Mucho antes de que existiera estación de esquí alguna, las montañas y valles de lo que hoy es Vermont estaban habitados por pueblos originarios de lengua algonquina. En la región vivían los abenaki (en particular los abenaki occidentales), cazadores, pescadores y agricultores que recorrían los bosques de las Montañas Verdes y los valles de los ríos, aprovechando la caza, la pesca y el cultivo del maíz, los porotos y la calabaza. Para ellos, estas montañas no eran un destino de ocio, sino un territorio de vida del que formaban parte desde hacía miles de años.
La llegada de los europeos a partir del siglo XVII —primero exploradores y comerciantes franceses e ingleses— alteró profundamente este mundo. El territorio que hoy es Vermont quedó en una zona de fricción entre las colonias francesas de Canadá y las colonias inglesas de Nueva Inglaterra y Nueva York, y los abenaki se vieron arrastrados a esas disputas, además de sufrir las epidemias traídas por los recién llegados.
El propio nombre de la región tiene raíz francesa: 'Vermont' suele asociarse a 'verts monts' ('montañas verdes'), por los bosques que cubren sus cadenas. Esa identidad montañosa y boscosa, que hoy es el gran atractivo turístico de lugares como Killington, hunde sus raíces en un paisaje que los pueblos originarios habitaron mucho antes de que se trazara la primera pista de esquí.
Durante el siglo XVIII, el territorio de Vermont fue objeto de disputa entre las colonias inglesas vecinas, sobre todo Nueva York y Nuevo Hampshire, que reclamaban las mismas tierras y otorgaban concesiones superpuestas a los colonos. De esa tensión surgieron los Green Mountain Boys, una milicia liderada por Ethan Allen que defendía los derechos de los colonos de Vermont frente a las pretensiones de Nueva York.
En medio de la Guerra de Independencia de Estados Unidos, Vermont dio un paso singular: en 1777 se declaró una república independiente, con su propia constitución, que tuvo el mérito histórico de ser una de las primeras en prohibir la esclavitud de adultos. La República de Vermont funcionó como entidad soberana de hecho durante catorce años, entre 1777 y 1791, sin formar parte todavía de la nueva Unión estadounidense.
Finalmente, en 1791, Vermont se incorporó a Estados Unidos como el estado número 14, el primero en sumarse a las trece colonias originales. A lo largo del siglo XIX se consolidó como un estado rural, de economía agrícola y ganadera —famoso por sus granjas lecheras, su lana y su jarabe de arce—, con pequeños pueblos de iglesias blancas y graneros rojos diseminados entre las Montañas Verdes. Ese paisaje rural y montañoso sería, mucho después, el escenario sobre el que crecería la industria del esquí.
El esquí llegó a Vermont a comienzos del siglo XX de la mano de inmigrantes europeos y de aficionados que adaptaron el deporte de los Alpes y de Escandinavia a las montañas de Nueva Inglaterra. Las laderas nevadas que durante siglos habían sido solo un obstáculo para la vida rural empezaron a verse, de pronto, como una oportunidad de recreación y de negocio.
Un hito clave ocurrió en los años treinta, cuando en Vermont se instaló uno de los primeros remontes mecánicos de Estados Unidos, que permitía a los esquiadores subir sin tener que ascender a pie cada vez. Ese avance, junto con la llegada del ferrocarril que acercaba a los visitantes de las grandes ciudades del noreste, sentó las bases para el desarrollo de las estaciones de esquí.
Tras la Segunda Guerra Mundial, el esquí se popularizó con fuerza. Veteranos de las tropas de montaña, una clase media en expansión y la mejora de las rutas y los autos hicieron posible que cada vez más gente de Nueva York, Boston y todo el noreste subiera los fines de semana a las montañas de Vermont. En ese contexto de boom del esquí nacieron muchas de las grandes estaciones del estado, entre ellas la que se levantaría en las laderas del Killington Peak.
El gran salto de Killington como destino llegó en 1958, cuando el empresario Preston Leete Smith abrió la estación de esquí en las laderas del Killington Peak, el segundo pico más alto de Vermont. La apuesta era ambiciosa: desarrollar un complejo en una montaña alta y de gran potencial, en un pueblo hasta entonces rural y poco poblado, en plena efervescencia del esquí de posguerra.
Bajo la dirección de Smith, Killington creció con rapidez y se convirtió en un pionero en varios frentes. Fue de los primeros en apostar fuerte por la nieve artificial (snowmaking) para asegurar la cobertura de las pistas y prolongar la temporada, y en expandirse hacia montañas vecinas para sumar terreno esquiable. Esa estrategia de crecimiento llevó a que Killington terminara abarcando varios picos interconectados, convirtiéndose en el mayor complejo de esquí del este de Estados Unidos.
Con el tiempo, Killington sumó otros atractivos —entre ellos la incorporación de la cercana estación de Pico— y se ganó el apodo de 'Beast of the East', la Bestia del Este, por su escala, su variedad de pistas y sus temporadas notablemente largas. La estación pasó por distintos propietarios y procesos de modernización, pero mantuvo su lugar como uno de los grandes referentes del esquí del noreste estadounidense.
Hoy Killington es uno de los destinos de montaña más reconocidos del este de Estados Unidos. El resort, con sus seis picos interconectados, sigue ofreciendo la mayor superficie esquiable de la región y una de las temporadas más largas, fiel a su apodo de 'Beast of the East'. Su animada vida après-ski a lo largo de la Killington Road y su cercanía a las grandes ciudades del noreste lo mantienen como un imán para esquiadores de Nueva York, Boston y todo el corredor atlántico.
Uno de los hitos de su etapa reciente fue convertirse en sede de competencias de la Copa del Mundo de esquí alpino. Killington ha albergado pruebas femeninas de la Copa del Mundo en torno al fin de semana de Acción de Gracias, atrayendo a las mejores esquiadoras del planeta y a miles de espectadores, lo que reforzó su prestigio internacional y su imagen de gran montaña capaz de albergar eventos de máximo nivel.
Pero Killington dejó de ser un destino solo invernal. La estación apostó por las temporadas cálidas con el Killington Bike Park de ciclismo de descenso, el senderismo, el golf y la góndola panorámica, además del enorme atractivo del follaje otoñal de las Montañas Verdes. Así, un pueblo que en el siglo XX vivía casi exclusivamente de la nieve se transformó en un destino de montaña de todo el año, conservando el espíritu rural de Vermont y la pasión por el esquí que le dio origen.