantes holandeses empezaron a frecuentar la región para el lucrativo comercio de pieles con los pueblos originarios. Así, sobre las tierras de los lenape, comenzó a gestarse el asentamiento europeo que daría origen a la ciudad. El encuentro entre ambos mundos, como en tantos lugares de América, traería consigo el comercio, pero también las enfermedades y los conflictos que diezmarían a la población indígena.
Hacia 1624, la recién creada Compañía Holandesa de las Indias Occidentales estableció los primeros asentamientos permanentes en la región, como parte de la colonia de los Nuevos Países Bajos ('Nieuw-Nederland'). Al año siguiente, en 1625, se fundó en la punta sur de la isla de Manhattan el poblado de Nueva Ámsterdam ('Nieuw-Amsterdam'), que sería el núcleo originario de la futura Nueva York.
En 1626, el director de la colonia, Peter Minuit, protagonizó uno de los episodios más célebres y a la vez más controvertidos de la historia de la ciudad: la 'compra' de la isla de Manhattan a los lenape, supuestamente por mercancías valoradas en 60 florines (la leyenda popular habla de 'baratijas' o de 24 dólares, una cifra muy posterior y discutida). Los historiadores señalan que probablemente hubo un profundo malentendido cultural: los pueblos originarios no concebían la tierra como una propiedad que pudiera venderse de manera definitiva, sino como un derecho de uso compartido.
Nueva Ámsterdam creció como un puerto comercial cosmopolita y desordenado, con población de muy diversos orígenes y lenguas, dedicada sobre todo al comercio. Bajo el gobierno del último director, el enérgico y autoritario Peter Stuyvesant, se construyó una empalizada defensiva en el límite norte del poblado, en el lugar que hoy ocupa, precisamente, Wall Street (la 'calle del muro'). De aquella herencia holandesa quedan en el mapa actual nombres de barrios como Brooklyn (de Breukelen), Harlem (de Haarlem) o el Bronx.
La rivalidad comercial y naval entre las Provincias Unidas (Holanda) e Inglaterra terminó alcanzando a la pequeña colonia americana. En 1664, en el marco de esas tensiones, una flota inglesa enviada por el duque de York (hermano del rey Carlos II) llegó frente a Nueva Ámsterdam y exigió su rendición. El gobernador Peter Stuyvesant quiso resistir, pero los habitantes, poco dispuestos a luchar y descontentos con su gobierno autoritario, lo convencieron de capitular sin disparar un tiro. La colonia cambió de manos pacíficamente.
Los ingleses rebautizaron la ciudad como Nueva York ('New York'), en honor a su nuevo dueño, el duque de York, que más tarde reinaría como Jacobo II. Salvo un breve interludio en que los holandeses la recuperaron por unos meses (1673-1674, cuando la llamaron 'Nueva Orange'), la ciudad quedó definitivamente en la órbita británica. Bajo dominio inglés, Nueva York siguió creciendo como puerto comercial y fue ganando importancia dentro de las Trece Colonias.
El siglo XVIII trajo la efervescencia revolucionaria. Nueva York fue escenario clave de la Guerra de Independencia: tras la derrota patriota en la batalla de Long Island (1776), la ciudad quedó ocupada por los británicos durante casi toda la guerra, y solo fue evacuada en 1783. Pocos años después, ya en el nuevo país independiente, Nueva York vivió uno de sus momentos más solemnes: entre 1785 y 1790 fue la primera capital de los Estados Unidos, y el 30 de abril de 1789 George Washington juró allí, en el Federal Hall de Wall Street, como el primer presidente de la nación.
El siglo XIX convirtió a Nueva York en la gran metrópoli de América. La apertura del canal del Erie en 1825, que conectó el puerto con los Grandes Lagos y el interior del continente, disparó su crecimiento comercial y la consolidó como el principal puerto del país. La ciudad se llenó de gente, de comercio y de oportunidades, y se convirtió en el destino soñado de millones de europeos que huían de la pobreza, el hambre y la persecución.
