Si alguna vez jugaste al Monopoly y compraste el codiciado casillero 'Boardwalk', ya conocés —sin saberlo— la calle más famosa de Atlantic City. Pero antes de ser el nombre más caro del tablero, antes de los casinos de neón y de Miss América, este lugar era apenas un arenal barrido por el viento en una isla de Nueva Jersey. La historia de cómo ese arenal se convirtió en 'el patio de recreo del mundo', cayó en la ruina y renació como la 'Las Vegas del Este' es una de las montañas rusas más fascinantes del turismo estadounidense.
A diferencia de muchas ciudades estadounidenses que crecieron de forma espontánea en torno a un puerto, una mina o una fábrica, Atlantic City fue planificada desde el principio con un único propósito: ser un balneario turístico. A mediados del siglo XIX, la isla barrera de Absecon, frente a la costa sur de Nueva Jersey, era apenas un arenal poco habitado, conocido sobre todo por algunos pescadores y por la presencia del faro que advertía a los barcos del peligro de la costa.
La visión de convertir ese arenal en un destino de vacaciones partió de un médico local, Jonathan Pitney, y de un ingeniero, Richard Osborne, que vieron el potencial del clima marino y la playa para atraer a los habitantes de las cercanas ciudades industriales. La clave era el transporte: en 1854 se inauguró el ferrocarril que unía Filadelfia con la isla, y ese mismo año la ciudad fue oficialmente incorporada con el nombre de Atlantic City. El tren acortó el viaje de horas a poco más de una hora, poniendo el mar al alcance de las clases trabajadoras y medias.
La apuesta funcionó de inmediato. La ciudad se diseñó con un trazado regular y se llenó rápidamente de hoteles, pensiones y casas de huéspedes para recibir a los veraneantes que llegaban en tren desde Filadelfia y, más tarde, desde toda la región. Atlantic City nació, así, como uno de los primeros grandes destinos turísticos de masas de Estados Unidos, un lugar pensado para el descanso, el baño de mar y la diversión.
Uno de los aportes más perdurables de Atlantic City a la cultura estadounidense nació de un problema muy práctico. A medida que la ciudad recibía cada vez más veraneantes, los dueños de hoteles y los comerciantes se enfrentaban a una molestia constante: la arena de la playa que los visitantes arrastraban en los pies y la ropa, ensuciando los vestíbulos de los hoteles, los vagones del tren y los locales. Había que encontrar la manera de que la gente pudiera caminar junto al mar sin llenar todo de arena.
La solución llegó en 1870, cuando se construyó el primer tramo del Boardwalk: un paseo elevado de tablones de madera (de ahí el nombre, 'board' = tabla, 'walk' = paseo) tendido sobre la arena, paralelo al océano. Inicialmente era una estructura modesta y desmontable, pensada para la temporada, pero su éxito fue inmediato y se fue ampliando, reforzando y extendiendo a lo largo de los años hasta convertirse en una avenida permanente de varios kilómetros.
El Boardwalk de Atlantic City es considerado el primer paseo marítimo de tablones del mundo y el más antiguo de Estados Unidos, y sirvió de modelo para innumerables balnearios posteriores. Pronto dejó de ser un simple camino para transformarse en el corazón social de la ciudad: a sus lados florecieron hoteles, tiendas, salones, atracciones y los famosos muelles (piers) que se adentraban en el mar. Caminar por el Boardwalk se volvió la actividad por excelencia, y el paseo quedó grabado para siempre en la identidad de la ciudad.
Las primeras décadas del siglo XX fueron la época dorada de Atlantic City, cuando la ciudad alcanzó la cumbre de su fama y esplendor. Se la conocía como 'The World's Playground' ('el patio de recreo del mundo'), y atraía a millones de visitantes cada año en busca de diversión, mar y espectáculo. El Boardwalk se llenó de gigantescos y lujosos hoteles, salones de baile, teatros, salas de cine, restaurantes y los enormes muelles de atracciones que se adentraban en el océano, como el Steel Pier, donde actuaban las grandes estrellas del momento.
Fue una era de espectáculos extravagantes y curiosidades: conciertos, bailes, exhibiciones, competencias y números insólitos que hacían las delicias del público. En 1921, en un esfuerzo por extender la temporada turística más allá del verano, la ciudad creó un concurso de belleza que terminaría convirtiéndose en el célebre certamen de Miss América, durante décadas asociado a Atlantic City. La ciudad era un imán para el entretenimiento popular estadounidense.
Durante los años de la Prohibición (1920-1933), cuando el alcohol estaba prohibido en todo el país, Atlantic City se volvió famosa por su ambiente más permisivo y su tolerancia con la bebida y el juego clandestinos, bajo la influencia de figuras políticas locales poderosas. Esa mezcla de glamour, entretenimiento y vicio le dio una aureola legendaria. Fue también en esta época, en los años 30, cuando los nombres de las calles de la ciudad quedaron inmortalizados en el tablero del Monopoly, llevando el nombre de Atlantic City a hogares de todo el planeta.
