Las North Cascades son una de las cadenas montañosas más jóvenes, complejas y verticales de los Estados Unidos. Su origen se remonta a la colisión y acreción de distintos 'terrenos' (fragmentos de corteza) contra el margen oeste de Norteamérica a lo largo de cientos de millones de años, en un mosaico geológico tan intrincado que los especialistas lo consideran un verdadero rompecabezas. A ese basamento se sumó una intensa actividad ígnea: grandes intrusiones de granito que, al enfriarse en profundidad y luego ser exhumadas por la erosión, formaron las paredes y agujas de roca que hoy hacen famoso al parque.
La última gran escultora del paisaje fue la glaciación. Los glaciares excavaron valles profundos en forma de U, afilaron las cumbres y dejaron tras de sí un relieve abrupto. A diferencia de casi todo el resto del país, aquí los glaciares no son cosa del pasado: el parque conserva más de 300 glaciares activos, la mayor concentración de cualquier parque de los Estados Unidos contiguos. Esos glaciares alimentan los ríos y dan a los lagos como el Diablo su característico color turquesa lechoso, producto de la 'harina glaciar' (finísimas partículas de roca en suspensión).
La enorme variación de altitud y la humedad del Pacífico crean una asombrosa diversidad de ambientes en pocos kilómetros, desde bosques densos en los valles hasta tundra alpina en las cumbres, lo que convierte al parque en uno de los lugares más biodiversos del país.
Mucho antes de la llegada de los europeos, las North Cascades eran territorio y corredor de varios pueblos originarios. Por el oeste, en la cuenca del río Skagit, vivían los Upper Skagit y otros pueblos salish de la costa; por el este, en el valle Methow y la cuenca del Columbia, los Methow, Chelan y pueblos del interior; y los pasos de montaña, como Cascade Pass, eran rutas milenarias de comercio entre las gentes de la costa y las del interior.
Estos pueblos recorrían los valles para cazar, recolectar bayas y raíces, y sobre todo para pescar el salmón que remontaba los ríos a desovar, un recurso central de su economía y su cultura. Conocían a fondo el territorio: qué pasos cruzar, dónde acampar, cuándo y dónde abundaba cada alimento. Las evidencias arqueológicas en Cascade Pass muestran miles de años de uso humano de esas alturas.
La creación de las represas y del parque alteró profundamente esos modos de vida, pero las naciones descendientes siguen presentes en la región y mantienen derechos y vínculos culturales con estas montañas, que el NPS reconoce y trabaja por preservar.
Tras los primeros tramperos y exploradores, a fines del siglo XIX llegaron los buscadores de oro y plata, atraídos por rumores de riqueza en estas montañas. Hubo intentos de minería y se abrieron sendas y campamentos, pero el terreno extremo y la escasa rentabilidad hicieron que la fiebre se apagara pronto, dejando apenas algunos vestigios.
El gran cambio del siglo XX llegó con la electricidad. A partir de la década de 1920, la compañía Seattle City Light construyó una cadena de represas hidroeléctricas sobre el río Skagit —Gorge, Diablo y Ross—, una obra de ingeniería notable para llevar energía a la creciente ciudad de Seattle. Para alojar a los trabajadores se levantaron poblados como Newhalem y Diablo, que todavía existen. Esas represas, además de seguir generando electricidad para Seattle, crearon los grandes lagos turquesa (Gorge, Diablo y Ross) que hoy son algunas de las imágenes más icónicas del parque.
Esta convivencia entre infraestructura energética y naturaleza salvaje es una particularidad de North Cascades: el área de recreación de Ross Lake, que rodea esos embalses, quedó por fuera de la categoría más estricta de parque nacional precisamente para permitir la operación hidroeléctrica.
A mediados del siglo XX, la tala industrial avanzaba sobre los valles boscosos de las North Cascades y crecía la preocupación por proteger uno de los últimos grandes paisajes de montaña vírgenes del país. Organizaciones conservacionistas, encabezadas por figuras del movimiento ecologista y publicaciones que mostraron la belleza de la región, impulsaron una larga campaña para crear un parque nacional.
Tras años de debate entre conservacionistas, la industria maderera y las agencias de bosques, el Congreso aprobó en 1968 la ley que creó el Parque Nacional North Cascades. La solución fue ingeniosa: se estableció un complejo que combina el parque nacional propiamente dicho (dividido en una unidad norte y una sur, con la máxima protección) y dos áreas nacionales de recreación, Ross Lake y Lake Chelan, donde se permiten usos como la operación de las represas, ciertos servicios y recreación motorizada. Ese mismo año se protegieron también otras áreas silvestres vecinas.
Gran parte del complejo fue luego designada como Stephen Mather Wilderness, lo que garantiza que la inmensa mayoría del territorio permanezca sin caminos, en estado salvaje. Así, North Cascades se consolidó como uno de los parques más prístinos y menos alterados del sistema.
El Parque Nacional North Cascades tiene una rareza: pese a estar a solo unas horas de Seattle y a su belleza descomunal, es de los parques nacionales menos visitados del país, con apenas unos cientos de miles de visitantes anuales (muchos menos que los millones que reciben sus vecinos). La explicación está en su carácter: la entrada es gratuita pero hay muy pocos servicios, casi todo es área silvestre sin caminos, la SR-20 cierra en invierno y la verdadera experiencia exige caminar para internarse en la montaña.
Esa misma soledad es su mayor tesoro para muchos viajeros. El parque ofrece algunos de los mejores trekkings de varios días del país, escalada de primer nivel, y rincones de aislamiento total como Stehekin, accesible solo por barco, avioneta o a pie. La North Cascades Highway, en verano, es además una de las rutas escénicas más celebradas de Norteamérica.
Los grandes desafíos actuales son el cambio climático —los más de 300 glaciares del parque están retrocediendo y son objeto de estudios científicos de largo plazo—, la salud del salmón en el río Skagit y el equilibrio entre conservación, generación hidroeléctrica y derechos de los pueblos originarios. North Cascades sigue siendo un símbolo de la naturaleza salvaje del Noroeste del Pacífico.