Mucho antes de que ningún europeo avistara estas costas, la península que hoy llamamos Cape Cod era territorio de los wampanoag, un pueblo de lengua algonquina cuyo nombre suele traducirse como 'pueblo de la primera luz' o 'pueblo del amanecer', en referencia a su ubicación en el extremo oriental del continente, donde el sol sale primero. Los wampanoag habitaban un amplio territorio del sureste de la actual Massachusetts, incluyendo el cabo y las islas de Martha's Vineyard y Nantucket.
Vivían en aldeas organizadas según las estaciones, aprovechando la enorme riqueza natural de la región. En la costa pescaban, recolectaban almejas, ostras y otros mariscos, y cazaban aves y mamíferos marinos; tierra adentro cazaban venados y cultivaban maíz, porotos y calabaza —las llamadas 'tres hermanas'— en una agricultura que combinaban con la pesca y la recolección. Su profundo conocimiento del mar, las mareas y los ciclos naturales les permitió prosperar durante miles de años en este entorno.
La llegada de los europeos a comienzos del siglo XVII trajo el comercio, pero también enfermedades devastadoras —especialmente las epidemias de 1616-1619— que diezmaron a muchas comunidades costeras antes incluso de la llegada del Mayflower. Pese a siglos de colonización, despojo y asimilación forzada, el pueblo wampanoag no desapareció: hoy la Mashpee Wampanoag Tribe y la Wampanoag Tribe of Gay Head (Aquinnah) mantienen su identidad, su lengua y sus tierras en el cabo y en Martha's Vineyard, y son una parte viva de la historia de la región.
El nombre de la península tiene un origen sorprendentemente directo y práctico. En 1602, el explorador y navegante inglés Bartholomew Gosnold recorrió estas aguas a bordo del barco Concord, en un viaje de exploración por la costa de Nueva Inglaterra. Impresionado por la enorme abundancia de bacalao que encontró en estos mares, bautizó la península como 'Cape Cod', es decir, el 'Cabo del Bacalao'. El nombre, sencillo y descriptivo, se impuso con el tiempo por encima de otras denominaciones y llegó hasta hoy.
Gosnold no se limitó a nombrar el cabo: en ese mismo viaje exploró y nombró también otros lugares de la región, entre ellos la isla de Martha's Vineyard, a la que dio el nombre en honor, según la tradición, a su hija (o a otra Martha de su familia) y a los viñedos silvestres que encontró allí. Aquellas primeras exploraciones inglesas abrieron el camino al posterior interés por colonizar Nueva Inglaterra.
El bacalao, que dio nombre al cabo, fue durante siglos uno de los pilares de la economía de toda la región: la pesca del 'sacred cod' (el bacalao sagrado) llegó a ser tan importante para Massachusetts que una efigie de madera de este pez cuelga aún hoy en la cámara de representantes del estado, como símbolo de la riqueza que aquellas aguas proporcionaron a las primeras generaciones de colonos.
Cape Cod ocupa un lugar central en uno de los episodios fundacionales de la historia de Estados Unidos. En noviembre de 1620, el barco Mayflower, que transportaba a los peregrinos ingleses (un grupo de separatistas religiosos y otros colonos) tras un largo y duro cruce del Atlántico, avistó tierra por primera vez frente a la punta de Cape Cod. La embarcación fondeó en el puerto de lo que hoy es Provincetown, en el extremo del cabo, mucho antes de seguir hacia su destino final.
Fue precisamente allí, a bordo del Mayflower y frente a las costas del cabo, donde el 11 de noviembre de 1620 (según el calendario juliano de la época) los colonos firmaron el llamado Mayflower Compact, un breve documento por el que acordaban gobernarse mediante leyes justas y de común acuerdo para el bien de la colonia. Ese pacto es considerado uno de los primeros documentos de autogobierno del territorio que con el tiempo serían los Estados Unidos, y un antecedente simbólico de su tradición democrática.
Tras explorar la zona del cabo durante algunas semanas en busca de un lugar adecuado para asentarse —y de encontrar reservas de maíz indígena, episodio recordado en lugares como Corn Hill, en Truro—, los peregrinos cruzaron la bahía y fundaron finalmente su colonia en Plymouth, en el continente. Provincetown conmemora aquel primer desembarco con el imponente Pilgrim Monument, una torre de granito inaugurada en 1910 que recuerda que fue aquí, y no en Plymouth, donde los peregrinos pisaron por primera vez el Nuevo Mundo en su viaje.
