En el fondo del mar, frente a los Cayos de Florida, todavía descansan galeones españoles hundidos con sus tesoros: durante siglos, estos arrecifes fueron un cementerio de barcos que convirtió a un puñado de islas remotas en uno de los lugares más prósperos —y peligrosos— de Norteamérica. Pero la historia de los Cayos empieza mucho antes de los naufragios y los buscadores de tesoros.
Antes de la llegada de los europeos, los Cayos de Florida formaban parte del territorio de pueblos originarios del sur de la península, como los Calusa y los Tequesta, que aprovechaban la riqueza pesquera de sus aguas y se desplazaban en canoas entre las islas. Estos pueblos dejaron conchales y otros vestigios, aunque la mayoría desapareció tras el contacto con los europeos, diezmados por las enfermedades y los conflictos.
Los primeros exploradores españoles recorrieron la cadena de islas en el siglo XVI, durante las expediciones que reconocieron las costas de Florida. Impresionados por la forma de las rocas y los arrecifes, o quizá por los naufragios y desgracias que allí ocurrían, los españoles bautizaron al archipiélago como 'Los Mártires'. El término 'cayo', que da nombre a las islas, proviene también del español (de 'cayo', islote arenoso), adaptado luego al inglés como 'key'.
Durante los siglos coloniales, los Cayos fueron una zona peligrosa para la navegación, sembrada de arrecifes que provocaban frecuentes naufragios de los galeones que surcaban el estrecho de Florida cargados de tesoros. La región permaneció prácticamente deshabitada por colonos, frecuentada solo por pescadores, navegantes y, ocasionalmente, piratas, hasta que Florida pasó a manos de Estados Unidos en 1821.
Tras la incorporación de Florida a Estados Unidos, los Cayos comenzaron a poblarse y a desarrollar economías muy particulares ligadas al mar. La más singular fue el 'wrecking': el rescate de barcos naufragados en los traicioneros arrecifes. Los habitantes de los Cayos —muchos llegados desde las Bahamas, los llamados 'Conchs'— se especializaron en socorrer embarcaciones encalladas y recuperar sus cargamentos, una actividad legal y muy rentable que convirtió a Key West, la principal ciudad del archipiélago, en una de las localidades más prósperas del país a mediados del siglo XIX.
A la riqueza del wrecking se sumaron otras actividades: la pesca, la recolección de esponjas marinas y, sobre todo en Key West, la industria del cigarro, impulsada por la llegada de tabaqueros cubanos. La construcción de faros a lo largo de los arrecifes, sin embargo, fue reduciendo los naufragios y, con el tiempo, apagando la era dorada del rescate de barcos.
Mientras Key West florecía, el resto de los Cayos permanecía escasamente poblado, con pequeñas comunidades de pescadores y recolectores dispersas entre las islas. La falta de conexión terrestre con el continente mantenía al archipiélago aislado, accesible solo por mar. Esa situación cambiaría de manera radical a comienzos del siglo XX con una de las mayores obras de ingeniería de su tiempo.
A comienzos del siglo XX, el magnate del ferrocarril Henry Flagler concibió un proyecto descomunal: extender su línea de la costa este de Florida hasta Key West, saltando de cayo en cayo sobre el mar. La obra, conocida como el Overseas Railroad o 'Flagler's Folly' (la locura de Flagler), exigió tender vías y puentes sobre brazos de mar abierto en condiciones extremas. Se completó en 1912 y conectó por primera vez los Cayos con el continente, una hazaña celebrada como la octava maravilla del mundo en su época, que permitió la llegada de viajeros y mercancías por tierra firme.
El ferrocarril funcionó poco más de dos décadas. El devastador huracán del Día del Trabajo de 1935, uno de los más intensos registrados en EE.UU., arrasó tramos enteros de las vías y los puentes y causó cientos de muertes, poniendo fin al servicio. En lugar de reconstruir el ferrocarril, el Estado adquirió la infraestructura y, sobre el trazado y los puentes existentes, construyó una carretera: la Overseas Highway, que se completó y mejoró en las décadas siguientes y que es la actual US-1 que recorre los Cayos.
La carretera, con su célebre Seven Mile Bridge y sus decenas de puentes, transformó los Cayos: los hizo accesibles en automóvil y abrió la puerta al turismo masivo. A lo largo del siglo XX, el archipiélago se desarrolló como destino de buceo, pesca y descanso, conservando su carácter relajado e isleño. Hoy, la combinación de arrecifes de coral protegidos, naturaleza singular, pueblos pintorescos y la propia ruta escénica sobre el mar hace de los Cayos uno de los grandes íconos turísticos de Florida y de Estados Unidos.
A lo largo del siglo XX, Key West vivió varias reinvenciones. Tras el ocaso del wrecking y de la industria del cigarro (que en buena parte migró a Tampa), la ciudad atravesó una grave crisis durante la Gran Depresión, al punto de declararse en bancarrota en 1934. La llegada de la Overseas Highway y, después, el desarrollo de una base naval, la armaron de nuevo. A mediados de siglo, Key West atrajo a escritores y artistas —Ernest Hemingway vivió allí en los años 30 y escribió parte de su obra en la isla— y consolidó una identidad bohemia, tolerante y festiva que perdura.
En 1982, en un célebre gesto de protesta contra un control fronterizo que bloqueaba la US-1, Key West se declaró en broma independiente como la 'Conch Republic' ('República de la Concha'), un episodio que hoy se celebra cada año y que resume el espíritu irreverente de la isla. El turismo, el ambiente LGBT-friendly y los cruceros transformaron a Key West en uno de los destinos más visitados del sur de Florida.
En paralelo, los Cayos se volvieron un referente de la conservación marina. En 1963 se creó el John Pennekamp Coral Reef State Park, primer parque submarino de EE.UU., y en 1990 se declaró el Florida Keys National Marine Sanctuary, que protege miles de kilómetros cuadrados de arrecifes, manglares y praderas marinas. La fauna endémica, como el Key deer, también cuenta con refugios federales. Hoy los Cayos enfrentan el desafío de equilibrar un turismo intenso con la fragilidad de sus ecosistemas y la amenaza de los huracanes —como Irma, que golpeó duramente el archipiélago en 2017—, mientras siguen siendo uno de los destinos más queridos de Estados Unidos.