La región donde hoy se levanta Baltimore, en torno a la bahía de Chesapeake y el río Patapsco, estuvo habitada durante milenios por pueblos originarios de lengua algonquina, que vivían de la pesca, la caza, la recolección y la agricultura aprovechando la enorme riqueza de la bahía, uno de los mayores estuarios de Norteamérica. Para ellos, las aguas de Chesapeake eran una despensa y una vía de comunicación.
La colonización europea de la zona se dio en el siglo XVII con la fundación de la colonia de Maryland. La colonia fue establecida bajo la familia Calvert, cuyos miembros ostentaban el título de 'Lord Baltimore' (barones de Baltimore, un título de la nobleza irlandesa). Maryland nació con una particularidad notable para la época: fue concebida, en parte, como un refugio donde los católicos ingleses pudieran practicar su fe con cierta tolerancia, en un mundo colonial mayoritariamente protestante.
El nombre de la futura ciudad —Baltimore— provendría justamente de ese título de los Calvert, los señores propietarios de la colonia. Así, antes incluso de que existiera la ciudad, el nombre 'Baltimore' ya estaba ligado a la fundación y al gobierno de Maryland, en una tierra fértil y estratégica junto a la gran bahía.
Baltimore fue fundada formalmente en 1729, en un excelente puerto natural sobre el río Patapsco, en la bahía de Chesapeake. La ubicación resultó ideal para el comercio: la ciudad creció con rapidez como centro de exportación de los productos agrícolas de la región, especialmente el tabaco al principio y, sobre todo, la harina de trigo, que se molía en los numerosos molinos de la zona y se enviaba a las colonias del Caribe, a Europa y a otras partes.
Durante el siglo XVIII, Baltimore se consolidó como uno de los puertos más activos de las colonias y luego de la joven nación estadounidense. Su flota de veleros rápidos —los célebres 'Baltimore clippers'— se hizo famosa, y la actividad portuaria, naval y comercial impulsó el crecimiento de la población y de la riqueza de la ciudad. La construcción naval, particularmente en barrios como Fells Point, fue una industria clave.
Tras la independencia de Estados Unidos, Baltimore continuó su ascenso. A comienzos del siglo XIX ya era una de las ciudades más grandes y prósperas del país, un nudo comercial entre el interior agrícola y el comercio marítimo internacional. Esa pujanza, sin embargo, la pondría también en la mira de las potencias rivales en los conflictos que se avecinaban.
El episodio más célebre de la historia de Baltimore ocurrió durante la Guerra de 1812, el conflicto que enfrentó a Estados Unidos con Gran Bretaña. En el verano de 1814, las tropas británicas habían incendiado Washington D. C., y a continuación pusieron la mira en Baltimore, una ciudad importante y un nido de corsarios que hostigaban el comercio británico. En septiembre de 1814 se libró la batalla de Baltimore, por tierra y por mar.
La clave de la defensa marítima fue el Fort McHenry, una fortaleza con forma de estrella que guardaba la entrada del puerto. Durante la noche del 13 al 14 de septiembre de 1814, la flota británica bombardeó intensamente el fuerte, que resistió el ataque. Al amanecer, una enorme bandera estadounidense seguía ondeando sobre la fortaleza, señal de que la defensa había triunfado y de que los británicos no lograrían tomar la ciudad.
Esa imagen conmovió a un testigo del bombardeo: el abogado Francis Scott Key, que observaba desde un barco, escribió un poema inspirado por la visión de la bandera intacta. Ese poema, puesto luego en música, se convertiría en 'The Star-Spangled Banner', adoptado oficialmente como himno nacional de Estados Unidos en el siglo XX. Así, Baltimore quedó ligada para siempre al origen del himno del país, y el Fort McHenry se convirtió en un símbolo patriótico.