Ese papel de puerta de entrada al 'Nuevo Mundo' quedó simbolizado para siempre en dos monumentos. En 1886 se inauguró la Estatua de la Libertad, un colosal regalo del pueblo de Francia diseñado por Frédéric Auguste Bartholdi, con la estructura interior de Gustave Eiffel. 'La Libertad iluminando el mundo' se alzaba en la bahía con su antorcha en alto, y era lo primero que veían los inmigrantes que llegaban tras semanas de travesía. En su pedestal se grabó el poema de Emma Lazarus que la inmortalizó como faro de los que buscan una vida nueva: 'Dadme a vuestros cansados, a vuestros pobres...'.
A partir de 1892, y hasta 1954, la cercana Ellis Island funcionó como la principal estación federal de inmigración del país. Por sus salas pasaron más de doce millones de personas —italianos, irlandeses, judíos de Europa del Este, alemanes, griegos, polacos y de tantos otros orígenes—, que allí eran registradas, examinadas médicamente y autorizadas (o no) a entrar. Se calcula que una enorme proporción de los estadounidenses actuales tiene al menos un antepasado que cruzó por Ellis Island. Aquella inmigración masiva forjó el carácter más profundo de Nueva York: el de una ciudad construida por gente de todo el mundo.
En 1898 se produjo un hecho decisivo para la geografía urbana: la 'Gran Consolidación', por la que la ciudad de Nueva York —hasta entonces limitada a Manhattan y parte del Bronx— se unió con las ciudades y pueblos vecinos para formar la metrópoli de cinco distritos (boroughs) que conocemos hoy: Manhattan, Brooklyn, Queens, el Bronx y Staten Island. De golpe, Nueva York se convirtió en una de las ciudades más grandes y pobladas del mundo.
El siglo XX fue el de su transformación vertical. La invención del ascensor y las estructuras de acero permitieron construir cada vez más alto, y Nueva York se llenó de rascacielos que competían por tocar el cielo: el edificio Flatiron, el Woolworth, el Chrysler (1930), de inconfundible coronamiento art déco, y el Empire State Building (1931), que ostentó durante casi cuarenta años el título de edificio más alto del mundo. El skyline de Manhattan se convirtió en una de las imágenes más icónicas del planeta y en el símbolo de la modernidad y el poder económico estadounidense.
La ciudad fue también el corazón cultural y financiero de la nación: Wall Street como centro mundial de las finanzas (cuyo crac de 1929 desató la Gran Depresión), Broadway como capital del teatro, Harlem como cuna del 'Renacimiento' afroamericano y del jazz, y, tras la Segunda Guerra Mundial, sede de la Organización de las Naciones Unidas. Nueva York se afianzó como una de las capitales del mundo, un imán para artistas, inmigrantes, soñadores y ambiciosos de todas partes.
La mañana del 11 de septiembre de 2001, Nueva York —y el mundo entero— vivió uno de los días más trágicos de la historia contemporánea. En un ataque terrorista coordinado, dos aviones comerciales secuestrados fueron estrellados contra las Torres Gemelas del World Trade Center, en el Bajo Manhattan. Las dos torres, símbolos de la ciudad, se derrumbaron en pocas horas. En los atentados de aquel día (que incluyeron también el ataque al Pentágono y un cuarto avión caído en Pensilvania) murieron casi tres mil personas. Fue una herida profunda en el corazón de la ciudad.
La respuesta neoyorquina combinó el duelo con una notable voluntad de reconstrucción. En el sitio de las torres se levantó el National September 11 Memorial & Museum, con sus dos enormes fuentes asentadas sobre las huellas de los edificios y los nombres de las víctimas grabados en bronce, un lugar de memoria y recogimiento. Y, junto a él, se alzó el One World Trade Center, el rascacielos más alto del país, con una altura simbólica de 1.776 pies en recuerdo del año de la independencia: un gesto de resiliencia frente a la tragedia.
En las décadas siguientes, Nueva York siguió reinventándose. La zona portuaria y antiguos barrios industriales se transformaron: nacieron el parque elevado de la High Line sobre vías abandonadas, el desarrollo de Hudson Yards con sus rascacielos y miradores, y la renovación de la costa de Brooklyn. La ciudad atravesó además el duro golpe de la pandemia de covid-19 a comienzos de la década de 2020, del que se recuperó con su característica energía. Hoy Nueva York sigue siendo lo que ha sido durante más de un siglo: una de las grandes capitales culturales, financieras y simbólicas del planeta, una ciudad hecha por gente de todo el mundo y en perpetua transformación.