Pocas ciudades de Estados Unidos han sido tantas cosas como Monterey: capital española, capital mexicana, cuna de la primera constitución de California y, más tarde, capital mundial de la sardina enlatada. Todo eso en una franja de costa de menos de diez kilómetros. Pero antes de la primera bandera y de la primera fábrica, la península de Monterey y las orillas del río Carmelo fueron, durante miles de años, hogar de los pueblos ohlone, en particular los rumsen. Vivían de la rica fauna marina de la bahía —focas, peces, mariscos— y de la caza y la recolección en una tierra generosa, organizados en aldeas con su propia lengua y cultura.
El primer contacto europeo documentado de envergadura llegó en diciembre de 1602, cuando la expedición del navegante español Sebastián Vizcaíno entró en la bahía y la bautizó 'Monterey' en honor a quien financiaba el viaje: Gaspar de Zúñiga, conde de Monterrey y virrey de Nueva España. Vizcaíno describió la bahía con tanto entusiasmo que durante más de siglo y medio se la consideró un puerto clave, aunque España no la colonizó de inmediato.
La colonización efectiva no llegó hasta 1770, en el marco del gran plan español para ocupar y asegurar la Alta California frente a otras potencias. Ese año, una expedición por tierra y mar liderada por el militar Gaspar de Portolá y el franciscano fray Junípero Serra estableció en Monterey un presidio (fuerte) y una misión, marcando el nacimiento del Monterey colonial.
Con la fundación del Presidio de Monterey en 1770, la ciudad se convirtió en la capital de la Alta California, primero bajo dominio español y, tras la independencia mexicana de 1821, bajo dominio mexicano. Durante décadas, Monterey fue el centro político, militar y comercial de toda la California colonial, sede de los gobernadores y puerto principal de la región.
La misión que fray Junípero Serra fundó junto al presidio en 1770, la Misión de San Carlos Borromeo, fue trasladada al año siguiente al cercano valle del río Carmelo, donde había mejores tierras y agua, dando origen a la Carmel Mission. Serra estableció allí su cuartel general como presidente del sistema de misiones de California, desde donde dirigió la fundación de la cadena misional. Murió en 1784 y está enterrado en la iglesia de Carmel.
El sistema de misiones, presidios y pueblos transformó profundamente la región y, como en toda California, tuvo un costo trágico para los pueblos originarios, diezmados por las enfermedades y el régimen misional. Monterey, mientras tanto, crecía como capital, con sus edificios de adobe que aún hoy conforman el casco histórico de la ciudad.
La era mexicana de Monterey terminó en plena guerra entre Estados Unidos y México. El 7 de julio de 1846, el comodoro John D. Sloat desembarcó en Monterey e izó la bandera estadounidense sobre la Custom House (la aduana, hoy el edificio histórico más antiguo de California), reclamando la Alta California para Estados Unidos. La cesión se formalizó en 1848 con el Tratado de Guadalupe Hidalgo.
Monterey conservó un papel protagónico en los primeros pasos del nuevo estado. En 1849, en el edificio de Colton Hall, se reunió la convención constituyente que redactó la primera Constitución de California, un documento bilingüe (en inglés y español) que reflejaba la herencia hispana de la región. Poco después, California se incorporó a Estados Unidos como estado en 1850.
Sin embargo, con la fiebre del oro y el auge de San Francisco y Sacramento, el centro de gravedad de California se desplazó hacia el norte, y Monterey perdió su rol de capital y buena parte de su importancia política. La ciudad entraría en una etapa más tranquila, hasta que una nueva industria —esta vez ligada al mar— la pondría de nuevo en el mapa.
A comienzos del siglo XX, Monterey se convirtió en una de las capitales mundiales de la conserva de pescado. La abundancia de sardinas en la bahía dio lugar a una próspera industria conservera concentrada en una calle frente al mar, Ocean View Avenue, que se llenó de fábricas, muelles y trabajadores. En su apogeo, durante las décadas de 1930 y 1940, Monterey llegó a ser uno de los mayores puertos pesqueros del país.
Esa calle y su mundo de obreros, pescadores y personajes marginales fueron inmortalizados por el escritor John Steinbeck —Premio Nobel y nacido en la cercana Salinas— en su novela 'Cannery Row' (1945) y otras obras. El nombre de la novela terminó por imponerse, y la calle se llama hoy oficialmente Cannery Row en su honor.
Pero el éxito llevó a la sobreexplotación: la pesca intensiva agotó los bancos de sardina, que colapsaron a fines de los años 40 y principios de los 50. Las fábricas cerraron una tras otra y la zona quedó abandonada y en decadencia durante años. Sería necesario reinventar Cannery Row para devolverle la vida, algo que ocurriría con un proyecto visionario ligado, esta vez, a la conservación del mar.
Mientras Monterey vivía su era industrial, el vecino Carmel-by-the-Sea seguía un camino muy distinto. A comienzos del siglo XX, atraídos por su belleza y su luz, se instalaron allí artistas, escritores y poetas —como Robinson Jeffers, que construyó su casa de piedra Tor House— que dieron al pueblo un carácter bohemio y artístico. Carmel se desarrolló con normas urbanísticas peculiares (casas sin numeración, sin aceras en muchas calles, protección de los árboles) que conservan hasta hoy su aire de cuento. Décadas más tarde, el actor Clint Eastwood llegó incluso a ser su alcalde.
La gran reinvención de Monterey llegó en 1984 con la apertura del Monterey Bay Aquarium, instalado en una antigua fábrica de conservas de Cannery Row. El acuario, pionero en conservación marina y en mostrar el ecosistema local —con su famoso bosque de algas kelp y sus nutrias—, revitalizó toda la zona y la convirtió en un destino turístico de primer orden. La bahía, además, es hoy un santuario marino nacional protegido.
Hoy Monterey y Carmel viven del turismo, la cultura, la gastronomía y la naturaleza. La 17-Mile Drive, Pebble Beach, Point Lobos, la cercana Big Sur y la propia historia de la región atraen a viajeros de todo el mundo. De primera capital española a meca de la conservación marina y el turismo costero, la península de Monterey condensa buena parte de la historia y la belleza de California.