Mucho antes de que los Hamptons fueran sinónimo de mansiones y glamour, la South Fork de Long Island estaba habitada por pueblos de lengua algonquina que vivían de la riqueza del mar y la tierra. Los principales eran los shinnecock, en la zona del actual Southampton, y los montaukett, hacia el extremo este, en torno a lo que hoy es Montauk. Estos pueblos pescaban, cazaban, recolectaban mariscos y cultivaban, y eran expertos en la fabricación de 'wampum', las cuentas de conchas marinas que tenían un gran valor ceremonial y comercial entre los pueblos de la región.
La huella de estos habitantes originarios está por todas partes en la geografía de los Hamptons: muchos de los nombres de lugares de la zona —incluido el propio Montauk, Shinnecock, Amagansett o Peconic— derivan de lenguas indígenas. A diferencia de lo ocurrido con tantos otros pueblos nativos, los shinnecock lograron mantener una presencia continua en su territorio ancestral hasta hoy: la Nación Shinnecock conserva una reserva (reservation) cerca de Southampton y fue reconocida federalmente como tribu en 2010, tras una larga lucha.
La llegada de los colonos ingleses a mediados del siglo XVII transformó radicalmente la vida de estos pueblos, a través del comercio, la cesión y pérdida de tierras y las enfermedades traídas de Europa. Aun así, la memoria y la cultura de los shinnecock y montaukett siguen siendo parte viva de la identidad del East End, reivindicada en museos y en el powwow anual de los shinnecock, uno de los eventos nativos más concurridos de la Costa Este.
La colonización europea del East End de Long Island fue obra de ingleses procedentes de Nueva Inglaterra, no de los holandeses que habían fundado Nueva Ámsterdam (la futura Nueva York) en el otro extremo de la isla. En 1640, un grupo de colonos ingleses llegados desde Massachusetts fundó Southampton, considerado el primer asentamiento inglés del estado de Nueva York. Pocos años después, hacia 1648, se fundó East Hampton, también por colonos de origen inglés.
Estos pueblos nacieron como comunidades agrícolas y pesqueras de fuerte impronta puritana, organizadas en torno a la iglesia y a la tierra comunal, al estilo de Nueva Inglaterra. Durante sus primeras décadas, de hecho, estuvieron más vinculados política y culturalmente con las colonias de Connecticut y Massachusetts que con la Nueva Ámsterdam holandesa, hasta que toda la zona pasó a control inglés. Los colonos se dedicaron a cultivar la tierra, criar ganado, pescar y, desde la costa, a la caza de ballenas que pasaban cerca del litoral.
Esa herencia colonial inglesa sigue siendo muy visible en los Hamptons de hoy: los centros históricos de Southampton, East Hampton y otros pueblos conservan casas, iglesias, cementerios, molinos de viento y estanques (town ponds) de los siglos XVII y XVIII, perfectamente preservados, que les dan ese aire de pueblo idílico de Nueva Inglaterra. De hecho, el nombre 'Hampton' deriva de localidades inglesas, reflejo del origen de aquellos primeros pobladores.
Durante el siglo XIX, mientras la mayoría de los pueblos del East End seguían siendo comunidades agrícolas y pesqueras tranquilas, uno de ellos vivió un auge espectacular gracias a una industria que entonces movía fortunas: la caza de ballenas. Ese pueblo fue Sag Harbor, que por su excelente puerto natural sobre la bahía se convirtió en uno de los puertos balleneros más importantes y prósperos de toda la costa este de Estados Unidos.
Desde Sag Harbor zarpaban barcos balleneros en largas expediciones de años por los océanos del mundo, en busca del aceite de ballena que, en aquella época anterior al petróleo, era esencial para la iluminación y la lubricación. La industria atrajo riqueza, marineros de todo el mundo y una vida cosmopolita y bulliciosa al pueblo. Los capitanes y armadores que se enriquecieron con la caza construyeron elegantes mansiones, muchas de estilo neogriego, que aún hoy se conservan y dan a Sag Harbor su carácter histórico distintivo.
El auge ballenero declinó hacia mediados y fines del siglo XIX, cuando la sobreexplotación, los naufragios y, sobre todo, la aparición del petróleo (que reemplazó al aceite de ballena) hundieron la industria. Sag Harbor perdió su pujanza comercial, pero conservó intacto su patrimonio arquitectónico, lo que le permitió reinventarse más tarde como un pueblo de gran encanto histórico. El Sag Harbor Whaling Museum, en una imponente mansión de la época, mantiene viva la memoria de aquella era heroica y dura.
