Detroit fue fundada el 24 de julio de 1701 por el explorador y militar francés Antoine de la Mothe Cadillac, quien estableció un fuerte y puesto de comercio de pieles llamado Fort Pontchartrain du Détroit, a orillas del río que conecta los lagos Saint Clair y Erie. El nombre proviene del francés 'détroit', que significa 'estrecho', en referencia al canal fluvial que une los Grandes Lagos en este punto, una ubicación estratégica para el comercio y el control del territorio.
La zona era habitada por pueblos indígenas, y el puesto francés se convirtió en un importante centro del comercio de pieles en la región de los Grandes Lagos. Tras las guerras coloniales, Detroit pasó a manos británicas en 1760 y, finalmente, a Estados Unidos tras la independencia, aunque los británicos no lo entregaron hasta 1796. Un gran incendio destruyó casi por completo la ciudad en 1805, tras lo cual fue reconstruida con un trazado radial inspirado en el de Washington D.C.
Durante el siglo XIX, Detroit creció como ciudad portuaria e industrial gracias a su posición en los Grandes Lagos, con astilleros, fundiciones, fábricas de estufas, carruajes y productos varios. Esta base industrial y de ingeniería sentaría las condiciones para la revolución que la haría famosa en el siglo siguiente: el automóvil.
A comienzos del siglo XX, Detroit se convirtió en el epicentro mundial de la naciente industria del automóvil. Aquí Henry Ford fundó la Ford Motor Company en 1903 y, sobre todo, perfeccionó la línea de montaje móvil en su planta de Highland Park hacia 1913, una innovación que abarató radicalmente la fabricación de autos (el famoso Modelo T) y revolucionó la producción industrial en todo el mundo. Ford también introdujo el salario de cinco dólares al día, que atrajo a trabajadores de todo el país.
En torno a Ford surgieron o se consolidaron las otras dos grandes automotrices: General Motors y Chrysler, formando las 'Tres Grandes' que dominaron el sector. Detroit se transformó en la 'Motor City', un imán para millones de trabajadores. Entre ellos, durante la Gran Migración, llegaron cientos de miles de afroamericanos del sur en busca de empleo en las fábricas, transformando la composición de la ciudad. La población alcanzó su pico hacia 1950, con cerca de 1,8 millones de habitantes, siendo la cuarta ciudad más grande del país.
Esta prosperidad industrial también fertilizó la cultura: en 1959, Berry Gordy fundó en Detroit el sello Motown Records, que llevó la música afroamericana al gran público mundial y se convirtió en uno de los grandes símbolos culturales de la ciudad, junto con su poderío automotriz.
Desde mediados del siglo XX, Detroit entró en un largo y doloroso declive. La automatización, la deslocalización de la industria, la competencia extranjera y la suburbanización (con la huida de población y empresas hacia las afueras) vaciaron progresivamente la ciudad. Las tensiones raciales estallaron en los graves disturbios de 1967, que aceleraron la salida de habitantes. A lo largo de las décadas siguientes, Detroit perdió más de la mitad de su población, dejando atrás barrios despoblados, fábricas cerradas y miles de edificios abandonados, símbolo del declive del cinturón industrial estadounidense (el 'Rust Belt').
El punto más bajo llegó en 2013, cuando Detroit se declaró en quiebra (bancarrota municipal), la mayor de la historia de una ciudad estadounidense, con deudas de miles de millones de dólares. Durante el proceso se temió incluso que tuviera que venderse la colección del Detroit Institute of Arts para pagar a los acreedores, pero un acuerdo histórico (el 'grand bargain') logró salvarla.
Tras salir de la quiebra en 2014, Detroit ha protagonizado una notable reinvención. Inversiones públicas y privadas han revitalizado el centro y barrios como Midtown y Corktown, con nuevos comercios, restaurantes, hoteles, el tranvía QLINE y un premiado paseo fluvial (RiverWalk). Florecen el arte urbano, la gastronomía y el emprendimiento, sobre un fondo de orgullo y resiliencia. Detroit sigue enfrentando grandes desafíos, pero hoy es uno de los relatos de recuperación urbana más comentados del país.
Si algo iguala en fama a la industria del automóvil en la historia de Detroit es su música. En 1959, con un préstamo familiar de 800 dólares, Berry Gordy fundó Motown Records en una modesta casa de Grand Boulevard que bautizó 'Hitsville U.S.A.'. Desde su legendario Estudio A, y con una plantilla de compositores, productores y músicos de sesión (los Funk Brothers) que trabajaban como una cadena de montaje —de ahí el nombre Motown, contracción de 'Motor Town'—, el sello produjo una cantidad asombrosa de éxitos. Diana Ross & The Supremes, Stevie Wonder, Marvin Gaye, The Temptations, Smokey Robinson & The Miracles, Martha and the Vandellas y The Jackson 5 llevaron el soul y el pop afroamericano al número uno de las listas y a un público masivo, derribando barreras raciales en plena era de los derechos civiles.
Motown trasladó su sede a Los Ángeles en 1972, pero el legado musical de Detroit siguió creciendo. La ciudad dio figuras del rock y el punk (MC5, Iggy Pop and The Stooges), del hip hop (Eminem, J Dilla) y, sobre todo, fue cuna del techno: a mediados de los años 80, un grupo de jóvenes de los suburbios (los 'Belleville Three': Juan Atkins, Derrick May y Kevin Saunderson) creó un nuevo género de música electrónica que se convertiría en un fenómeno mundial. Hoy Detroit celebra esa herencia cada año en el festival de música electrónica Movement.
La música es, junto al automóvil y al deporte —con equipos históricos en las cuatro grandes ligas—, uno de los pilares de la identidad de Detroit y de ese orgullo resiliente que caracteriza a la ciudad y que hoy alimenta su renacimiento cultural.
En el momento más oscuro de la quiebra de 2013, Detroit se enfrentó a una decisión impensable: para pagar a sus acreedores, se llegó a plantear vender parte de la colección del Detroit Institute of Arts (DIA), uno de los grandes museos de Estados Unidos. Entre sus fondos figuraban obras de Van Gogh, Rembrandt, Bruegel y Matisse, además de los célebres Detroit Industry Murals que Diego Rivera pintó en 1932-1933 como homenaje a los obreros de las automotrices. Una firma de subastas llegó a tasar la colección en varios miles de millones de dólares, y los acreedores presionaban para liquidarla.
La solución fue un acuerdo tan creativo como emotivo que se conoció como el 'Grand Bargain' (el gran pacto). Un grupo de fundaciones filantrópicas nacionales y locales, el estado de Michigan y el propio DIA reunieron unos 816 millones de dólares destinados a dos fines: proteger para siempre la colección del museo —que pasó a manos de un fideicomiso independiente y quedó blindada frente a futuras deudas de la ciudad— y, sobre todo, amortiguar los recortes a las pensiones de miles de jubilados municipales. El arte y las pensiones se salvaron juntos, en un mismo movimiento.
El Grand Bargain se convirtió en un símbolo de lo que Detroit representa: una ciudad que, incluso en la ruina, decidió que su patrimonio cultural y su gente valían más que su deuda. Hoy, cuando el visitante se planta frente a los murales de Rivera en el DIA, contempla no solo una obra maestra del muralismo, sino el emblema de una ciudad que se negó a rematar su alma para pagar sus cuentas.