Las montañas que hoy forman el Parque Nacional Glacier fueron, durante miles de años, territorio de varios pueblos indígenas, para quienes esta 'Corona del Continente' tenía un profundo significado espiritual. En las llanuras y estribaciones del este dominaban los pies negros (Blackfeet), una poderosa confederación de las grandes praderas, mientras que en los valles boscosos del oeste vivían los kootenai (kutenai) y los salish (flathead).
Para los pies negros, las altas montañas del este del parque eran un lugar sagrado, escenario de búsquedas de visiones y ceremonias. Los pueblos del oeste cruzaban los puertos de montaña para cazar bisontes en las llanuras y para comerciar. Toda la región estaba surcada por rutas y caminos indígenas, y su toponimia, su fauna y sus paisajes formaban parte de las tradiciones de estos pueblos.
Cuando el Gobierno de Estados Unidos estableció las reservas y los límites territoriales en el siglo XIX, las montañas del este del actual parque quedaron dentro de tierras de los pies negros. A finales de ese siglo, presionada y empobrecida tras el exterminio de los bisontes, la tribu vendió al Gobierno la franja montañosa en 1895, en un acuerdo que cedía las tierras pero, según la interpretación de la tribu, preservaba ciertos derechos de uso. Aquella cesión abrió el camino a la futura creación del parque.
A finales del siglo XIX, la llegada del ferrocarril Great Northern Railway, que cruzaba el norte de Montana junto al límite sur del actual parque, transformó la accesibilidad de la región. Aunque hubo intentos de minería que no prosperaron, pronto se impuso una visión muy distinta: la del turismo de naturaleza.
Entre los grandes impulsores de la protección del área destacó George Bird Grinnell, naturalista, editor y conservacionista, que exploró la región repetidamente, quedó fascinado por sus glaciares y montañas, y acuñó para ella el nombre de la 'Corona del Continente'. Grinnell encabezó durante años una campaña para que la zona fuera declarada parque nacional, escribiendo y presionando a políticos e instituciones.
Sus esfuerzos culminaron en 1910, cuando el Congreso estableció el Parque Nacional Glacier, el décimo del país. El Great Northern Railway, viendo una oportunidad de negocio, invirtió enormemente en el desarrollo turístico del parque, construyendo grandes lodges de estilo alpino suizo (como el Many Glacier Hotel, el Glacier Park Lodge y el Lake McDonald Lodge) y una red de chalets y campamentos conectados, promocionando Glacier como 'los Alpes de América' para atraer a viajeros que en aquellos años no podían cruzar a la Europa en guerra.
El gran hito de la era del automóvil llegó en 1933 con la inauguración de la Going-to-the-Sun Road, una de las carreteras de montaña más ambiciosas jamás construidas en un parque nacional. Excavada con enormes dificultades en las paredes verticales de las montañas y cruzando el puerto de Logan Pass, abrió el corazón del parque a los visitantes y se convirtió en una atracción en sí misma, hoy reconocida como Hito Histórico de la Ingeniería Civil.
En 1932, Glacier se unió simbólicamente al vecino Parque Nacional de los Lagos Waterton, en Canadá, para formar el Parque Internacional de la Paz Waterton-Glacier, el primero de su clase en el mundo, como gesto de amistad entre ambos países. El conjunto fue declarado Reserva de la Biosfera y, en 1995, Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, por su excepcional valor natural.
El rasgo que da nombre al parque, sin embargo, está desapareciendo. Los glaciares que esculpieron estos paisajes y que aún sobreviven en las cumbres se encuentran en franco retroceso a causa del cambio climático: de las decenas que existían a mediados del siglo XIX, quedan apenas un puñado, mucho más pequeños, y los científicos prevén que podrían desaparecer en las próximas décadas. Glacier se ha convertido así en un símbolo visible del calentamiento global, un lugar donde el paisaje se transforma ante los ojos de quienes lo visitan.
En las primeras décadas del siglo XX, cuando la Primera Guerra Mundial había cerrado Europa al turismo, el Great Northern Railway lanzó una campaña publicitaria brillante: promocionar Glacier como 'los Alpes de América' ('See America First'). La idea era convencer a las familias adineradas del este de Estados Unidos de que no necesitaban cruzar el Atlántico para ver montañas espectaculares, chalets de estilo suizo y glaciares: los tenían en Montana.
Para sostener esa fantasía alpina, la compañía levantó entre 1910 y 1915 una constelación de hoteles y chalets de inspiración suiza y bávara, unidos por senderos y rutas a caballo pensados para recorrer el parque en excursiones de varios días de refugio en refugio. El Glacier Park Lodge, con su vestíbulo sostenido por enormes troncos de abeto Douglas de siglos de antigüedad; el Many Glacier Hotel, a orillas del lago Swiftcurrent, con empleados vestidos de tiroleses; y el Lake McDonald Lodge se convirtieron en íconos. Muchos de esos edificios sobreviven hoy y son National Historic Landmarks, y alojarse en ellos sigue siendo una de las experiencias más evocadoras del parque.
Otra figura legendaria de aquella época fueron los guías de montaña y, más tarde, los guardaparques (park rangers), encargados de conducir a los visitantes, mantener los senderos y proteger la fauna. La cultura del excursionismo de refugio en refugio, con mulas cargando el equipaje entre chalets, definió durante décadas la manera de visitar Glacier y forjó buena parte del imaginario romántico que todavía rodea al parque.
En las últimas dos décadas, Glacier pasó de ser un parque relativamente tranquilo a uno de los más visitados y congestionados de Estados Unidos, con más de tres millones de visitantes anuales en los años pico. La afluencia, concentrada en apenas diez semanas de verano (cuando la Going-to-the-Sun Road está completamente abierta), generó un colapso recurrente de los estacionamientos de Logan Pass, Avalanche Lake y Many Glacier, que solían llenarse antes de las 7 de la mañana.
Para enfrentar ese problema, el Servicio de Parques Nacionales introdujo en 2021 un sistema piloto de reservas de acceso por vehículo (vehicle reservations o timed entry), que se fue ajustando año a año y que dividió opiniones: para unos era la única forma de proteger la experiencia y el ecosistema; para otros, una traba al acceso público a tierras federales. Tras varias temporadas de prueba, el parque dio un giro en 2026 y eliminó las reservas de vehículo: ese año se puede entrar en auto por cualquier acceso y a cualquier hora, solo con la entrada al parque. En su lugar, el manejo de la multitud pasó a apoyarse en un shuttle con ticket en la Going-to-the-Sun Road, en un límite de tres horas de estacionamiento en Logan Pass desde el 1 de julio de 2026 y en cierres temporales de ingreso cuando una zona se satura. El debate sobre cómo equilibrar acceso y conservación en uno de los parques más frágiles del país sigue abierto.
En paralelo, la Nación Blackfeet (Blackfeet Nation), cuya reserva linda con el lado este del parque, ha reforzado en los últimos años su presencia y su voz en la gestión del territorio que consideran ancestral y sagrado, participando en programas de co-manejo de recursos naturales y en la interpretación cultural del parque para los visitantes. Mientras tanto, el retroceso de los glaciares continúa: los científicos del US Geological Survey monitorean de cerca a los pocos que quedan, documentando año a año cómo uno de los símbolos más fotografiados del oeste americano se reduce ante el cambio climático.