El siglo XIX fue de gran transformación para Baltimore. La ciudad se convirtió en un nudo de transporte clave gracias al ferrocarril: la Baltimore & Ohio Railroad (B&O), fundada en 1827, fue una de las primeras grandes líneas ferroviarias de Estados Unidos, pionera en conectar la costa atlántica con el interior del país. El ferrocarril, sumado al puerto, hizo de Baltimore una puerta de entrada y salida de mercancías y personas.
Esa condición de puerto y nudo ferroviario convirtió a Baltimore en uno de los principales puntos de llegada de inmigrantes a Estados Unidos. Por su puerto entraron oleadas de europeos —alemanes, irlandeses, italianos, polacos y muchos otros— que poblaron los barrios de casas adosadas de ladrillo (rowhouses) tan característicos de la ciudad y le dieron su diversidad cultural. Baltimore fue, en ese sentido, una 'isla de Ellis' del Atlántico Medio.
La ciudad creció también como centro industrial, con manufacturas, conserveras (enlatado de alimentos y mariscos de la bahía), siderurgia y construcción naval. A la vez, Baltimore arrastraba las tensiones del país: situada en un estado esclavista que finalmente no se separó de la Unión durante la Guerra de Secesión, fue escenario de conflictos y de una compleja historia de esclavitud, abolición y comunidad afroamericana libre, una de las más numerosas del país antes de la guerra.
Durante la primera mitad del siglo XX, Baltimore siguió siendo una pujante ciudad industrial y portuaria, con grandes plantas siderúrgicas (como las de Sparrows Point), astilleros y fábricas que daban empleo a miles de personas. La ciudad vivió un período de prosperidad ligado a la producción manufacturera y a su puerto, uno de los más activos de la costa este.
Sin embargo, en la segunda mitad del siglo, Baltimore atravesó la dura transición que afectó a muchas ciudades industriales del noreste y el Medio Oeste estadounidense: el declive de la industria pesada, la pérdida de empleos, la fuga de población hacia los suburbios, el deterioro de barrios y problemas sociales y urbanos persistentes. El viejo puerto interior, antaño corazón de la actividad comercial, quedó degradado y semiabandonado.
La gran respuesta fue la renovación del Inner Harbor. A partir de los años setenta y, sobre todo, los ochenta, la ciudad emprendió un ambicioso proyecto de recuperación del puerto interior, transformándolo en un espacio turístico, comercial y de ocio con el National Aquarium, museos, pabellones, hoteles y paseos junto al agua. El proyecto se convirtió en un modelo de regeneración de frentes costeros (waterfront) imitado por muchas otras ciudades del mundo, y le dio a Baltimore una nueva cara turística.
El Baltimore de hoy es una ciudad que combina su rico legado histórico y marítimo con una identidad cultural muy fuerte y peculiar, resumida en su apodo de 'Charm City' (la Ciudad del Encanto), surgido de una campaña de promoción en los años setenta. Es una ciudad de contrastes, con barrios elegantes y artísticos como Mount Vernon, distritos marineros llenos de vida como Fells Point, y los inconfundibles vecindarios de rowhouses de ladrillo que son su marca visual.
La ciudad es un destino cultural de peso, con museos de arte gratuitos de primer nivel (el Baltimore Museum of Art y el Walters Art Museum), instituciones científicas e históricas, y una herencia literaria notable: Edgar Allan Poe vivió y murió en Baltimore, donde se conservan su casa y su tumba. La universidad Johns Hopkins, una de las más prestigiosas del mundo en medicina e investigación, también es parte fundamental de la ciudad.
Baltimore conserva, además, su vínculo profundo con la bahía de Chesapeake y el mar, que se saborea en su gastronomía: el cangrejo azul con condimento Old Bay y los crab cakes son un emblema local. A un paso de Washington D. C., y con su mezcla de historia, puerto, cultura y carácter, Baltimore se ofrece como una ciudad auténtica, con luces y sombras, pero con un encanto que justifica plenamente su apodo.