Por sorprendente que parezca para una ciudad hoy famosa por su artificialidad y su exceso, el origen de Las Vegas está en la naturaleza: era un oasis en pleno desierto de Mojave. El valle contaba con manantiales de agua subterránea que afloraban a la superficie, creando praderas y zonas verdes en medio de la aridez del desierto. Esa vegetación inesperada le dio su nombre: 'Las Vegas', en español, que significa 'los prados' o 'las vegas' (tierras fértiles y húmedas, vegas de un río).
El nombre fue puesto por exploradores y viajeros de habla hispana a comienzos del siglo XIX, cuando el valle servía de punto de descanso y abastecimiento de agua en el llamado Camino Real español (la 'Old Spanish Trail'), una ruta de caravanas que conectaba Nuevo México con California. Para los viajeros que cruzaban el desierto, encontrar aquellos prados y manantiales era un alivio vital. La región estaba habitada por los paiute del sur, un pueblo originario adaptado a la vida en el desierto.
Tras la guerra entre México y Estados Unidos (mediados del siglo XIX), la zona pasó a manos estadounidenses. Hubo un breve y fracasado intento de asentamiento por parte de colonos mormones a mediados de siglo, pero durante décadas el valle de Las Vegas siguió siendo un punto de paso remoto y escasamente poblado. Nada hacía prever que aquel oasis en medio de la nada se convertiría en una de las ciudades más famosas del mundo.
Las Vegas como ciudad nació gracias al ferrocarril. A comienzos del siglo XX, la zona se convirtió en un punto estratégico en la línea ferroviaria que conectaba Salt Lake City con el sur de California, por su agua y su ubicación. El 15 de mayo de 1905 se subastaron los primeros terrenos junto a las vías, fecha que se considera la fundación oficial de la ciudad. En 1911, Las Vegas se incorporó como municipio. Durante sus primeros años fue una pequeña y modesta población ferroviaria del desierto.
Dos acontecimientos casi simultáneos, a comienzos de los años 30, sentaron las bases de su futuro extraordinario. El primero fue la construcción de la cercana presa Hoover (1931-1936) sobre el río Colorado: una colosal obra que, en plena Gran Depresión, atrajo a miles de trabajadores a la región, dinamizó la economía local y, sobre todo, proporcionó a Las Vegas algo decisivo: agua y electricidad abundantes y baratas, los recursos que harían posible el crecimiento de una gran ciudad en el desierto.
El segundo, y quizá más determinante para su identidad, fue que en 1931 el estado de Nevada legalizó el juego (las apuestas). Mientras en casi todo el país el juego estaba prohibido, Nevada lo convirtió en una actividad legal, y Las Vegas, con su nueva afluencia de trabajadores y su permisividad, empezó a desarrollar casinos y salas de juego. Aquella decisión legal, combinada con el agua de la presa y la electricidad, fue la semilla de la futura capital mundial del juego.
Las décadas de 1940 y 1950 vieron nacer el Las Vegas que conocemos: el de los grandes casinos-hotel y el del Strip. Fuera del límite de la ciudad, a lo largo de la carretera que llevaba a Los Ángeles, empezaron a construirse los primeros hoteles-casino resort, que combinaban juego, alojamiento, espectáculos y restaurantes en un mismo lugar. Aquel tramo de carretera se convertiría en el legendario Las Vegas Strip.
Un nombre y un episodio marcan la mitología de esta época: en 1946, el gánster Bugsy Siegel, vinculado al crimen organizado, abrió el lujoso hotel-casino Flamingo, uno de los pioneros del Strip. Aunque la historia tiene mucho de leyenda y simplificación, lo cierto es que el crimen organizado (la mafia) tuvo un papel importante en la financiación y el control de los casinos de Las Vegas durante estas décadas, atraído por el enorme y lucrativo negocio del juego legal. El dinero, real y de dudosa procedencia, fluyó hacia la construcción de casinos cada vez más grandes y glamorosos.
Fueron los años dorados del Las Vegas clásico: la ciudad se llenó de neón, de espectáculos, de figuras del show business. Era la época del 'Rat Pack' (Frank Sinatra, Dean Martin, Sammy Davis Jr. y compañía), que actuaban y se reunían en la ciudad, encarnando el glamour y la diversión del Las Vegas de los años 50 y 60. Las Vegas se ganó su fama de capital del juego, el espectáculo y la noche, con un aura entre glamorosa y peligrosa.
A partir de fines de los años 60 y en los 70, Las Vegas vivió una transformación profunda: el control de los casinos pasó, poco a poco, de manos del crimen organizado a las de grandes corporaciones legales. Cambios en las leyes de Nevada permitieron que empresas que cotizaban en bolsa fueran dueñas de casinos, lo que atrajo inversión legítima y profesionalizó la industria. Una figura clave fue el excéntrico multimillonario Howard Hughes, que compró varios hoteles y ayudó a 'limpiar' la imagen de la ciudad. El juego dejó de ser un negocio de gánsteres para convertirse en una industria corporativa de enorme escala.
La gran reinvención llegó en las décadas de 1980 y, sobre todo, 1990, con la era de los megaresorts temáticos. Visionarios como Steve Wynn impulsaron la construcción de hoteles-casino descomunales y espectaculares, cada uno con una temática que lo convertía en una atracción en sí misma: la pirámide del Luxor, la Venecia del Venetian, el París del Paris, los volcanes y piratas, las fuentes del Bellagio. Las Vegas dejó de ser solo una ciudad del juego para convertirse en un gigantesco parque de atracciones para adultos (y, en algún momento, también orientado a familias), un destino de entretenimiento total.
Esta reinvención multiplicó el atractivo turístico de la ciudad: a los casinos se sumaron los grandes espectáculos, la alta gastronomía, las compras de lujo, las piscinas, las discotecas y las convenciones. Las Vegas pasó a ser uno de los destinos turísticos más visitados del mundo, capaz de reinventarse constantemente para seguir atrayendo a millones de visitantes.
Hoy Las Vegas es, sin discusión, la capital mundial del entretenimiento, y una ciudad en perpetua reinvención. Aunque el juego sigue siendo parte fundamental de su identidad y su economía, la ciudad se ha diversificado enormemente: una parte cada vez mayor de sus ingresos proviene de los espectáculos, la gastronomía, las compras, los clubes, las convenciones y los grandes eventos, más que de las propias apuestas. Las Vegas se ha convertido en un destino de experiencias de todo tipo.
La ciudad atrae cada año a decenas de millones de visitantes de todo el mundo. Es la sede de algunos de los mayores espectáculos en vivo del planeta —las residencias de las grandes estrellas de la música, las producciones del Cirque du Soleil—, un epicentro de la alta gastronomía (con restaurantes de los chefs más célebres), un gran centro de convenciones y, en los últimos años, también de grandes eventos deportivos y de nuevas atracciones tecnológicas y espectaculares. El Strip sigue creciendo y renovándose con hoteles y propuestas cada vez más ambiciosas.
Las Vegas conserva, además, su papel de gran base turística para descubrir las maravillas naturales del suroeste estadounidense: el Gran Cañón, la presa Hoover, y los parques nacionales del oeste están a su alcance, lo que la convierte en un punto de partida ideal para combinar entretenimiento y naturaleza. Sin agua, sin la presa Hoover y sin la legalización del juego, aquel oasis del desierto nunca habría sido lo que es: una ciudad surgida de la nada que se convirtió en una de las más famosas, deslumbrantes y singulares del mundo.