La historia de Filadelfia comienza con un proyecto utópico. En 1681, el rey Carlos II de Inglaterra concedió al cuáquero inglés William Penn una enorme extensión de tierra en América del Norte, en pago de una deuda que la Corona tenía con su difunto padre. Penn, perseguido en Inglaterra por su fe cuáquera, vio en esas tierras la oportunidad de fundar una colonia basada en la tolerancia religiosa, la libertad de conciencia y la convivencia pacífica. El territorio recibió el nombre de Pensilvania ('los bosques de Penn', en honor a su padre).
En 1682, Penn fundó la ciudad que sería la capital de su colonia y le dio un nombre cargado de simbolismo: Filadelfia, del griego 'philos' (amor) y 'adelphos' (hermano), es decir, 'la ciudad del amor fraternal'. El nombre reflejaba su ideal de una comunidad donde personas de distintas religiones y orígenes pudieran vivir en armonía. A diferencia de otras colonias, Penn buscó tratar con justicia a los pueblos originarios (principalmente los lenape o delaware), comprándoles tierras mediante tratados en lugar de tomarlas por la fuerza, una política inusual para la época.
Uno de los grandes aportes de Penn fue el diseño urbano. Junto al agrimensor Thomas Holme, trazó la ciudad con un plano en cuadrícula racional entre los ríos Delaware y Schuylkill, con calles anchas y rectas y cinco plazas públicas (squares) distribuidas de forma simétrica. Este 'green country town', pensado para evitar los incendios y el hacinamiento de las ciudades europeas, fue pionero en el urbanismo colonial americano e influyó en el diseño de muchas ciudades posteriores de Estados Unidos.
A lo largo del siglo XVIII, Filadelfia creció hasta convertirse en la ciudad más grande y próspera de las trece colonias británicas en América del Norte, y en una de las mayores del Imperio británico después de Londres. Su puerto sobre el río Delaware la convirtió en un centro comercial de primer orden, y su clima de tolerancia atrajo a inmigrantes de orígenes muy diversos: cuáqueros ingleses, alemanes ('Pennsylvania Dutch'), escoceses-irlandeses, judíos y otros, lo que le dio una diversidad poco habitual para la época.
La ciudad fue también un gran foco intelectual y científico, en buena medida gracias a una de las figuras más extraordinarias de la historia estadounidense: Benjamin Franklin. Aunque nacido en Boston, Franklin hizo de Filadelfia su ciudad, y allí desplegó su asombrosa actividad como impresor, científico, inventor, escritor y hombre público. Fundó la primera biblioteca pública por suscripción, el primer cuerpo de bomberos voluntarios, una universidad (la futura Universidad de Pensilvania), la American Philosophical Society y un hospital, entre muchas otras instituciones. Sus experimentos con la electricidad le dieron fama mundial.
Esta combinación de riqueza comercial, diversidad y vida intelectual hizo de Filadelfia el lugar natural donde, en las décadas siguientes, las colonias se reunirían para discutir su destino. La ciudad contaba con la infraestructura, las imprentas, las posadas y la ubicación central que la convertían en el punto de encuentro lógico de los representantes de las colonias del norte y del sur.
El papel de Filadelfia en el nacimiento de Estados Unidos la convirtió en una de las ciudades más importantes de la historia moderna. A medida que crecían las tensiones entre las colonias y la Corona británica por los impuestos y la falta de representación, fue en Filadelfia donde los representantes coloniales decidieron reunirse. En 1774 se celebró allí el Primer Congreso Continental, en el Carpenters' Hall, y en 1775 se reunió el Segundo Congreso Continental en la State House de Pensilvania, el edificio que hoy conocemos como Independence Hall.
Fue en ese edificio donde se produjo el acontecimiento que cambió la historia. El 2 de julio de 1776 el Congreso votó a favor de separarse de Gran Bretaña, y el 4 de julio aprobó el texto de la Declaración de Independencia, redactado principalmente por Thomas Jefferson, con su célebre afirmación de que 'todos los hombres son creados iguales'. La fecha del 4 de julio se convirtió en el día nacional de Estados Unidos. La lectura pública de la Declaración en Filadelfia, días después, y el repique de las campanas (entre ellas la que luego sería la Campana de la Libertad) marcaron el inicio simbólico de la nueva nación.
Durante la Guerra de Independencia, Filadelfia fue un objetivo militar y llegó a ser ocupada por las tropas británicas durante el invierno de 1777-1778, mientras el ejército de George Washington pasaba el durísimo invierno en el cercano Valley Forge. Pese a todo, la ciudad mantuvo su lugar central como sede del Congreso y corazón político de la revolución.
