Imaginá una gran canoa de cedro rojo, tallada de un solo tronco, deslizándose entre la niebla del amanecer por un estuario del Pacífico, cargada de salmón y de gente que conoce cada roca de esta costa desde hace más de diez mil años. Mucho antes de que llegaran Lewis y Clark, de que se levantara el primer faro o de que se pavimentara la US-101, la Costa de Oregón ya tenía dueños: numerosos pueblos originarios adaptados a un entorno generoso de mar, estuarios, ríos y bosques. De norte a sur vivían los clatsop y los tillamook, y más al sur los siletz, los coos, los siuslaw y los tututni, entre otros. La abundancia de recursos —salmón en los ríos, mariscos, ballenas y focas en el mar, bayas y caza en los bosques— permitía una vida relativamente próspera y sociedades complejas con aldeas estables.
Estos pueblos eran expertos navegantes y constructores de grandes canoas talladas en troncos de cedro, con las que pescaban, comerciaban y se desplazaban por la costa y los ríos. La madera del cedro era central en su cultura: con ella hacían casas comunales (longhouses), canoas, cestería y objetos rituales. El comercio a lo largo de la costa y hacia el interior, por los valles fluviales, conectaba a comunidades diversas.
La llegada de los europeos y, sobre todo, de los colonos angloamericanos en el siglo XIX tuvo consecuencias trágicas: las epidemias diezmaron a la población indígena, y los tratados, despojos y desplazamientos forzados a reservas (como la de Siletz y la de Grand Ronde) desarticularon su mundo. Aun así, las tribus de la costa de Oregón perviven hoy como naciones reconocidas, manteniendo su identidad, su cultura y su vínculo con esta tierra y este mar.
El extremo norte de la costa, en la desembocadura del río Columbia, ocupa un lugar destacado en la historia de la expansión estadounidense. Allí llegó, a fines de 1805, la expedición de Lewis y Clark tras cruzar el continente, alcanzando por fin el océano Pacífico. La expedición pasó el lluvioso invierno de 1805-1806 en un fuerte que construyeron cerca de la costa, el Fort Clatsop, llamado así por el pueblo originario de la zona, antes de emprender el regreso. Hoy una réplica del fuerte forma parte de un parque histórico nacional.
Pocos años después, en 1811, la compañía peletera de John Jacob Astor estableció Fort Astoria en la boca del Columbia, dando origen a Astoria, considerada el asentamiento estadounidense permanente más antiguo al oeste de las Montañas Rocosas. El objetivo era el lucrativo comercio de pieles, en especial de nutria marina, muy codiciada. Astoria se convirtió en un enclave estratégico en la disputa entre potencias (Estados Unidos y Gran Bretaña) por el control del territorio de Oregón.
La desembocadura del Columbia, con su barra de arena, sus corrientes y sus tormentas, demostró ser una de las más peligrosas del mundo para la navegación, ganándose el sobrenombre de 'Graveyard of the Pacific' (cementerio del Pacífico) por la cantidad de naufragios. Esa peligrosidad marcaría la historia marítima de la costa y daría sentido a la posterior construcción de faros a lo largo del litoral.
A lo largo de los siglos XIX y XX, la economía de la costa de Oregón giró en torno a sus recursos naturales: la pesca (salmón, cangrejo Dungeson, atún), las conserveras que procesaban el pescado, la explotación maderera de los densos bosques costeros y, más tarde, el turismo. Pueblos pesqueros y madereros salpicaron el litoral, muchos de los cuales conservan hoy ese carácter marinero en sus puertos, sus flotas y su gastronomía de marisco.
El hito que más ha marcado la identidad moderna de la costa, sin embargo, fue una ley, y detrás de ella hay una historia con final de película. En el verano de 1966, William Hay, dueño del motel Surfsand de Cannon Beach, colocó troncos de deriva para cercar un pedazo de arena seca frente a su hotel, plantó sombrillas y mesas y clavó carteles de 'propiedad privada'. El gesto encendió una tormenta política: si un hotelero podía apropiarse de la playa, cualquiera podía. La legislatura debatió entonces la 'Oregon Beach Bill', inspirada en la ley de playas abiertas de Texas, pero el proyecto casi muere frente a la oposición de desarrolladores costeros y republicanos conservadores que la veían como un ataque a la propiedad privada.
El 13 de mayo de 1967, el gobernador republicano Tom McCall montó un golpe de efecto mediático inolvidable: aterrizó en la playa con dos helicópteros cargados de científicos de la Universidad Estatal de Oregón, legisladores y periodistas, para medir en vivo dónde llegaba la marea y demostrar que la línea de vegetación coincidía con el nivel que la ley proponía proteger. La cobertura desató una ola de apoyo popular imposible de frenar. El proyecto se aprobó en junio y McCall lo firmó el 6 de julio de 1967. La 'Oregon Beach Bill' estableció que toda la franja de playa hasta la línea de la marea alta es de propiedad y uso público, garantizando el acceso libre de la gente a todo el litoral del estado. Fue una decisión pionera y muy popular, que protegió las playas de la urbanización y la privatización para siempre.
Gracias a esa ley, y a la posterior protección de amplias zonas como parques estatales, áreas de recreación nacional (como las Oregon Dunes) y la conservación de cabos y bosques costeros, la Costa de Oregón conserva su carácter salvaje y abierto. Hoy es una de las costas más queridas y accesibles de Estados Unidos, donde cualquiera puede caminar kilómetros de arena pública, un legado de aquella decisión histórica que sigue definiendo el espíritu de este litoral.
La peligrosidad de las aguas del Pacífico noroeste —con su barra del Columbia, sus rocas, su niebla y sus tormentas— hizo imprescindible la construcción de faros a lo largo del litoral en la segunda mitad del siglo XIX y comienzos del XX. El Cape Blanco (1870), el Yaquina Bay (1871), el Yaquina Head (1873), el Heceta Head (1894) y otros se levantaron para guiar a los barcos y reducir los naufragios que poblaban el 'Graveyard of the Pacific'. Hoy esos faros, varios automatizados o desactivados, son monumentos históricos y miradores muy queridos, y algunos conservan la leyenda de estar embrujados, como el Heceta Head.
Los numerosos naufragios dejaron también su huella en el paisaje y la memoria. El más célebre quizá sea el del Peter Iredale, un velero encallado en 1906 cerca de Astoria cuyo esqueleto de hierro oxidado todavía asoma en la playa de Fort Stevens y se ha convertido en una de las imágenes icónicas de la costa.
A partir del siglo XX, y especialmente tras la construcción de la US-101 (Oregon Coast Highway) en las décadas de 1920 y 1930, la costa empezó a vivir un auge turístico. La carretera escénica, los puentes art déco diseñados por el ingeniero Conde McCullough y la creación de parques estatales abrieron el litoral a los visitantes. Pueblos antes pesqueros y madereros, como Cannon Beach, Newport o Bandon, se reinventaron en torno al turismo, las galerías de arte y la gastronomía de marisco. La combinación de naturaleza protegida, playas públicas y pueblos con encanto convirtió a la Costa de Oregón en uno de los grandes destinos de road trip de Estados Unidos, sin perder su carácter salvaje.