El 10 de marzo de 1957, a las diez de la mañana, cientos de personas se agolparon sobre las rocas de Celilo, en el corazón de la Garganta del Río Columbia, para presenciar algo que ninguna generación anterior había imaginado posible: la desaparición de una catarata. Río abajo acababan de cerrarse las compuertas de la represa de The Dalles, y en apenas unas horas el embalse subió y tragó para siempre las Celilo Falls, un caladero de salmón y centro de comercio que los pueblos originarios habían usado durante más de diez mil años. El rugido milenario del agua se apagó bajo el lago artificial, y muchos de los presentes lloraron.
Esa escena resume la historia de la garganta: un lugar moldeado por fuerzas colosales —lava, hielo, inundaciones apocalípticas— y luego disputado, transformado y en parte sacrificado por el ser humano. Aquí las cascadas cuelgan de las paredes por culpa de una de las mayores inundaciones que conoció la Tierra; aquí pescaron pueblos durante milenios y pasó Lewis y Clark camino del Pacífico; aquí se construyó una de las primeras carreteras panorámicas del mundo y también las represas que cambiarían el río para siempre. Entender la Garganta del Columbia es entender cómo un mismo paisaje puede ser, a la vez, una maravilla geológica, un santuario indígena perdido y un modelo pionero de conservación.
El espectacular desfiladero de la Garganta del Río Columbia es el resultado de millones de años de fuerzas geológicas extraordinarias. Las paredes de basalto que hoy definen la garganta se formaron entre hace unos 17 y 6 millones de años, cuando gigantescas coladas de lava (los llamados 'Columbia River Basalts') brotaron de fisuras en la corteza y cubrieron una enorme región del actual Oregón y Washington, apilando capas de roca volcánica de cientos de metros de espesor. A la vez, el río Columbia iba abriéndose paso, y el lento levantamiento de la cordillera de las Cascadas obligó al río a cortar a través de las montañas, tallando el cañón.
Pero el episodio más dramático y decisivo llegó al final de la última glaciación, hace entre unos 15.000 y 13.000 años: las colosales inundaciones de Missoula. Un enorme lago glaciar (el lago Missoula), represado por una lengua de hielo en el actual Montana, se rompió repetidas veces, liberando de golpe volúmenes de agua inimaginables. Aquellas riadas catastróficas —algunas de las mayores inundaciones conocidas de la historia de la Tierra— barrieron el noroeste y se encajonaron con violencia en la garganta, ensanchándola, puliendo sus paredes de basalto y creando su característico perfil de acantilados abruptos.
Fueron precisamente esas inundaciones las que dejaron colgando de las paredes los valles laterales por los que hoy se descuelgan las cascadas: al ensanchar y profundizar bruscamente el cañón principal, los arroyos tributarios quedaron 'suspendidos' en lo alto, dando origen a las decenas de cataratas —Multnomah entre ellas— que hacen famosa a la garganta. El paisaje que hoy admiramos es, así, la firma de la lava, el hielo y el agua actuando a una escala descomunal.
La Garganta del Río Columbia fue, durante más de diez mil años, uno de los lugares más importantes para los pueblos originarios de todo el oeste de Norteamérica. El motivo era el salmón: cada año, enormes cardúmenes remontaban el río para desovar, y los rápidos y cascadas de la garganta los concentraban en puntos donde la pesca era extraordinariamente abundante. El más célebre de esos lugares era Celilo Falls (Wy-am), una serie de cataratas y rápidos que constituían uno de los caladeros de salmón más productivos del continente.
Desde plataformas de madera tendidas sobre las aguas turbulentas, los pescadores de pueblos como los wasco, wishram, yakama, umatilla, warm springs y nez perce capturaban el salmón con redes y arpones, en una tradición transmitida durante incontables generaciones. Celilo era, además, un gran centro de comercio e intercambio cultural: a él acudían pueblos de regiones muy lejanas para comerciar salmón seco, bienes y noticias, en lo que se considera uno de los mercados indígenas más antiguos y duraderos de Norteamérica.
Esta riqueza convirtió a la garganta en un eje vital de la vida indígena del Noroeste, con aldeas, sitios sagrados y rutas que cruzaban el desfiladero. El salmón no era solo alimento, sino el centro de la cultura, la economía y la espiritualidad de estos pueblos, una relación que se mantendría hasta el dramático cambio que traería el siglo XX.
En 1805, la expedición de Lewis y Clark, enviada por el gobierno de Estados Unidos para explorar el territorio hacia el Pacífico, descendió por el río Columbia y atravesó la garganta camino del océano, dejando uno de los primeros registros escritos detallados del desfiladero, sus rápidos y sus habitantes. La expedición pasó por la zona tanto a la ida como en su regreso, y la garganta quedó incorporada al imaginario de la expansión hacia el oeste.
En las décadas siguientes, la garganta fue ruta del Oregon Trail (en su tramo final, por tierra o por el río) y vía de comunicación para los colonos que llegaban al valle del Willamette. Pero el hito que la abriría al turismo llegó a comienzos del siglo XX: la construcción de la Historic Columbia River Highway, inaugurada en torno a 1915-1922. Concebida como una carretera escénica que aprovechara y mostrara la belleza del paisaje, fue una obra pionera de ingeniería, con elegantes puentes, túneles y muros de piedra que serpenteaban junto a las cascadas.
Aquella carretera, una de las primeras planeadas específicamente para el disfrute panorámico en Estados Unidos, convirtió la garganta en un destino accesible y popular, con miradores como la Vista House de Crown Point y paradas en las cascadas. Buena parte de ese trazado histórico se conserva y restaura hoy como ruta escénica y sendero, y sigue siendo la forma más bella de recorrer el desfiladero.
El siglo XX trajo a la garganta una transformación profunda y, para los pueblos originarios, dolorosa: la era de las grandes represas. Como parte de los proyectos hidroeléctricos impulsados durante el New Deal, se construyó la represa de Bonneville (terminada en 1937), seguida de otras a lo largo del Columbia. Estas represas generaron enormes cantidades de energía y permitieron la navegación y el riego, impulsando la economía del Noroeste, pero alteraron radicalmente el río y su ecosistema.
El golpe más simbólico llegó en 1957, cuando la entrada en funcionamiento de la represa de The Dalles inundó y silenció para siempre las Celilo Falls, sepultando bajo el embalse aquel caladero y centro comercial milenario. Para los pueblos del río, fue la pérdida de un lugar sagrado y del corazón de su modo de vida tradicional, un episodio que aún hoy se recuerda con dolor. Las represas, además, dificultaron gravemente la migración del salmón, pese a las escaleras de peces construidas para mitigarlo.
A medida que crecía la conciencia sobre el valor único del paisaje y la presión del desarrollo, surgió el movimiento por proteger la garganta. En 1986, el Congreso de Estados Unidos creó la Columbia River Gorge National Scenic Area, una figura de protección especial que abarca ambos lados del río en Oregón y Washington y busca preservar sus recursos escénicos, naturales y culturales mientras regula el desarrollo. Hoy la garganta combina su condición de maravilla natural y destino turístico con la memoria viva de su historia indígena y de las transformaciones del río.