Durante los siglos XVII, XVIII y XIX, la vida de Cape Cod giró por completo en torno al mar. La pesca —del bacalao que le dio nombre, pero también de otras especies— fue la base de su economía, y de sus puertos partieron flotas pesqueras y mercantes. A ello se sumó la caza de ballenas: aunque Nantucket y New Bedford fueron los grandes centros balleneros de la región, varios pueblos del cabo participaron de esa actividad que, en su apogeo, hizo de la costa de Massachusetts una potencia mundial en aceite de ballena.
Otra industria característica fue la producción de sal. A lo largo de la costa del cabo se levantaron centenares de salinas con molinos de viento que bombeaban agua de mar a piletas de evaporación; la sal, esencial para conservar el pescado, fue durante un tiempo un producto muy rentable. Pueblos como Sandwich desarrollaron además una próspera industria del vidrio en el siglo XIX, célebre por su vidrio prensado.
Pero el mar que daba la vida también la quitaba. Las aguas que rodean Cape Cod, llenas de bancos de arena cambiantes, corrientes y nieblas, fueron uno de los tramos más peligrosos de la costa atlántica: miles de barcos naufragaron a lo largo de los siglos en lo que se llegó a conocer como el 'cementerio del Atlántico'. Para reducir las tragedias se construyeron numerosos faros —como el Highland Light, el más antiguo del cabo— y se crearon estaciones de salvamento del U.S. Life-Saving Service, cuyos tripulantes arriesgaban la vida para rescatar náufragos. Esa herencia marítima, con sus faros, capitanes y casas de tablones grises, sigue siendo el alma de la identidad del cabo.
A mediados del siglo XIX, Cape Cod empezó a ser visto no solo como una tierra de pescadores y naufragios, sino también como un lugar de belleza salvaje digno de ser recorrido. El escritor y naturalista Henry David Thoreau, autor de 'Walden', visitó el cabo varias veces a partir de 1849 y caminó largos tramos de su costa atlántica. De aquellas excursiones nació su libro 'Cape Cod', publicado en 1865, que describe con detalle el paisaje de dunas, playas, faros y la dura vida de sus habitantes, y que contribuyó a fijar en el imaginario la imagen del cabo como un lugar de naturaleza imponente.
La transformación en destino de veraneo se aceleró con la llegada del ferrocarril en la segunda mitad del siglo XIX, que conectó el cabo con Boston y otras ciudades y permitió a familias acomodadas pasar el verano junto al mar. Más tarde, la difusión del automóvil y la construcción de carreteras y de los puentes sobre el Canal de Cape Cod (inaugurado a comienzos del siglo XX) hicieron de la península un destino accesible para multitudes de veraneantes.
A lo largo del siglo XX, pueblos como Provincetown se convirtieron además en colonias de artistas, escritores y dramaturgos, atraídos por la luz, el paisaje y el ambiente bohemio. La combinación de pesca tradicional, veraneo y vida cultural fue dando al cabo su carácter particular: un lugar donde conviven la postal del faro y la barca de pesca con las galerías de arte, los restaurantes de mariscos y las playas llenas de sombrillas en pleno verano.
En el siglo XX, Cape Cod quedó ligado para siempre a una de las familias más célebres de la historia estadounidense: los Kennedy. La familia tenía su residencia de verano en Hyannis Port, en el town de Barnstable, el famoso 'Kennedy Compound', un conjunto de casas frente al mar donde el clan se reunía. Allí pasó muchos veranos John F. Kennedy, que en 1960 fue elegido presidente de Estados Unidos. La imagen del joven presidente navegando o paseando por las playas del cabo contribuyó a darle a la península una proyección y un glamour nacionales.
Fue precisamente John F. Kennedy, oriundo de Massachusetts, quien firmó el 7 de agosto de 1961 la ley que creó el Cape Cod National Seashore, protegiendo de forma permanente unos 64 kilómetros de la costa atlántica del cabo —playas, dunas, marismas y bosques— frente al avance de la urbanización y los loteos. La decisión fue pionera: marcó un nuevo modelo de área protegida que permitía conservar el paisaje sin expropiar por completo a las comunidades que vivían dentro de sus límites.
Gracias a aquella protección, la costa atlántica de Cape Cod conserva hoy un carácter salvaje y abierto que de otro modo se habría perdido. El National Seashore, administrado por el Servicio de Parques Nacionales, recibe cada año a millones de visitantes que disfrutan de sus playas, faros y senderos. Así, la historia del cabo se cierra (por ahora) con un gesto de conservación: el de proteger, para las generaciones futuras, ese paisaje de arena, mar y luz que enamoró a los wampanoag, a los peregrinos, a Thoreau y a tantos veraneantes a lo largo de los siglos.