El segundo gran momento histórico de Filadelfia llegó pocos años después de la independencia. Una vez ganada la guerra, las nuevas y frágiles colonias independientes necesitaban una forma de gobierno más sólida que la que ofrecían los primeros Artículos de la Confederación. Por eso, en el verano de 1787, los delegados de los estados volvieron a reunirse en la misma sala del Independence Hall donde se había firmado la Declaración, esta vez para redactar una constitución.
Durante meses de intensos debates a puerta cerrada, presididos por George Washington, los delegados —entre ellos figuras como James Madison y Benjamin Franklin— diseñaron el sistema de gobierno federal de Estados Unidos: la división de poderes, el Congreso de dos cámaras, la presidencia y la Corte Suprema. La Constitución de Estados Unidos, firmada en Filadelfia en septiembre de 1787, es la constitución escrita más antigua aún en vigor en el mundo, y su redacción en esta ciudad reforzó para siempre su título de 'cuna de la nación'.
Por su peso histórico y su centralidad, Filadelfia fue elegida como capital provisional de Estados Unidos entre 1790 y 1800, mientras se construía la nueva capital permanente en el Distrito de Columbia (Washington). Durante esa década, la ciudad fue sede del gobierno federal, del Congreso y de la presidencia: George Washington y John Adams gobernaron desde aquí. En 1800, el gobierno se trasladó definitivamente a Washington, y Filadelfia dejó de ser la capital, aunque conservó su enorme prestigio histórico.
Aunque perdió el rango de capital nacional, Filadelfia vivió en el siglo XIX una transformación profunda que la convirtió en una de las grandes potencias industriales de Estados Unidos. Su ubicación, sus ríos, su puerto y su red ferroviaria la hicieron ideal para la industria. La ciudad se llenó de fábricas textiles, talleres metalúrgicos, astilleros, refinerías y, sobre todo, de la enorme industria ferroviaria, con la poderosa Pennsylvania Railroad y la fabricación de locomotoras (Baldwin Locomotive Works). Filadelfia llegó a ser conocida como 'el taller del mundo'.
Este crecimiento industrial atrajo oleadas masivas de inmigrantes europeos —irlandeses, alemanes, italianos, polacos, judíos de Europa del Este— que llenaron los barrios obreros y le dieron a la ciudad su carácter multiétnico. Más tarde, durante la Gran Migración, llegaron también numerosos afroamericanos del sur en busca de trabajo y de una vida mejor, conformando comunidades que enriquecieron la cultura de la ciudad. Cada grupo dejó su huella en los barrios, las iglesias, los mercados (como el Italian Market) y la gastronomía.
En 1876, Filadelfia fue sede de la Exposición Universal del Centenario (Centennial Exhibition), la primera gran feria mundial celebrada en Estados Unidos, que conmemoró los cien años de la independencia y mostró al mundo el poderío industrial del país. La ciudad se llenó de pabellones, inventos y visitantes, en un momento de gran orgullo cívico. Hacia fin de siglo se levantaron obras monumentales como el City Hall, símbolo del músculo y la ambición de la Filadelfia industrial.
El siglo XX trajo para Filadelfia los mismos altibajos que vivieron muchas grandes ciudades industriales del noreste de Estados Unidos (el llamado 'Rust Belt' o cinturón del óxido). Tras décadas de auge, a mediados del siglo la desindustrialización golpeó fuerte: las fábricas cerraron o se mudaron, el empleo manufacturero se desplomó y muchas familias de clase media se trasladaron a los suburbios. La población de la ciudad, que había alcanzado su pico hacia 1950, comenzó a caer, y barrios enteros sufrieron deterioro, pobreza y tensiones raciales.
A partir de las últimas décadas del siglo XX y, sobre todo, en el siglo XXI, Filadelfia inició un proceso de reinvención. La ciudad apostó por su patrimonio histórico, sus universidades y hospitales (el sector 'eds and meds', educación y salud, se volvió clave para su economía), su escena cultural y su gastronomía. El centro histórico fue valorizado en torno al Independence National Historical Park; surgieron museos de primer nivel sobre la Benjamin Franklin Parkway; y barrios antes degradados se revitalizaron con arte, restaurantes y vida nocturna.
Hoy Filadelfia combina su inmenso peso histórico —como cuna de la nación y sede de joyas Patrimonio Mundial de la Unesco (Independence Hall, 1979)— con una identidad contemporánea vibrante: una potencia gastronómica conocida por su cheesesteak, una ciudad universitaria, deportiva y artística, y un destino turístico de primer orden en la Costa Este. La 'ciudad del amor fraternal' que soñó William Penn sigue reinventándose más de tres siglos después de su fundación.