La transformación de los Hamptons en el balneario de la elite comenzó a fines del siglo XIX, cuando la belleza de sus playas, su clima estival y su relativa cercanía a la ciudad de Nueva York empezaron a atraer a veraneantes adinerados. La llegada del ferrocarril facilitó el acceso, y las familias prósperas de Nueva York comenzaron a construir grandes casas de verano (los llamados 'summer cottages', que de cottage tenían poco) a lo largo de la costa, especialmente en Southampton y East Hampton.
Pero los Hamptons no atrajeron solo a la alta sociedad: también se convirtieron, casi desde el principio, en un imán para artistas, escritores e intelectuales, seducidos por la calidad de la luz, los paisajes de dunas y campos, y la tranquilidad. Ya a fines del siglo XIX se instalaron pintores en la zona, y East Hampton, en particular, desarrolló una temprana colonia de artistas. Esta doble identidad —destino de la elite social y refugio creativo— marcaría para siempre el carácter de los Hamptons.
A comienzos del siglo XX, los pueblos del East End vivían ya una clara temporada de verano que transformaba su población y su economía. Aunque seguían siendo, fuera de temporada, comunidades rurales y pesqueras, en los meses cálidos se llenaban de veraneantes ricos, fiestas, clubes náuticos y vida social. Se sentaban así las bases de lo que serían los Hamptons modernos: un lugar donde el lujo, el arte y la naturaleza convivirían en un equilibrio único.
A mediados del siglo XX, los Hamptons —y en especial la zona de East Hampton y Springs— vivieron uno de los capítulos más fascinantes de su historia: se convirtieron en una verdadera capital del arte de vanguardia estadounidense, epicentro del movimiento del expresionismo abstracto que situó a Nueva York a la cabeza del arte mundial.
La figura central de este fenómeno fue el pintor Jackson Pollock, quien junto a su esposa, la también pintora Lee Krasner, se mudó a una granja en Springs, cerca de East Hampton, en 1945. Atraídos por la tranquilidad, la luz y los precios entonces asequibles de la zona, en aquel entorno rural Pollock desarrolló su revolucionaria técnica del 'dripping' (goteo), creando algunas de las obras más influyentes del siglo XX. Su presencia atrajo a otros artistas: Willem de Kooning, Robert Motherwell y muchos más establecieron casas y estudios en la zona, formando una vibrante comunidad creativa que mezclaba el trabajo, la vida bohemia y las largas tertulias.
Esta concentración de talento dejó una huella profunda en la identidad cultural de los Hamptons, que se consolidaron como un lugar asociado al arte de primer nivel. Hoy ese legado se conserva en lugares como la Pollock-Krasner House (la casa-estudio convertida en museo, donde aún se ven las salpicaduras de pintura en el suelo del estudio) y el Parrish Art Museum, así como en las numerosas galerías de la zona. Aquella época en que los Hamptons fueron el taller de los genios del arte estadounidense sigue siendo motivo de orgullo y un atractivo cultural de primer orden.
A lo largo de la segunda mitad del siglo XX y hasta hoy, los Hamptons se consolidaron como uno de los destinos de verano más exclusivos y famosos del mundo, el balneario por excelencia de la elite de Nueva York y, por extensión, de buena parte de la elite estadounidense e internacional. La cercanía a Manhattan, la belleza de las playas y los pueblos, y la concentración de riqueza convirtieron a la zona en sinónimo de lujo, estatus y vida social de alto nivel.
Los precios inmobiliarios se dispararon hasta cifras astronómicas: las mansiones frente al mar de Southampton, East Hampton o Sagaponack están entre las propiedades más caras de Estados Unidos. El verano de los Hamptons se llenó de fiestas benéficas, eventos exclusivos, restaurantes de moda, tiendas de marcas de lujo y la presencia habitual de celebridades del cine, la música, las finanzas y la política. La cultura popular —películas, series, revistas— consolidó la imagen glamorosa de la zona como el lugar donde 'todo el mundo que importa' pasa el verano.
Sin embargo, los Hamptons siguen siendo, fuera de temporada y bajo su capa de glamour, una región con una historia profunda y una identidad genuina: pueblos coloniales preservados, una tradición agrícola y pesquera viva, viñedos, faros históricos como el de Montauk, la presencia de la Nación Shinnecock y una notable herencia artística. Esa tensión entre el lujo contemporáneo y el carácter histórico y natural es, precisamente, lo que hace de los Hamptons un destino tan singular: un lugar donde las mansiones de los multimillonarios conviven con molinos de viento centenarios y dunas barridas por el viento del Atlántico.