Lo que durante mucho tiempo se consideró un simple pantano es, en realidad, uno de los sistemas hidrológicos más singulares del planeta. Los Everglades son, en esencia, un río ancho y poquísimo profundo que se desplaza a paso lentísimo desde el lago Okeechobee, en el centro de Florida, hacia el sur, hasta desembocar en el mar a través de la bahía de Florida y el golfo de México. Su anchura puede alcanzar decenas de kilómetros y su pendiente es tan suave que el agua apenas fluye: de ahí la célebre imagen del 'río de hierba' (river of grass).
Ese flujo de agua dulce, alimentado por las lluvias estacionales, da vida a un mosaico de ambientes: praderas de juncia (sawgrass) inundadas, islas de árboles tropicales (hammocks), pinares, ciénagas de cipreses, y, hacia la costa, extensos manglares y esteros salobres. Esa diversidad de hábitats sostiene una biodiversidad extraordinaria, con especies emblemáticas como el caimán americano, el cocodrilo americano, el manatí, la pantera de Florida y cientos de especies de aves.
Los Everglades son uno de los pocos lugares del mundo donde conviven caimanes y cocodrilos, y un punto crucial para las aves migratorias. Su valor ecológico llevó a la UNESCO a declararlos Patrimonio de la Humanidad, Reserva de la Biosfera y sitio Ramsar de humedales de importancia internacional. Pero ese delicado equilibrio depende por completo del agua, y ahí ha radicado el gran drama de su historia reciente.
Los Everglades y el sur de Florida estuvieron habitados durante miles de años por pueblos originarios, entre ellos los Calusa y los Tequesta, que aprovechaban la riqueza de pesca y caza del humedal. Estos pueblos prácticamente desaparecieron tras el contacto con los europeos, diezmados por las enfermedades y los conflictos coloniales.
Más tarde, ya en los siglos XVIII y XIX, llegaron a Florida los seminolas, un pueblo formado por la unión de diversos grupos indígenas (sobre todo de origen creek) junto con afrodescendientes que huían de la esclavitud. Cuando Estados Unidos intentó expulsar a los pueblos originarios hacia el oeste, muchos seminolas y miccosukees se refugiaron en los inaccesibles pantanos de los Everglades, desde donde resistieron al ejército estadounidense en las largas y costosas guerras seminolas. Nunca fueron del todo derrotados: algunos grupos permanecieron en los Everglades, donde sus descendientes —las naciones seminola y miccosukee— viven hasta hoy y mantienen una fuerte conexión con la tierra.
Esa presencia indígena sigue siendo parte viva de la región. Las comunidades miccosukee y seminola, asentadas en los bordes del humedal sobre la Tamiami Trail, conservan tradiciones, ofrecen experiencias culturales y operan algunas de las actividades turísticas de la zona, como los paseos en airboat, manteniendo su vínculo ancestral con los Everglades.
Durante gran parte de su historia, los Everglades fueron vistos como una tierra inútil e insalubre que había que 'recuperar' drenándola. A finales del siglo XIX y a lo largo del siglo XX se emprendieron enormes obras de canalización y desagüe para ganar tierras para la agricultura (sobre todo caña de azúcar) y para el crecimiento de las ciudades del sur de Florida. Se construyeron canales, diques y compuertas que desviaron y controlaron el flujo natural del agua, fragmentando y degradando el ecosistema, que comenzó a secarse, salinizarse y perder fauna.
La conciencia sobre el valor de los Everglades creció gracias, en gran medida, a la periodista y activista Marjory Stoneman Douglas, cuyo influyente libro 'The Everglades: River of Grass', publicado en 1947, transformó la percepción del humedal: ya no un pantano, sino un río vivo y único que había que proteger. Ese mismo año, 1947, se inauguró el Parque Nacional Everglades, el primer parque nacional creado en EE.UU. para proteger un ecosistema por su biodiversidad y no por su belleza paisajística monumental.
Desde entonces, los Everglades han sido objeto de uno de los mayores esfuerzos de restauración ambiental del mundo, que busca devolver al humedal parte de su flujo natural de agua. El parque sigue enfrentando amenazas —la reducción del agua, las especies invasoras como la pitón birmana, la contaminación y el cambio climático—, pero continúa siendo un santuario imprescindible y uno de los grandes tesoros naturales de Estados Unidos, que cada año atrae a viajeros de todo el mundo en busca de su fauna y de la inmensidad de su 'río de hierba'.
A finales del siglo XX quedó claro que los Everglades estaban gravemente enfermos: décadas de canalización habían reducido el flujo de agua dulce a la mitad, la calidad del agua se había degradado por los fertilizantes de la agricultura, y la fauna —en especial las aves zancudas— había caído en picada respecto de las poblaciones históricas. En el año 2000, el Congreso de Estados Unidos aprobó el Comprehensive Everglades Restoration Plan (CERP), el mayor proyecto de restauración de un ecosistema jamás emprendido en el mundo, con un costo previsto de más de 10.000 millones de dólares y un horizonte de varias décadas.
El objetivo del CERP es 'devolver el flujo' de agua hacia el sur, deshaciendo en parte las obras de drenaje del siglo XX: almacenar agua, eliminar barreras como tramos de la Tamiami Trail (con puentes elevados que permiten que el agua vuelva a correr) y restaurar el régimen natural de inundaciones. Es un esfuerzo lento, costoso y políticamente complejo, porque debe equilibrar las necesidades del humedal con las del abastecimiento de agua y la agricultura del sur de Florida.
A esas dificultades se suman amenazas nuevas: las especies invasoras —sobre todo la pitón birmana, que ha diezmado a los mamíferos del parque—, el cambio climático y la subida del nivel del mar (que empuja el agua salada tierra adentro, sobre un parque cuyo punto más alto apenas supera los pocos metros), y la presión urbana de una de las regiones de crecimiento más acelerado de EE.UU. Pese a todo, los Everglades siguen siendo un santuario imprescindible y uno de los grandes símbolos de la conservación moderna, donde cada año millones de visitantes pueden todavía contemplar la inmensidad de su 'río de hierba'.