Uno de los legados culturales más curiosos y duraderos de Atlantic City es su conexión con el Monopoly, uno de los juegos de mesa más vendidos de la historia. Cuando la versión más difundida del juego se desarrolló y popularizó en los años 30 (de la mano de la empresa Parker Brothers, a partir de versiones anteriores), sus creadores eligieron usar los nombres de calles y lugares reales de Atlantic City para las propiedades del tablero.
Así, generaciones enteras de jugadores de todo el mundo aprendieron, sin saberlo, la geografía de esta ciudad balnearia de Nueva Jersey. La casilla más cara y codiciada del tablero, Boardwalk, es justamente el famoso paseo marítimo de la ciudad; Park Place, Atlantic Avenue, Ventnor Avenue, Baltic Avenue, Mediterranean Avenue, Marvin Gardens (inspirada en la zona de Marven Gardens) y las cuatro estaciones de ferrocarril corresponden todas a lugares reales de la región de Atlantic City. La elección reflejaba el prestigio que la ciudad tenía en esa época como destino de vacaciones por excelencia.
Esta vinculación convirtió a Atlantic City en un nombre familiar incluso para quienes nunca la visitaron, y es hoy un motivo de orgullo local y un atractivo turístico curioso. Recorrer las calles que dan nombre a las casillas del Monopoly, especialmente para los aficionados al juego, es una forma divertida de conectar la cultura popular global con la ciudad real que la inspiró.
Tras décadas de esplendor, a partir de mediados del siglo XX Atlantic City entró en un largo y doloroso período de decadencia. Varios factores se combinaron para erosionar el atractivo que la había convertido en 'el patio de recreo del mundo'. El cambio más importante fue la transformación en los hábitos de vacaciones de los estadounidenses: la masificación del automóvil y de los viajes en avión permitió a las familias acceder a destinos más lejanos y variados, desde Florida hasta el Caribe, restándole protagonismo a los balnearios cercanos como Atlantic City.
Además, la generalización del aire acondicionado hizo menos necesario huir del calor de la ciudad hacia la costa, y nuevos destinos de entretenimiento, encabezados por Las Vegas y sus casinos, captaron al público que buscaba diversión y juego. Los grandes hoteles del Boardwalk, antaño llenos, empezaron a vaciarse, envejecer y deteriorarse. La ciudad sufrió pérdida de población, decadencia económica, aumento de la pobreza y problemas sociales, y muchos de sus edificios emblemáticos cayeron en el abandono o fueron demolidos.
Hacia los años 60 y 70, Atlantic City era la sombra de lo que había sido: una ciudad que vivía de los recuerdos de su época dorada, con su Boardwalk venido a menos y una economía en crisis. El contraste entre el glamour del pasado y la realidad del presente era doloroso. La ciudad necesitaba con urgencia una nueva razón de ser, algo que le devolviera el flujo de visitantes y reactivara su economía. Esa solución llegaría de una decisión audaz y controvertida.
El renacimiento de Atlantic City llegó a través de una jugada arriesgada: el juego legalizado. En 1976, tras un referéndum, el estado de Nueva Jersey aprobó legalizar los casinos exclusivamente en Atlantic City, convirtiéndola en la primera jurisdicción de Estados Unidos fuera de Nevada en permitir el juego de casino. La idea era usar los casinos como motor para reactivar la economía devastada de la ciudad y financiar su revitalización.
En 1978 abrió el primer casino, y en los años siguientes se levantaron, uno tras otro, los grandes complejos de casino-hotel que cambiaron por completo el skyline del Boardwalk y del Marina District. Atlantic City se convirtió en la 'Las Vegas del Este', un imán para millones de visitantes que llegaban en busca de juego, espectáculos, restaurantes y vida nocturna, a poca distancia de las grandes ciudades del noreste como Nueva York y Filadelfia. Durante un par de décadas, la ciudad recuperó pulso económico y volvió a ser un destino de entretenimiento de primer orden.
Sin embargo, la nueva era de los casinos también tuvo sus altibajos. A partir de los años 2000, la expansión del juego legalizado a estados vecinos (Pensilvania, Nueva York, Connecticut) le quitó la exclusividad y la clientela cautiva que había tenido. La crisis económica de fines de la década de 2000 golpeó fuerte, y en torno a 2014 varios grandes casinos cerraron, dejando un panorama difícil. Aun así, Atlantic City ha seguido reinventándose, con nuevas reaperturas, apuestas por el turismo no vinculado al juego (playa, espectáculos, gastronomía, eventos) y el juego en línea. Hoy combina su faceta de capital del juego de la Costa Este con la nostalgia de su Boardwalk histórico, en una ciudad que, como tantas veces en su historia, busca constantemente recrearse.